 Camino con Martha por Tlalpan. Comemos en el Elemmental. El vino empieza a hacer lo suyo. Meto la mano y toco sus muslos. Va al baño y admiro sus piernas. Le hablo entonces de Paganini. Hago que lo admire, que lo desee. Le digo que si Paganini la hubiera conocido le habría hecho el amor enfebrecidamente. Se ríe y me dice mejor léeme algo. Llevo conmigo un libro maravilloso, del que no he podido desprenderme: Retratos literarios (Paidós) de Salvador Hernández Padilla. En mi ignorancia, no conocía yo a este estudioso de las letras. ¡Qué conocimiento, qué sentido de la observación, que modo de abordar vida y obra de sus autores favoritos!; amén de que se fija especialmente en la desolación que ha atravesado la vida de numerosos polígrafos. Aunque uno pediría a gritos la segunda parte, por tantos que se quedaron fuera. En fin, le digo a Martha que le quiero leer algo, pero no ahí. Nos subimos a su auto y la llevo al Motel Leo, situado en las afueras de Tlalpan. Carísimo (330 pesos el cuarto; la hubiera llevado al Goya, que cobra 120). Cuando la recamarera sube a darme el cambio, ya estábamos a punto. Le leo pues unas líneas de Steinbeck: “Desde la soledad, el escritor intenta comunicarse enviando señales, tal como lo hace una estrella distante. No trata de decir, enseñar ni ordenar nada. (...) Somos animales solitarios y pasamos la mayor parte de nuestra existencia tratando de estar menos solos”.
Al momento de escribir estas líneas escucho una de las composiciones supremas de la música de cámara: el Concierto para violín, piano y cuarteto de cuerdas de Ernest Chausson. Hasta donde sé, Chausson no es precisamente autor prolífico. Se le recuerda en especial por este Concierto... y por su Poema para violín y orquesta. Pero vaya que la intensidad es su fuerte. Tiene unas frases irrepetibles en la historia de la música. Magnífico que su arte no haya sido llevado a la publicidad (es una gran ventaja que los publicistas, o la mayoría de ellos, sean ignorantes en lo que a la música se refiere). Escucha uno esta obra y al instante dan ganas de materializar la emoción, sea con una mujer o con una copa de vino. No se puede permanecer impávido delante de la belleza. Porque el día de mañana se lo cobra.
Me llama alguien para decirme que nuestro común amigo Filiberto Domínguez Montero murió. Cuelgo y abro una botella de Sangre de Toro. A su salud. Filiberto fue un canalla absoluto. Un hombre en el que nadie confió, que se supo ganar la animadversión general. Era ruin, tramposo, hipócrita, sucio, traidor, vil, atroz. Nos emborrachábamos juntos y el tiempo se nos iba hablando de Fray Luis de León y de Mozart. Conocía a la perfección la obra del místico, y coleccionaba los cuartetos del salzburgués. “Eu”, me decía, y nos abrazábamos. Él lloraba con un alma que hacía pedazos mi entereza. Descanse en paz.
Me gusta el vestido que Coral se puso hoy. Es mi mujer y conoce bien mis gustos. Sabe ponerme nervioso. El color negro me pone nervioso. Pasa junto a mí y le doy una nalgada. Mis hijos se carcajean.
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