 Mérida, 31 de agosto de 2008. Aguantando al taquero,
puesta en escena de una obra de Miguel Ángel Canto bajo la dirección de
José Ramón Enríquez, se presentará hoy a las 8 de la noche, en el
teatro Daniel Ayala, ubicado en el Centro Histórico de la ciudad. El
montaje, cuya apareción en cartelera comenzó la semana pasada, hace
referencias a Samuel Beckett (Foxrock, Irlanda, 1906) y su ya célebre Esperando a Godot,
corre a cargo de Teatro Hacia el Margen, del maestro José Ramón
Enríquez, y cuenta con las actuaciones de Roberto Franco (El Chancho),
Pablo Herrero (El Perro) y Oswaldo Ferrer (El Taxista).
Anteriormente, Aguantando al taquero
se había presentado de forma parcial en París, Francia, durante los
homenajes al escritor irlandés con motivo del centenario de su
nacimiento. Igualmente, en Mérida, había hecho temporada en el
desaparecido foro Escena 40 grados, pero finalmente, en esta ocasión, y
por primera vez, se mostró la versión completa.
Dividida en dos actos, Aguantando al taquero
plantea la situación de dos vagabundos capitalinos en espera de un
taquero para cerrar tratos de un negocio entregándole enigmático
paquete. Y mientras pasa el tiempo, El Chancho y El Perro (al igual que
Vladimir y Estragon en la pieza beckettiana) se complacen platicando
del malestar físico, el hambre y la frustración que les causa vivir
como indigentes y, no sin humor, de su crónico alcoholismo. El
contrapunto llega con la aparición de un taxista que astutamente se
aprovecha de su ignorancia, les roba el poco dinero que traen y los
burla haciendo uso de una malicia sui generis.
Explica el programa de mano que Miguel Ángel Canto “quiso situar la acción de su obra en la Ciudad de México, porque es la más contaminada y la más caótica del mundo, llena de habitantes de las cloacas. (…) Los personajes van de la farsa a la tragedia, de la ternura a la crueldad, de la sonrisa transparente al vómito de las propias entrañas, en un auténtico esperpento que muestra la capacidad dramática de su autor y constituye un reto tanto para el director, como para los intérpretes.”
El desempeño en escena de los actores, logrado a base de gestos precisos y rutinas de convincente expresividad (algunas en solitario), consigue que la trama tenga momentos inolvidables, como cuando El Taxista llega al puesto impecablemente vestido, se prepara unos tacos y explica cómo, a pesar de no conocer en persona al Taquero, trabaja para él. Y antes de irse ya satisfecho, asalta a los mendigos. O cuando El Chancho se queja de las molestias en su pie y más tarde se descubre, por un vuelco argumental, que llevaba una piedra en el interior.
Otro gran momento de la obra tiene lugar cuando El Perro le dice al Chancho que observe enfrente de ellos el anuncio gigantesco de un espectáculo llamado Los miserables. La ironía que brota de los diálogos, con un desbordamiento de modismos y vulgarismos, evita que la monotonía del teatro tradicional domine al público.
En cuanto a los recursos técnicos, la escenografía minimalista se reduce a un puesto de tacos, cuatro bancos (uno de los cuales debería ocupar el Taquero), una palangana y un plato. La iluminación no despliega efectos innecesarios; es precisa y técnicamente intachable. En los sonidos ambientales, Rodolfo Sánchez Alvarado recurre al vocerío de un mercado como preludio a los dos actos, procedimiento que acentúa la soledad de los protagonistas. La impotencia y la ignorancia, esos dos elementos tan queridos por Beckett, se reflejan en la indumentaria y el lenguaje de El chancho y El Perro: ropa sucia, zapatos rotos, miseria verbal, insultos y obscenidades. El lenguaje crudo, en donde abundan las mentadas de madre y la escatología sexual, refleja adecuadamente la sordidez en la que viven estos vagabundos.
Sin embargo, en Aguantando al taquero se extraña la melancolía generalizada de los personajes de Beckett, así como su particular sistema de conductas para entenderse o desentenderse mutuamente y la transformación de lo mediocre e insignificante en actos de elevado alcance poético. El universo beckettiano, regido por situaciones nimias, permite vislumbrar un vacío más terrible y desolador, donde Dios no está y seguramente nunca ha estado, un agujero ontológico que podría inducir al suicidio y a la risa trágica. Esta intuición no se encuentra del todo lograda en la obra de Miguel Ángel Canto. Por último, el habla de los personajes, al restringirse con la reiteración de frases ofensivas, se agota y liquida los posibles giros poéticos, que en el irlandés aparecen tantas e incontables veces; basta recordar la desenfrenada cantaleta de Lucky cuando habla del hombre moderno en Esperando a Godot, las maravillosas asociaciones de ideas de Didi y Gogo, las amargas reflexiones filosóficas de Clov en Fin de partida o, mejor, la sintética expresividad de Aliento, en la que toda la tragedia humana se representa con un respiro entrecortado de 35 segundos.
Aun así, Aguantando al taquero es un ejercicio de dramaturgia postbeckettiana trasladado con inteligencia y ácido sentido del humor a la vida del mexicano actual, y se recomienda ampliamente.
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