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Corazón de nadie, una versión ligera de Pessoa
En el marco del Festival Oc-Ohtic
Christian Núñez (Fotos: Columba Rivas)
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Mérida, 7 de diciembre de 2007. Corazón de nadie, pieza incluida en el programa del XIII Festival de Danza Contemporánea Oc-Ohtic, se presentó el pasado lunes 3 de noviembre en el Teatro Mérida de esta ciudad. Los intérpretes Jorge Chanona y Paola Aimée, con la coreografía de la segunda, representaron dramáticamente los conflictos interiores del poeta Fernando Pessoa, a través de la relación Psique-Eros que lo impulsaron a desdoblarse en una serie de personalidades literarias tan complejas como apasionantes.

Pessoa, nacido en Lisboa el 13 de junio de 1888, fue un poeta sui generis, cuya obra se desdobló en varios heterónimos surgidos de su pluma, cada cual con un estilo diferente, incluso opuesto. Entre los más importantes destacan tres, básicamente: el neoclásico, epicúreo y estoico Ricardo Reis, el pagano amante de la naturaleza Alberto Caeiro y el nervioso futurista Álvaro de Campos, una especie de existencialista avant la lèttre, maniaco- depresivo y atormentado.

Un cuarto heterónimo notable, que por desgracia no fue incluido en el repertorio de poemas seleccionados, es Bernardo Soares, autor del epifánico Libro del Desasosiego, una Biblia melancólica en prosa poética que hasta hace algunos años era muy difícil de conseguir en las librerías de Mérida.

Haría falta detenerse un poco en el título de la obra. Corazón de nadie, interpretada por una mujer vestida de rojo y un hombre de pantalón negro, camisa de manga corta blanca y zapatos negros, recrea la atmósfera emocional de tensión que dominaba el carácter pessoano. El poeta, un auténtico outsider de su época, reúne una serie de rasgos de personalidad encantadores. Nunca se casó, a pesar de estar enamorado de Ofelia Queiroz, una joven a la que le escribía cartas de una inmensa ternura. En su edad adulta, se aficionó a la bebida, y escribía muchas veces borracho algunos de los más tristes poemas de soledad y frustración. Cierta vez, en pleno éxtasis lírico, escribió 36 poemas sobre una cómoda alta: había nacido Alberto Caeiro. A su muerte, ocurrida en 1935 por un cólico hepático producido por la cirrosis, dejó un baúl con 25, 426 manuscritos, de los cuales aún faltan muchos por publicar. Último comentario: el libro que Pessoa hubiera deseado ver impreso, Arco de triunfo, firmado por Álvaro de Campos, jamás vio la luz.  

Por todo lo anterior, Corazón de nadie es una obra especial, ya que asume el desafío de trasladar al lenguaje de la danza los meandros que abundan en la personalidad del escritor lisboeta, así como sus neurosis y exabruptos creativos.

Los recursos escénicos -una mesa, dos sillas-, auditivos -voz en off, latidos del corazón, olas, grillos y música de Nicolo Paganini- se complementan con el constante cambio de luces, incluyendo gradaciones y colores que recrean lugares como el mar, recurso usado expresamente para la lectura de odas de Ricardo Reis: Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río. / Sosegadamente miremos su curso y aprendamos / que la vida pasa, y no tenemos las manos enlazadas.  (Enlacemos las manos.)

La pareja de bailarines, buscando-rehuyendo la proximidad física, el acercamiento erótico y la compenetración espiritual, genera movimientos de atracción y repulsión. La Musa enamora al Intelecto; hombre y mujer rodean la mesa, ella pasa por debajo de las piernas de él, se abrazan, se sientan a un costado del escenario, y, en la oscuridad, unen sus cuerpos.

A continuación ocurre la escena en el mar, notable plásticamente. Y el cambio de luces sobreviene después. Oscuridad y dramatismo; la mujer baila con la silla; sufre espasmos. Bosque. El escenario se llena de sombras que emulan ramas de árboles. El narrador recita una oda de Alberto Caeiro: El misterio de las cosas, ¿dónde está? / ¿Dónde está que no aparece / al menos para mostrarnos que es misterio?  Al final, el poeta bucólico revela una de sus grandes verdades. Sí, he aquí lo que mis sentidos aprendieron solos: / las cosas no tienen significado; tienen existencia. / Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

Acto seguido, los bailarines se arrojan al piso, bailan contra el suelo. Mesas y sillas a un lado. El hombre sube a la mujer a la altura de sus hombros, ella se enlaza a su torso. Simulan el ritmo del corazón.

Un gran momento de la representación tiene lugar cuando se oyen los textos de Álvaro de Campos, para quien se reserva un delirium tremens maravilloso, hecho de frases nihilistas. No: no quiero nada. / Ya he dicho que no quiero nada. / ¡No me vengan con conclusiones! / La única conclusión es morir. / ¡No me traigan estéticas! / ¡No me hablen de moral! / ¡Llévense de aquí la metafísica!

La obra cierra con los versos finales del primer Lisbon revisited, escrito en 1923. ¡Déjenme en paz! No tardaré; si yo nunca tardo… / ¡Y mientras tardan el Abismo y el Silencio quiero estar solo!

Es preciso señalar que Corazón de nadie empieza con los cuatro primeros versos de Tabaquería, otro devastador poema de Álvaro de Campos, lúcida síntesis de su estética decandentista: No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Fuera de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Son las palabras de este heterónimo las que inauguran y liquidan el espectáculo.  

Corazón de nadie mostró ciertas limitaciones que impiden considerarla una obra redonda. La voz en off de Gerardo Rod se escuchaba lineal y burocrática, sin intención dramática ni exasperaciones violentas. El percance podría perdonarse en cualquier otra pieza, menos en una cuyo disfrute depende en un cien por ciento del manejo de la dicción y el sentimiento vocal, aquí inexistente.

Por otro lado, el trabajo artístico de los bailarines, sin ser prodigioso, resaltaba en el escenario, y era capaz de transmitir emociones precisas, aun cuando Paola Aimée exagerara en su vehemencia corporal. La parte técnica denotaba una producción cuidadosa, detallista, y las transiciones de atmósferas cuajaron de modo perfecto.


Corazón de nadie habría sido una excelente representación si hubiera considerado que su público merecía algo más que una versión acartonada del caso Pessoa en el ámbito de las letras. Pudo haber manejado el tema del desdoblamiento pessoano con verdadero dramatismo, y aprovechar la infraestructura para ofrecerle al público una experiencia inolvidable, la misma que el portugués deja en quienes lo hemos leído de primera mano.  Una danza con violines en su honor no es suficiente.