EL SIMPLE ACTO DE RECORDAR
A menudo escapo de la rutina diaria. Lo hago cada vez que confío en mi capacidad de resolver los pendientes hasta mi regreso. Es entonces cuando salgo de la ciudad buscando la calma que tanto necesito.
En un morral –producto del folklor chiapaneco- llevo la infalible hamaca, el cepillo dental, la sábana que cobija algunos de mis insomnios o pesadillas y el fino calzón de tela que, gracias al elástico flojo, me permite moverme en él con libertad, mientras me llega el sueño. Eso llevo en la mochila y un libro de cuentos, por lo general.
Y me voy de aquí. Huyo de esta oficina, en donde ahora -no sin antes atender llamadas telefónicas, requerimientos fiscales y a uno que otro vendedor de pólizas- me encuentro escribiendo las memorias del viaje de la víspera. Y voy a lo de siempre: a mis recuerdos de Izamal, a la finca que por gracia del destino me sigue atando al “cordón” de mis padres y abuelos. Ahí, en la intemperie de la noche, asoma el viento en los balcones acariciando los días que se fueron.
Recostado en la hamaca, mientras digiero con placer las hojas, tallos y verduras que mi padre –vegetariano de nacimiento- cocinó al vapor, afloran en la mente los instantes del día que pasé en Izamal... Desciendo del autobús, llevando la mochila al hombro. Todo es calma, quietud y silencio en la estación camionera. En las paredes del andén se leen avisos como estos: “Gratificaré a la persona que me devuelva a Sonia. No muerde más que la comida que le dan. Se perdió junto a la tienda de Florencio. Favor de ver a Chelo en el puesto del mercado”. En otro bien podría leerse: “No estacionar los caballos en la entrada”.
Bajando la escalera hacia la calle me estremecen los olores de Izamal. Huelen a establo, a cuero, a silla de montar los coche-victorias que esperan a un costado del palacio. Rememoran las talabarterías en los bajos del convento; ahí, a escondidas del tío Mateo –en franca discusión con su hermano Ponso- robaba retazos de cuero para hacerme un tirahule con horqueta de “utzupec”. En los cuartos de techo abovedado, el franciscano aroma de la sombra era borrado por el olor de la curtiembre: alpargatas, fundas de cuero y bolsas de piel de becerro llenaban de olores picantes el ambiente de los talleres.
Me encamino al parque. En la fila de puertas a mi paso, el saludo, la sonrisa de los paisanos. Aparece un rostro del ayer: -¿Vas a la finca, Manuelito? Con razón vi la combi en el mercado.
El amarillo del convento me llena de luz los ojos. Veo a distancia la figura del hombre que espera, que siempre espera y con algo en la mano. Mira viejo –me dice- Ve qué lindos coliflores acabo de comprar. Y tengo rábanos. También soja y frijoles rojos. Comeremos coliflores al vapor.
Sigo sus pasos... –¿Una cervecita, papá?
Entre lechuga, colinabos y repollo, subo a la camioneta sin puertas ni cristal, tomo asiento. El polvo del volante me impregna las narices de estiércol, de ese polvo que huele a corral y a soga de vaquero... Dejo atrás las preocupaciones, la fatiga, el ajetreo de la gran ciudad... El ruido del motor enciende el eco de los muros y se oye la voz del viejo: -Dobla en la siguiente cuadra. Un silbido lo ha hecho voltear, asoma entonces la cabeza por el hueco de la portezuela: -¿Una cervecita, Mando? Y el tío Armando, tras una palmada en mi espalda sube a la camioneta de las coliflores...
Patios que parecen selva nos cobijan del sol en las calles. La quietud impera en los portones y ventanas del rumbo de Los Remedios: -¿Ya vieron qué bonita está quedando la iglesia de aquí? La están remozando. Hemos pedido que la arreglen, porque hay gente que ya no puede subir la escalinata del convento. Los que ya pasamos los setenta y pico podremos venir los domingos a esta parroquia... ¿Verdad, Canito?
Izamal es casa, hogar del doctor Bolio, que siempre la vigila.
-Esta parroquia le sirvió de refugio al primer sacerdote que tuvo. Ocurrió durante la persecución juarista, sentencia el hombre de blanco. Mi padre dice: -Lo que quieras saber de Izamal pregúntale al tío Mando.
Con más de cincuenta años en el ejercicio de la profesión, el doctor Bolio se mantiene espigado, ágil para saltar por entre los escombros y rollizos de madera en el piso de la nave central. En los lentes del médico, siempre limpios y brillantes se dibujan paredes, marcos y ventanas de estilo gótico, en reparación.
-Sí, he pedido que en todo se conserve la forma que estas cosas han tenido desde siempre.
Mi padre asoma por encima del muro: -¿Y la cerveza, o ya se les quitó la sed?
Volvemos a la camioneta en la soleada calle lateral... Hago la suma de nuestras edades: Mi padre, 80; el tío Mandín, pues por allá, pisándolos. Yo, 50 bien cumplidos... Poco más de dos siglos van en esta combi, me digo para mis adentros. Y repito: Bien vividos y bebidos, porque estoy ahora en la barra de una cantina junto al viejo Hebert, su propietario.
-¿No importa que estén bien frías?, nos pregunta detrás de la barra el veterano jonronero de Izamal. Y agrega, ¿o quieren que la saque pa´ que se calienten? Siempre hablando en doble sentido, Hebert Amaro –con ciertos kilos de más- sigue siendo saludable y fuerte; lo imagino en el cuadro de “jon-pley”, cargando el bate beisbolero que habría de romper la barda del center, la no menos imaginaria barda que había en el “Zapotal” o en Los Remedios y más tarde –cuando empezaban las canas a llenarle la cabeza-, en El Guerrero, ya con bola de softbol.
“Compro y vendo: robo”, se lee en la pizarra colgada en la pared del bar... Cantina fresca, silenciosa, en donde nadie, ni sus amigos de antaño, comerán botana, “porque aquí se viene a beber, a mamarse si es posible”.
En los tiempos de fayuca nadie viajaba a Chetumal. Con Hebert se encontraba todo. Bebemos mientras él nos platica de algunos personajes del lugar. Suelta nombres que han pasado al recuerdo... ¿Y se acuerdan de aquel ciego que montaba en bicicleta?, pues al cabrón le gritábamos: ¡Cuidado, estás andando sin luz y es de noche!... ¿Y de Zopimpa? ¿Se acuerdan de Zopimpa? A ese cabrón se la pelaban los toros del tablado. Y también las bicicletas, porque a todos nos toreaba El Zopi”.
-¿Y cuánto se te debe, Hebert? Fueron nueve. Doce si sabes contar...
-Que me den 34.50 y ahí queda. Que les vaya bien.
Dejamos la cantina, la aparente seriedad con la que Hebert cuenta su largo anecdotario. Son casi las tres de la tarde y ya mi padre ha dicho que el almuerzo podría “marchitarse”.
El zaguán del doctor, y esa especie de bodega o apartado que hay dentro, me hace sentir que el tiempo se ha detenido; que ahí, en el encierro de madera y vidrio, una joven mujer, de cara bonita, se encuentra moliendo pastillas en el mortero. La mujer es amable, risueña y muy delgada; observa desde la botica a su hermano que, maletín en la mano, aguarda la llegada del “Victoria”, que habría de llevarlo para atender un parto a domicilio.
Me digo: ha vuelto Izamal a los años 40...
Se va a marchitar el almuerzo –repite el dueño de la combi: Vámonos a Kalax. Hago girar la llave del encendido, y atrás, muy atrás se van quedando el doctor Bolio y los atrios de la ciudad con más de cuatro cerros.
El horizonte es floración de “tzitzilché”, zumbidos de abeja. Las hojas y tallos del camino, la tierra misma del extenso llano, destila miel, olores dulces. Y hay verdor en los potreros que alimenta la llovizna, las finas gotas que brotan en los aspersores llenando de agua fresca las espigas.
Ya en la casa principal miro, como siempre, los cuadros de familia. El repaso comienza en las fotos de los años veinte: Un hombre viejo, de gran musculatura y corpulencia, abraza a la mujer de rostro bello, de serena dulzura; el hombre, en marcado contraste con ella, ofrece un aspecto de rigor y dureza: las manos grandes, el bigote espeso, retorcido en ambas puntas. En el regazo de la pareja, tres niños vistiendo pantalones bombachos le sonríen con timidez campirana al que imprimió la foto. Calzan medias y usan gorra los que ahora son el tronco familiar...
Voy hacia las fotos junto a la puerta que da al corral; mis hermanos y yo, de coloreadas chapas, simbolizamos la no-preocupación de saberse protegido desde el final de los cuarenta. La no-preocupación de tenderme en una hamaca, de contemplar la pasividad del campo, la luz de alguna estrella.
Sé que el sueño habrá de alcanzarme, de llegar a mí en el piso alto. Pero ha de ser un sueño en retroceso, de no descanso y que le exija a la noche más y más recuerdos.
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