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80 representaciones de La historia de la oca
En medio de una lluvia de plumas
Christian Núñez (Fotos: Cortesía ICY)
http://www.unasletras.com/v2/../data/510.oca.jpg
Mérida, 12 de octubre de 2007. En el Teatro Mérida se efectuó ayer la octogésima representación de la obra infantil La historia de la oca, de Michel Marc Bouchard, la cual es parte del XII Ciclo del Programa Nacional de Teatro Escolar. Al término de la función, que a continuación reseñaños, se develó la placa conmemorativa a cargo de los dramaturgos José Ramón Enríquez y Salvador Lemis, profesores de la Escuela Superior de Artes de Yucatán, y el director de Artes Escénicas del Instituto de Cultura de Yucatán, Juan de la Rosa.

Con aplausos del auditorio, recibieron sus reconocimientos el director de la pieza, Oscar López, los actores Ulises Vargas -en el papel de Mauricio-, Juan de Dios Rath -como la oca Tika- y el músico Gabriel Moreno.

La historia de la oca es una pieza cuyo principal mérito radica en sugerir el tema al cual se refiere. La metaforización de la violencia a través del encuentro entre un niño y un animal permite un despliegue imaginativo conmovedor.

Mauricio, un pequeño que vive en el campo, crea un vínculo afectivo entrañable con Tika, la oca parlanchina de su jardín. La representación abre con una melodía de guitarra -leitmotiv al que se le añade armónica- y tras el intro del narrador, Mauricio sube al techo de su casa para desafiar a una deidad mítica a que envíe la lluvia. Los relámpagos se forman en el cielo, se oyen gritos; él baja por las escaleras y entra a su hogar. En la siguiente escena aparece con un brazo vendado. Así, el infante busca en el animal el refugio que no le proporcionan los seres humanos; lo alimenta con pastel, le cuenta pasajes de Tarzán y se bañan juntos, juegan y sobrellevan sus soledades, hasta que el pequeño termina la relación. ¿Cómo?, ¿porqué?, esas son las preguntas que el narrador se formula tácitamente, y el punto de partida y de llegada del cuento. Lo sugerido adquiere una fuerza tremenda, superior a la simple explicación de los hechos; el público sacará sus propias conclusiones.

Elaborada con suma inteligencia y paradójicamente sencillísima, La historia de la oca posee una estructura flexible, a la cual se accede con gusto (los niños de la sala se divertían, y escuché risas de adolescentes y ancianos). Mauricio, la oca y el narrador que la dirige son el mismo personaje, desdoblado, dividido en tres. La trinidad formada tiene su tiempo -la infancia- y su espacio -una casita. El elemento fantástico, permanente, nos acerca a una realidad triste padecida por el niño, y luego por el ave. La música de una sola guitarra, que alterna con sonidos tribales cuando Mauricio se cree Tarzán, le va perfecta al ambiente de nostalgia y fugacidad: lo efímero de la niñez.   

De La historia de la oca el público salió satisfecho. Las actuaciones de Ulises Vargas, estudiante de teatro, y Juan de Dios Rath, ya más experimentado, se fusionaron y dieron como resultado una puesta en escena convincente. Había buena dicción y el tono se mantuvo hasta el desenlace.

La escenografía, que incluía una casa de colores giratoria, fue un gran acierto, así como el manejo de luces y la sencillez del vestuario -los pantaloncillos y el pañuelo rojo de Mauricio, la capa de Tika que funge como plumaje. Por cierto, igual que en la obra, la tarde de la octogésima representación en Mérida, estuvo lloviendo. Tengo una teoría: alguien habrá mandado esa lluvia. Quizá la misma deidad que invocaba Mauricio. No lo sé.