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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
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El gran mérito de Coral, mi mujer, es que inequívocamente me revela realidades subcutáneas de la mujer. “La imaginación cachonda pertenece a los hombres. Las excepciones, estilo Anais Nin o Antonieta Rivas Mercado, no cuentan. Ustedes los hombres no sólo tienen más resistencia al alcohol sino son quienes dicen cómo habrá de ser la lencería”, me dice al segundo Herradura reposado. Pido la tercera ronda y la incito a que prosiga: “Las mujeres somos fresas. Primero navegamos con bandera de putas, y ya con hijos nos volvemos conservadoras. Lo que nos importa es conservar la familia, no mantener exacerbado al marido”. Y una más lapidaria: “Ustedes los hombres se asombran demasiado de que nosotras las mujeres podamos sacar adelante una familia, de que cuando nos abandonan, seamos capaces de mantener a nuestros hijos y darles una carrera. Y fíjate que eso no tiene ningún chiste. Lo hacemos porque lo hacemos. A una mujer decidida, no hay nada ni nadie que la detenga”.

Me quedo en casa. Les tomo a mis hijos sus lecciones. De violín a León Ricardo; de piano a Érika Coral. Se esfuerzan, hacen lo imposible por no equivocarse y tocar una nota por otra. Les digo que se relajen, que le vean el lado alegre a las cosas. Y por Dios que se lo ven. A la hora de la comida, insisto en esto. Hacer música es un acontecimiento alegre, no trágico. Y como tengo público cautivo, aprovecho para lanzar mi teoría de la sobrevivencia a expensas de la música: hay que ver a la música como un oficio, por ejemplo la carpintería, por ejemplo la jardinería, les digo a mis hijos, quién sabe qué diablos vaya a pasar el día de mañana, si hagan una carrera o no, a lo mejor echan la hueva y se quedan a la mitad; pero si tienen conocimientos de música, si saben tocar el violín o el piano, pueden sobrevivir, ganarse la vida como si supieran carpintería o plomería. Que si conmueven a la gente cuando toquen, eso ya no está en sus manos. Es un don que Dios da, y no precisamente a diestra y siniestra.

Hablo por horas con la mujer X. Me dice que no me quiere más. Que todas las palabras de amor que me dijo fueron sinceras pero que aquello se acabó. Que lo único que me agradece es que la puse en contacto con Brahms, pero que no la vuelva a buscar. Le digo que no puedo creerlo, que las veces que nos amamos cuentan más que cualquier música. Le recuerdo sus promesas —“te voy a cuidar siempre”, “te voy a llevar lejos de esta ciudad, donde lo único que hagas sea escribir”—, evoco sus manos y su lengua recorriendo mi cuerpo, las mordidas, los chupetes. Y en eso estamos cuando, de pronto, cuelga.

Repaso con mi hijo León su lección de violín. Toma el instrumento con garbo y seguridad, acaso también con elegancia. Su memoria musical es monstruosa. Toca en un cuarteto de cuerdas y se sabe su parte y la del primer violín. En la guitarra eléctrica, mi hija Érika Coral improvisa una melodía. Es hermosa. “Te la regalo”, dice, y se da media vuelta. No podría pedir más.

Como con Leonor. No dispone de mucho tiempo. Pide su desarmador y yo mi ginebra. En su trabajo la aprecian, y constantemente buscan el modo de estimularla. Yo me le quedo viendo. ¿No contará en algo que es una mujer tan linda? Trae un vestido negro con motitas blancas. Estoy a punto de tocar su hombro desnudo cuando una mujer me saluda desde una mesa vecina. Previniendo que me vaya a llamar por mi nombre con todo y apellido, me pongo de pie y acudo hasta ella. E hice lo correcto, porque cuando termina de comer se conforma con despedirse de mí desde lejos. Sudé frío.

eusebius1951@cablevision.net.mx