 La corrección política, aun antes que se conociera como tal, había condenado al Mercader de Venecia a vivir exiliada del cine hablado, hasta ahora. (Hubo tres versiones mudas, de 1912, 1914 y 1916; las demás han sido para TV). Confieso que siempre he amado esta obra, con todo y su virulento antisemitismo. No porque yo sea antisemita. Soy judío y no me avergüenza serlo ni decirlo. Pero a diferencia de muchos otros —tanto judíos como gentiles— Shylock siempre me ha parecido un desgraciado, mucho antes de ser un judío desgraciado.
La desventura de Shylock es por lo menos triple. Primero, es judío en una tierra donde los judíos son odiados por casi todos al mismo tiempo en que sus activos son requeridos por el poder del Estado. Se trata de una combinación peligrosa. Como bien lo señala el prólogo de la película dirigida por Michael Radford, ahora en cartelera, a los judíos sólo les quedaba la usura como negocio, pues se les prohibía ser terratenientes, y la práctica de casi cualquier otro negocio medianamente rentable. La usura era prohibida para los cristianos, pero éstos requerían capitales frescos, de modo que en Venecia —y en otras partes de Europa— se establecía un entente entre la comunidad judía y la monarquía local, el cual permitía una convivencia tensa que podía estallar en cualquier momento.
Segundo, su hija Jessica —quien vivía aislada del mundo, encerrada en la casa paterna, hambrienta de contacto humano— veía en el enamoramiento con un gentil —Lorenzo— la posibilidad de salir al aire, de ser normal. Su padre no era cruel con ella, pero en sus ojos él representaba todo lo que la constreñía. Su rebelión y liberación incluyeron el robo del patrimonio familiar, hurto que nadie en la obra parece censurar. Este olvido, más que antisemita per se, refleja cómo pensaban y sentían quienes le deseaban mal al extranjero que vivía entre ellos, sobre todo si, económicamente, los aventajaba. Esto no ha cambiado hasta la fecha, ni en Venecia ni en ninguna parte. La huida de Jessica —con las joyas familiares— hunde a Shylock en la desesperación.
En tercer lugar, Shylock es un hombre literal, incapaz de toda poesía. No conoce la compasión, atributo no sólo cristiano. Aun así, Shylock es —a pesar de sí mismo—profundamente humano, y en esa humanidad, en su desgracia, hay poesía gracias a la pluma de Shakespeare. Sus motivaciones son complejas y contradictorias. No es una caricatura. Al Pacino lo entiende y lo interpreta magistralmente, y con valentía.
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