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En las calles de New York City
Eugenia Montalván Colón
http://www.unasletras.com/v2/../data/260.Brooklyn Museum.JPG

Llegamos a Nueva York en el Express que sale del aeropuerto de Newark hacia el corazón de Manhattan y en el que, como en algunos trenes de Europa, todavía pasa el recoge boletos vagón por vagón haciendo cálculos en la cabeza de la cantidad de pasajeros que transporta, mientras nosotros, los pasajeros, dilucidamos la cantidad de años que lleva este señor de uniforme brilloso, de tan planchado, en un oficio aparentemente pasado de moda, y bajo la tierra.


El Shuttle cuesta 14 dólares, y llega directo a la Penn Station, surtidor de líneas de metro hacia toda la ciudad. Ixel y yo vemos los letreros que indican las salidas a la calle a ciegas; avanzamos por una de las corrientes de gente que avanza en dirección contraria a la nuestra...

Vaya recepción: Macy´s y el inicio de la nueva temporada con seres vivos de mentiritas en sus aparadores: catarinas, avispas, flores, pájaros y mariposas retozando entre zapatos, trajes de baño y ropa que en la calle aún no se lleva: el invierno continúa en pleno abril, ¡se dice incluso que a principios de mes nevó!

Tomamos Broadway con dirección al norte con el asombro de Ixel al ver que la gente no respetaba el semáforo para cruzar la calle… ¡Ni nosotras! Eso le impactó, creo, más que el gigantesco Victoria´s Secret que teníamos a la vista. Pero para lo verdaderamente asombroso no faltaba mucho: la vista espectacular que los compañeros de la universidad de Ixel alucinan: Times Square. ¡Qué regalo de bienvenida para ella! A mí el corazón me sigue latiendo igual, sin sobresaltos, pues no es la primera vez que ¡dichosa de mí! estoy en esta luminosa esquina.
 
Volveríamos luego a tomar fotos… ¡sí, claro! A las 6 30 teníamos que reunirnos con Raulito, un mexicano restaurador de arte, amigo de Verónica, mi sobrina y hermana de Ixel. Verónica reside en New York desde que Katrina la obligó a salir de New Orleans. Una foto colgada en su habitación es el atardecer inundado de desgracia en aquella ciudad, donde aprendió a hablar inglés. Ahora está aquí, bella, inscrita en el Hunter College con un tren de trabajo sorprendente y deseosa de compartir su vida: por eso venimos.

Llevamos más de veinte cuadras a pie, queremos seguir caminando porque ¡oh bendición!, nos espera el Central Park. Antes tendríamos que tomarnos un café del Starbucks, otro sueño de Ixel: pedir un capuchino to go, como le gusta a Britney Spears.

Ixel tiene 22 años, está a punto de graduarse de abogada por la UNAM (en una filial jarocha) con el mejor promedio de su generación, pero le da rienda suelta a una serie de caprichos infantiles con asombrosa facilidad. En otra ocasión quiso comprarse una camiseta de Bob Esponja, hermosísima, según ella, sólo que yo, 10 años menor que su madre, la persuadí de que no lo hiciera, y eso que iba a ser la única prenda de su tipo en todo Veracruz, como argumentó.

La recriminación no se hizo esperar: dos noches después me dijo, furiosa, que yo no tenía derecho a contrariar sus gustos, y es cierto. Ella, sin argumentar nada en contra me había acompañado a Fígaro Café, un lugar donde supuestamente conocería a gente interesante: latinos que se reúnen desde hace 6 años semanalmente en una tertulia literaria. Menos mal que Fígaro era el punto de encuentro con Verónica, si no de veras que Ixel tendría razones para recriminarme el tiempo que pasó escuchando a los escritores leyendo sus textos sin ninguna emoción.

Era la noche de nuestra llegada, y estábamos en la Bleecker Street a tres o cuadras del Washington Square Park, ahí nos encontramos con Verónica y cenamos hamburguesas. Eran casi las 12 cuando tomamos el metro para ir, por fin, a Brooklyn. Teníamos las maletas con nosotras; Raulito cargó una de casi 40 kilos arriba y abajo en la línea V, y adiós. En la 14 Street trasbordamos a la línea 2 y, entonces sí, directo a la estación que nos correspondía, la del Brooklyn Museum, ¡un vecino  admirable!

El número 200 de la Washington Avenue le corresponde al Museo y el 201, en el sexto piso al departamento de la mexicanísima Verónica Valerio y sus tres room mates colombianos: Manuel, el casero, comisionado para dar el bostezo de bienvenida, Carlos  Alberto, psicoanalista e Ingid, realizadora de cine.

Pedí quedarme a dormir en el sofá, las hermanas tenían mucho qué platicar. Amanecí rodeada de cocodrilos, o sea, las almohadas de los niños de Manuel, y con el rigor del sol en la cara: abrí los ojos.

Salimos al Soho a la hora del brunch. Vero y yo elegimos un restaurante hindú; a Ixel le daba igual comer o no comer,  más bien quería  comprar su cámara y hacer ¡ya! la ruta encomendada por su clan.

Vero se fue a trabajar; Ixel y yo a Wall Street a comportarnos como todos los que no andaban de traje y corbata, es decir, como viles turistas. Ixel tenía en mente la película que acaba de ver: Man Inside (El plan perfecto), filmada justamente aquí hacía apenas unos meses. Cámaras ocultas y visibles por donde quiera; nosotras, igual, posamos. ¿Y luego? Lo esperado, hacernos acompañar por alguien al hueco que dejaron las Twin Towers; realmente no necesitábamos guía, pero en cuanto le preguntamos a un hombre cómo llegar a la zona, de la que incompresiblemente nos habíamos alejado varias cuadras, nos condujo personalmente a toda prisa, casi corriendo, nomás con un respiro para pedir orientación a un par de policías que conducían el tráfico, o sea que él tampoco sabía llegar; se tomó unos minutos con nosotras por gentileza, como otras personas en su momento, incluso para orientarnos con precisión mapa en mano.

Calladas, porque las dos nos sentimos como en un cementerio en la zona cero, nos detuvimos a observar los edificios de alrededor y un altar con veladoras y flores resguardado tras una malla de alambre.

Recordé aquel corto de las historias del 11 de septiembre en el que la casa de un anciano viudo se ilumina a raiz del desplome de los edificios. Esa luz se filtraba ahora ahí, al atardecer. ¡Era hora de comprar la cámara!, y fuimos directo a J&R por una Olympus de 4.5 mega pixels y un memory stick extra para cientos de fotos, todo por menos de 200 dólares. 

¿Qué seguía esa tarde? Ah, sí, ir a comprar los boletos para el espectáculo del Rey León, sólo que, por desgracia, estaban agotadas las entradas para toda la semana. Propuse que fuéramos al cine, pues aún faltaban dos horas para encontrarnos con Verónica y seguir en la vaganza.

–¿Meternos en el cine? ¡una locura con tantas cosas que ver afuera...! Otra vez Ixel tenía la razón. –Mire tía, dijo, si quiere siéntese usted aquí en un Internet y yo mientras doy una vuelta.

Ya era imposible tolerar los tacones, cierto, pero eso de sentarme frente a una pantalla y pagar 5 dólares por 25 minutos, realmente no quedaba. El mundo latía a unos pasos, fuimos hacia allá con un café, ¿de Starbucks? No, por piedad. Todavía no comprendía  lo importante que era para Ixel entrar a la cafetería, pedir su bebida en vaso desechable y salir a recorrer Broadway en la otra acera.