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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
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La vida ha sido grata conmigo. He conocido a gente generosa, que me ha brindado su amistad sin merecerlo. Podría citar muchos nombres, pero ahora, hoy, este día, viene uno cuya sola pronunciación me regocija: don Javier Toscano, el gerente de la Providencia, esa amable cantina de San Ángel. Así pues, una sola y misma cosa es que uno cruce el umbral de la entrada del negocio, para que el hombre —delgado, serio aunque jovial; acomedido, observador sin pecar de imprudente—, para que don Javier se desviva por uno; pero no en el sentido del servilismo sino en el de, ya lo dije,  la generosidad. Porque todo lo comparte. Y pone en las manos del cliente lo que él considera muestras de su afecto. Cosas y artilugios varios, que van desde un encendedor hasta una agenda, desde un bolígrafo hasta un mandil; sin pasar por alto, por supuesto, lo principal: que el cliente se vaya plenamente satisfecho. Ahora que se ha puesto de moda escribir sobre restaurantes y cantinas, habría que tener en la mira a don Javier Toscano.

Leo Por qué me quité del vicio (Colofón) de Jorge Luis Sáenz. Creo que este narrador tiene agallas; además de la suficiente malicia literaria. Nunca lo había leído, y de inmediato advierto que este hombre tiene la suficiente enjundia y mala leche para sentarse a contar cosas. Es crudo y aterciopelado como el muslo de un travesti, y de pronto tierno como un bendito. Aunque algunos cuentos son mejores que otros —ningún autor se salva de esta sentencia bíblica—, su literatura es adicta de las emociones fuertes, de ese mundo oscuro y perro que aun los mártires llevan en el hígado. Tal vez por eso, al momento de leerlo, se perciba entre líneas el dulce tufo vaginal.

Estoy con la mujer X en su auto. No estamos borrachos, pero traemos encima unos cuantos tragos: la vuelvo hacia mí y extraigo sus nobles senos. Son grandes, fecundos, proclives. Los miro y ellos me miran con esos pezones que tienen por ojos. Me acerco y deposito mi lengua en el derecho. Sabe a sal. Enseguida en el izquierdo. También sabe a sal, pero su sabor no es exactamente el mismo. Es un seno carroñero, enemigo del otro. Ella baja su mano por mi muslo y me dice que me ama, que no la deje de amar. Le digo al oído las cuatro letras que incendian a toda mujer. Terminamos pronto.

Escoltado a la mesa por los escritores José Antonio Zambrano y Octavio Jiménez, doy una charla en Tepeji del Río. La conversación gravita en torno a las obsesiones de un escritor, los placeres y desazones del trabajo escritural, ese extraño tramado entre vida y literatura. Ya había estado en Tepeji, pero esta vez la cita es en el convento de san Francisco de Asís, un sitio verdaderamente sobrecogedor, donde historia y devoción se disputan el cetro. Octavio Jiménez, a la hora de la comida, diserta, con erudición y entusiasmo ejemplares, sobre los avatares de este convento, sobre las terribles dificultades que tiene que enfrentar para mantenerse en pie. Acompañado de su esposa —por cierto, hablando de la generosidad, se esfuerzan ellos dos, junto con Zambrano, en ser generosos—, al lado de su señora, Jiménez muestra el pésimo trabajo de restauración que ha emprendido el INAH en determinadas piezas; en este caso, en la figura del arcángel Rafael: cómo las manos toscas e ignorantes echaron a perder el estofado, así como el delicadísimo perfil fisonómico de este custodio celestial. Más tarde camino con mis hijos por un patio interior y nos sorprende una anciana humilde que se acerca a la fuente, mete sus manos en el agua y rocía sus pies (porta una especie de tenis). Repite la acción varias veces. Incapaces de soportar la curiosidad, nos acercamos y le pregunto por qué hace eso. No me responde una palabra. O es sorda o le importa un bledo nuestra presencia, les comento a mis hijos. Más tarde averiguamos que su nombre es doña Paulita, y que fue una madre cruel a quien sus vástagos abandonaron hace muchos, muchos años.