You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Al Sur Danza en el marco del Oc-Ohtic
Presentan Mírame, estoy aquí y La vanidad
Christian Núñez (Fotos: Argelia Díaz)
http://www.unasletras.com/v2/../data/540.arge.jpg
Mérida, 9 de diciembre de 2007. Sigue corriendo el Festival Internacional de Danza Contemporánea Oc-Ohtic. El viernes, la compañía Al Sur Danza del estado de Yucatán presentó en el Teatro Mérida dos obras de temas paralelos: Mírame, estoy aquí, coreografía de Lourdes Magallanes en colaboración con Ana Rosalía Loeza Lara y Nicolás Flores López, y La vanidad, coreografía e iluminación de Víctor Manuel Ruiz, artista sinaloense, director de la compañía Delfos.

Mírame, estoy aquí construye una descripción del deseo, las relaciones sexuales y la libertad de género mediante secuencias coreográficas que a pesar de su ritmo acelerado no cuajan del todo. La obra comienza con una mujer acostada en el piso, de espaldas al público, vestida con un camisón. La música romántica de piano —que rayaba en lo kitsch— por momentos se hacía muy lenta. La bailarina, custodiada por ocho hombres, se dedicaba a estimularlos, tocándolos y adoptando posturas sensuales.

A continuación, se apaga la luz y al encenderse de nuevo posee un tono rojizo. Una pareja se enfrasca en el ritual de la conquista. Ella, con short ajustado blanco y top negro; él, con playera de manga corta debajo de la cual lleva una sudadera de manga larga a rayas blancas y negras, y pantalón negro. Sentados en el piso, los amantes “fajan” y salen del escenario. Entra la segunda pareja; ahora la música, de cuerdas, violines y chelos al puro estilo new age. El bailarín besa los muslos de la mujer, ella se le monta encima, se pone en 4 patas mostrándole el trasero y se le sube al torso.

Transición. Los demás bailarines entran a escena a representar distintas posturas sexuales. Una tras otra las parejas conformadas salen hasta que sólo queda un hombre en medio del escenario. Atrás se asoma una mujer. Urgidos por el deseo, los entusiastas amantes inician el cortejo bajo un reflector de luz amarilla con fulgores rosa. Danza sensual: fondo de guitarras y voces femeninas repitiendo “ah”, “ah” mientras Adán y Eva se acarician y, una vez entrados en calor, practican diferentes posiciones amatorias. La melodía es gélida, con sintetizadores que remiten a la escarcha.

Un nuevo dúo de amantes sustituye al anterior. El bailarín columpia en su abdomen a la chica, la gira, ambos se mueven sincronizadamente. Ella le quita la camisa y, con una melodía más ágil, se observa cómo sube la excitación. Sin embargo, la mujer lo deja bailando solo.

Tres hombres acompañan al solitario, la luz cambia a rosa. El tema musical evoca el ambiente de las discotecas. Dos bailarines salen, luego un tercero. El muchacho sin camisa gira, mueve los brazos en el aire, se toca lascivamente. Aparecen dos, tres, cuatro mujeres; bailan para él. Entonces, se quita los pantalones. La trusa, de color rosa, nos revela sus preferencias. Al ritmo de house, se forman parejas. Ocho bailarines nos dan la despedida. La luz se apaga. Breve intermedio.  

Diez minutos más tarde, La vanidad se apoderaba de nosotros, una obra de ambiente glamoroso que reflexiona sobre el mundo de la moda, las pasarelas y el desenfreno sexual unido al culto por la imagen y las exigencias de perfección física.

La historia posee el tono frívolo, robótico e impersonal del modelaje, perfectamente expresado en todos los elementos. Sobre el piso del escenario, al centro, se formaban dos líneas verticales paralelas de pequeños focos violeta, y la música, con beats discotequeros —de Swayzak, Pet Shop Boys, Meredith Monk y The Verve— le daban énfasis a una serie de coreografías estructuradas de forma inteligente y fluida.

Al lado izquierdo del escenario, bajo un reflector, una mujer, Mónica, se sacudía espasmódicamente mientras una voz en off le hablaba sobre las ventajas de la cirugía estética.

En la pasarela que se organiza a continuación, un grupo de mujeres en bata camina orgullosamente, sin olvidar los imprescindibles lentes de sol. Los hombres —vestidos como gángsters, con gabardina y sombrero— las cuidan. Ellas se marchan, y cuando regresan se quitan los lentes por unos segundos, y quedan con los brazos extendidos. La pasarela es festejada con aplausos grabados. Aparecen dos muchachos, cada quien con dos mujeres que llevan puestas bolsas de shopping en la cabeza, recorren el escenario y desaparecen.

Cabe señalar que el timing de la obra, bien marcado, se combinaba con la estilización de gestos y ademanes y la simplicidad de la escenografía.

Posteriormente, un sexteto de top models y galanes entra, sosteniendo copas de vino en la mano y, luego de asentarlas en el piso, pasea por el camino de la fama. Al grupo se le unen dos bellas chicas. Todos adoptan una actitud arrogante, de superficialidad calculada y cinismo en su máximo esplendor. Dos de las mujeres se retiran caminando a cuatro patas. Los hombres fuman. De pronto, aparece el rey de la noche. Viste una capa dorada, calzoncillo negro, guantes y botas largas, negras también. Sube a una plataforma cubierta por una tela rosa y desde ahí, mientras el humo se expande en el aire, baila como si fuera el príncipe de la perversión.

Todos hacen parejas y se aglutinan en torno a la figura del líder para celebrar una orgía. El rey de la noche, dionisiaco y siniestro, echa alcohol sobre las pieles de sus esclavos. Las cópulas se multiplican, hasta que la lujuria alcanza el paroxismo.

En el bloque siguiente, dos reflectores se entrecruzan y el juego de voces “heaven-hell” anuncia la última secuencia. En la sala se oyen claramente latidos apresurados de un corazón. Un espejo grande repta. Sólo hay una mujer en el piso. Seguramente se trata de Mónica, la protagonista, que se despierta al ritmo de Sweet bitter symphony, tema de The Verve con arreglos orquestales.

Varias manos se mueven detrás del espejo, ofreciéndole a Mónica lentes negros, cocaína, el mejor de los vinos y un labial rojo que le sirve para garabatear la superficie donde se ve reflejada. Los tentáculos complacen sus deseos y uno le toma fotografías al público. El flash titila cuatro, cinco, seis veces. Apoteosis del espectáculo y de la fama. La vanidad como círculo vicioso. Telón.

Una vez concluida la segunda obra de la noche, la directora general del Festival Oc-Ohtic 2007, Graciella Torres Polanco, llamó al estrado al maestro Luis Pérez Sabido, quien en representación del director del Instituto de Cultura de Yucatán, Renán Guillermo González, expresó en breves palabras su satisfacción por el vigésimo aniversario de la compañía Al Sur Danza, conducida actualmente por el maestro Víctor Salas. Acto seguido, fueron llamados al escenario a recibir su reconocimiento el director y los bailarines que pertenecen a este grupo, el coreógrafo Manuel Ruiz Becerra y, finalmente, se procedió a develar la placa conmemorativa.

Los artistas que conforman Al Sur Danza son: Lourdes Magallanes, Rosalía Loeza, Fanny Ortiz, Nicolás Flores, Abril Trujillo, Verónica Castillo, Milton Acereto, Adán Argaez, César Pérez y Héctor Hernández.