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“Creo que nos gusta la vida enferma que llevamos”
Entrevista con Lizette Abaham
Christian Núñez (Fotos: Eugenia Montalván Colón/unasletras)
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Mérida, 17 de noviembre de 2008. En la reactivación de la escena cultural en Mérida, destaca Lizette Abraham, artista visual orientada al fotoperformance. En su obra, Lizette hace uso del maquillaje, vestuario y accesorios llamativos; combina objetos orgánicos e inorgánicos –frutas, flores, cables, focos, monitores– y no teme a la experimentación formal y a la metamorfosis estilística. Aparte de eso, le gusta armar proyectos con artistas de diversas disciplinas. En julio de este año realizó un performance en el Centro Cultural Olimpo para Murmullos en Babel, exposición pictórica de Jorge Ermilo Espinosa Torre (además de grabar un video en conjunto con Espinosa Torre y Henry Ceh). Así también, el pasado 10 de octubre (fecha de entrega de los premios de Arte Joven y Artistas con Trayectoria en el Centro de Artes Visuales), Lizette, su hermano Josué y el músico León Enríquez presentaron Pervisua, ejercicio multidisciplinario que fusionó performance, música, video y un porcentaje de improvisación, espectáculo para el cual está buscando nuevas sedes. Y, más recientemente, Lizette actuó en la exposición de Generación Tupperware, con excelentes resultados. A continuación, reproducimos de manera íntegra la entrevista en la que nos describe los diferentes procesos creativos de su propuesta, además de ofrecer sus puntos de vista acerca del “boom” del arte yucateco.  

¿Hace cuánto tiempo que haces performance?

—Desde hace 6 años, cuando empecé a bailar con fuego en el centro, acompañada de otros amigos que tocaban tambores en la Plaza Grande. Pero comencé con los performances conceptuales hace 4 años con mi hermano y otro amigo.

François Valcke, gerente de la galería Tataya (donde Lizette expuso una muestra individual de sus fotos este año), asegura que tus fotografías se relacionan estrechamente con tus ejercicios performáticos, al grado que parece que aquéllas son registro de éstos. Explícanos cómo combinas ambas cosas.

—Sí. Definitivo. Una disciplina está relacionada con la otra. De una manera ingenua,  acostumbraba tomarme fotografías con las máscaras que hacía para salir a bailar. Todo esto pasó por un proceso, y ahora me son indispensables los elementos que uso en los performances para volver a replantear una idea, pero basada en la construcción de una imagen estática. Tomo fotografías y uso estos elementos como herramientas para comunicar mensajes diferentes a los performances.

Las fotografías —agrega— no son un registro del performance. Aprovecho los elementos que tengo y replanteo una experiencia diferente, como al autorretratarme y ver las posibilidades artísticas que tiene la fotografía. Pero no tomo las fotos al momento del performance. No tengo una línea a seguir en este aspecto. En ocasiones se me ocurren ideas sólo para fotografías y las hago, y después realizo un performance. También de esta forma enriquezco ambas disciplinas, pero no depende una de la otra. Para estas cosas no existe una regla sino sólo un sentir que pasa por un proceso que a veces razono y a veces no, y al final es como una acción pensada pero siempre apasionada. Creo que al momento de elaborar alguna máscara o artefacto me encariño con ellos y trato de sacarles el mayor provecho. Otra de mis pasiones es construir escenarios; en mi opinión, es como la construcción de otro mundo que existe en tu mente y a veces resulta igual de valiosa que la construcción de esa realidad que vives día con día.

En Mérida casi no hay performanceros; en este sentido, se podría decir que eres una pionera. ¿Sientes algún tipo de presión o responsabilidad moral por ello?

—Nunca había pensado en eso, y si me lo planteas siento que es un hecho de poca importancia. No se trata de qué se hizo primero o qué pasó al final, todos estamos conectados a la transformación de nuestra energía a través de otros. Siempre he tratado de materializar mis ideas sin que mis miedos estén presentes, es un ejercicio que me ha ayudado mucho para salir adelante en todos los aspectos de mi vida.

¿Tus influencias son estrictamente artísticas o hay componentes vivenciales también?

—Cuando tenía 6 años, había una señora que nos cuidaba a mí y a mi hermanito; se llamaba Norma, y cuando mi mamá se iba al trabajo siempre nos disfrazaba de gitanos o de novios con cualquier cosa que encontraba, como pedazos de hule espuma o retazos de tela de mi mamá, quien costuraba ocasionalmente. Después de eso me encantaba disfrazarme y ensamblar objetos o ponerme faldas en la cabeza como simulando mi cabello, y seguía jugando, mientras veía a mi hermano destruyendo objetos para ver qué tenían adentro. Eso sí no sé de dónde lo sacó (risas). Esta manera de jugar nunca la pudimos superar (risas). Hasta hoy me disfrazo e inventando personajes.

Otra influencia muy marcada es el parque frente a mi casa y salir pintada o disfrazada; eso me hizo perderle un poco de miedo a la gente.

Y en cuanto a influencias artísticas, las películas de Tim Burton, como El extraño mundo de Jack, que removió mi masa cerebral.

Pervisua, un trabajo reciente presentado en el Centro de Artes Visuales, incluyó la colaboración del músico León Enríquez, quien ambientaba con ritmos electrónicos las acciones, y antes habías trabajado con Jorge Espinosa Torre en un video para su exposición Murmullos en Babel. ¿Qué retos enfrentas al trabajar con artistas de otras disciplinas?
 
—Realmente es más complejo aterrizar ideas-sueños con otras personas que individualmente, pero son experiencias de lo más enriquecedoras y vivenciales. Fusionar trabajos es algo que siempre querré hacer, es de lo más interesante. Pones a prueba muchos aspectos de ti como persona.

En tu trabajo se percibe una fusión temática entre lo orgánico y lo inorgánico, así como críticas a las nuevas tecnologías y la robotización del hombre, pero con un enfoque lúdico, ligeramente esquizoide.

—Es una etapa que a veces siento que tengo que superar, y tal vez nunca lo haga, pues siempre me he sentido encerrada en mi propia libertad. Esas decisiones que tomo y que de repente me enferman, como ser esclava voluntaria de una máquina o querer estar sola sin estarlo. Cuando observo una calle y todos los carros van a una dirección, siento que nuestra parte naturalmente robotizada sale a flote; la razonamos y no hacemos nada por ello. Creo que nos gusta la vida enferma que llevamos, tenemos contaminación, estrés, flores hermosas, muchas torres eléctricas, nubes raras. Combato con todo pero a la vez con nada. Mis ideas de lo orgánico y lo inorgánico emergen del mismo punto.

Además del performance y la fotografía, ¿sientes interés por otras disciplinas?

—Por muchas. Me encanta la percusión, me fascina  también el break dance y el patinaje sobre hielo, la pintura, la instalación, el diseño, pero más que nada la danza contemporánea.
 
¿Has notado que Mérida está experimentando un “boom” en las artes, motivado principalmente por la iniciativa de los jóvenes? ¿Es una buena señal?

—La percepción de las sociedades está cambiando, y con esto el modo de vivir, lo cual arrastra el modo de pensar, sentir y actuar. Y con la popularización de las tecnologías nos hemos vuelto unos consumidores de estos fascinantes aparatos, pero muchos jóvenes le estamos sacando provecho a estos inventos que, más que consumirlos, los rebotamos y los volvemos herramientas de nuestras ideas. Vivimos la era de la información, del entretenimiento, la era light, la era de la creación, y creo que este proceso que estamos viviendo es algo obvio. Con un equipo de cómputo y un programa puedes crear música y una imagen, efectos visuales, sonoros y ambientales o una animación con la paquetería Adobe. Parece que seguimos entretenidos pero de una manera que nos conecta. Las consecuencias de todo esto nos beneficiarán como seres humanos.

En Mérida empiezan a verse los cambios, es cierto,  pero a mi parecer, la producción necesita mayor fuerza y espíritu. Hace falta que las iniciativas no se queden en movimientos efímeros y que apostemos —con todo— a nuestros sueños.

En poco tiempo hemos visto abundancia de creación en todas las disciplinas, ahora necesitamos depurar las producciones que emergen, es decir, trabajar más y huevonear menos.

¿Cómo percibes el medio cultural? Galerías, curadores, promotores culturales, premios, represión, oportunismos; todo lo que implica sumergirse al cien por ciento en estas aguas.
 
—En este aspecto sí ha habido un boom en la apertura de espacios. Galerías privadas, extranjeros que difunden arte emergente, instituciones que se fijan un poco más en los jóvenes, cafés-galerías, etcétera. Hasta se está poniendo de moda abrir un bar y meter un poco de arte. En Guadalajara esto se acostumbra, y no dudo que en unos años en toda la prolongación Montejo encontremos este tipo de espacios.

El mundo del arte está trasformándose. Ahora todo es rápido: comida, tiempo, amor, arte, y a los gestores y promotores culturales se les está escapando de las manos la rapidez con la que vivimos. Creo que necesitan trabajar en estrategias que impulsen proyectos de buena calidad, y rápidamente.

¿Estamos listos para hacer que el nivel artístico en Mérida se eleve?

—¿El nivel artístico? No sé en qué nivel estamos, tampoco sé si se va a elevar, lo que sí sé es que tendrá una continuidad muy interesante. Todos los que trabajamos ahora en esto estamos dejando un legado para los que siguen, por eso necesitamos hacer documentales, tener archivos de lo que se está dando, porque en unos años ya no se dará de esta forma. Vivimos una etapa única, y las conexiones que tenemos son más eficaces que antes, pero igual tenemos muchas cosas que aprender de los demás y de nosotros. Este movimiento artístico tendrá un proceso natural de desarrollo, pero no creo que llegue a algún punto, sino que siempre experimentará una transformación relativa.

¿Existe la inspiración, Lizette?
  
—Sí, la inspiración puedes encontrarla en el momento que desees; es un estado mental y puedes recurrir a él cuando quieras. Yo, por ejemplo, cuando viajo en el camión.

¿Cómo definirías tu estilo?

—(Risas) No tengo ni la menor idea, definirlo es como encasillar lo que hago y creo que sólo trabajo con el arte de mi tiempo, arte actual. O podría decirse “fotoperformance conceptual con una pizca de carisma” (risas).