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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
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Abundo sobre la charla que di en Almoloya. La invitación se me hizo a partir del Instituto Mexiquense de Cultura, y a la prisión de máxima seguridad me acompañaron dos personas: Alejandro León, del IMC precisamente, y René Martínez, de Almoloya (Centro Federal No. 1 “La Palma” Estado de México, órgano administrativo desconcentrado perteneciente a la Secretaría de Seguridad Pública). La verdad iba yo bastante nervioso. Ya he dado charlas en Santa Marta, así como en los reclusorios Norte, Sur, Tepepan e incluso en el Tutelar para Menores, todos de la ciudad de México. Pero nada que ver con Almoloya. Desde que entras sientes una opresión en el pecho que no se te quita hasta que sales. Por fuera parece una universidad privada, y por dentro el laberinto de Dédalo, al punto de que nunca sabes exactamente la ubicación de los puntos cardinales. Un pasillo a la izquierda, otro a la derecha, uno que sube, otro que baja; uno que transcurre en diagonal, otro en zigzag (todos angostos y altos), y una vez tras otra rejas y más rejas —vigiladas por custodios de uno noventa y espalda de ropero de dos lunas—, que se abren electrónicamente. Cámaras que te siguen por donde vas, sellos que te ponen y que se tornan invisibles, revisiones pormenorizadas y sistemáticas; incluso te dan un número clave, que naturalmente debes de memorizar. En el interior de Almoloya se habla en voz baja, como si estuvieras en un templo. Comí lo que todo el mundo —internos y empleados— habrían de comer ese día; por cierto, había dieta para diabéticos (sopa de lentejas, nopales con queso y pollo), pero preferí pecar. El auditorio lleva el nombre del fundador de Almoloya (Pablo de Tavira), hombre íntegro que murió asesinado. Ahí, pues, estaba yo, sentado en el escenario, esperando que entraran los internos, que al cabo fueron apareciendo de uno en uno. Pelo corto —les tienen prohibido dejarse la mata o la barba—, de caqui, lo mismo veinteañeros que sesentones. Digamos que había veinte, de los cuales diez estaban interesados en lo que yo decía —constantemente intervenían, bromeaban—, cinco carecían del menor interés, jugaban con sus manos, se desparramaban en su butaca, ni siquiera me voltearon a ver, y los cinco restantes me miraban con agresión concentrada y elevada a la enésima potencia (de hecho fue a los que me quise ganar, a los que no dejaba yo de mirar, pero, salvo a uno de ellos, que cedió por un instante, no logré sacarles ni una sonrisa). El tema era la literatura y la vida, que terminó yéndose hacia la literatura y la mujer, o, mejor que eso, a la pura mujer (que no es lo mismo que la mujer pura). La noche anterior me había pasado haciendo una selección de poemas que pudiera leerles y que los sacudiera, poemas que fueran al grano y que los sintieran en la piel como gotas de aceite hirviendo. Les leí textos descarnados de Jorge Humberto Chávez, Salvador Alcocer, Rolando Rosas Galicia, Jorge Salmón, Julián Herbert, Juan José Macías, Miguel Ángel Morales Aguilar, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Alfredo Espinosa, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, César Rito Salinas (y ahora me pregunto: ¿por qué no existe esa antología?). Y pasó algo inusitado: al final de la lectura, uno de ellos levantó la mano y me pidió que releyera uno de los poemas de Rolando Rosas, que dice así: “Apriétame un testículo si un día/ descubres que te miento/ Destrúyelo/ hazlo papilla con tu pie/ Vuélvelo invisible en el piso carcomido de la calle/ y vete/ déjame en el dolor/ olvídame/ Corre ve a buscar el tierno árbol de la inocencia/ La bestia que se ahorca en la frutal rama del olmo”, y digo inusitado porque ese hombre prefirió escuchar una vez más un poema a la charla que ya en ese momento se había desencadenado. Y un detalle más que me pareció genial: de pronto la conversación se había inclinado, para variar, hacia los maestros jaliscienses, y desde luego salió a relucir el nombre de Arreola, y en consecuencia el de su natal Zapotlán. Dije, pues, que ahí habían nacido Orozco, Consuelito Velázquez, José Rolón... y de repente alguien levantó la mano y comentó: “¿Y no ha oído usted hablar de un tal Amezcua, narco célebre también nacido en Ciudad Guzmán?”. “No”, le dije. “Ah —prosiguió aquél— pues soy yo.” Todos nos reímos a lo bestia. La verdad me cayó muy bien, y siento que yo le caí igual. Como a otros cuatro. Surgió una empatía inmediata. Comenzamos a hablar de cómo las mujeres hacen escarnio de nosotros, de cómo no hay modo de entenderlas ni de complacerlas, de cómo son infieles y crueles por naturaleza, y cuando les di a escoger entre una mujer dulce y otra cachonda, la opinión se dividió en forma rotunda.

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