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Entrevista con Bruno Bichir
De las dificultades que enfrenta un productor de cine y más
Miguel Elenes (Fotos: www.closer.com.mx)
http://www.unasletras.com/v2/../data/539.brun.jpg
Mérida, 8 de diciembre de 2007. Bruno Bichir es uno de los actores con más talento y lucidez de la escena artística mexicana actual. Convencido de que lo importante es “establecer un vínculo de comunicación con el espectador para provocar la reflexión”, tiene un papel estelar en el elenco cinematográfico nacional de los últimos 20 años, siendo dirigido por Jorge Fons y Arturo Ripstein, entre otros cineastas destacados. Igualmente lo encontramos en producciones teatrales comerciales e independientes, o de vez en cuando en alguna telenovela de alto rating; sin olvidar que es la voz del personaje principal de la cinta animada Una película de huevos, producción mexicana con inusitado éxito taquillero.

Bruno Bichir forma parte –junto con sus hermanos Odiseo y Demián y otros famosos colegas como Gael García Bernal y Diego Luna—de una nueva generación de artistas que no ocultan sus convicciones, que aprovechan su popularidad para enarbolar causas justas y que trabajan apasionadamente para restituir al arte el lugar que merece en nuestra sociedad.

A continuación la entrevista que sostuvimos con él a su paso por Mérida, con motivo de su participación en la obra teatral Closer, el mércoles pasado en el Teatro Daniel Ayala Pérez.

¿Cuándo decides o descubres que lo que quieres hacer en la vida es actuar?

—Supongo que todo tuvo que ver con haber nacido en el mundo del teatro y estar empapado de ello, sin embargo a mí me hubiera gustado ser músico o cualquier otra cosa relacionada con las artes, aunque también recuerdo que en algún momento quise ser luchador de lucha libre, con máscara y todo.  Creo que jamás sabré cómo tomé la decisión… porque sí o porque no… ya no lo sabré.  A lo mejor cuando tenga hijos y ellos también quieran… a lo mejor me doy cuenta y diré “pues simplemente lo traía en la sangre”.  Ciertamente influyó que estuviera expuesto a los cables, a las luces, a las parrillas, a los telones, a las butacas desde muy niño… eso debe haber influido, seguro.  Y yo creo que la decisión definitiva fue a los quince o catorce años, a pesar de que ya era un “profesional”, pues recibí mi primer sueldo a los cinco años.

¿Te consideras más un actor de cine, de teatro o de otro medio?

—Pues simplemente actor.  Me gusta actuar, me gusta imaginar que soy alguien más y todo lo que conlleva. Usar mi imaginación para pretender que soy alguien más y provocar que pasen cosas que se trasmitan a un espectador y que el espectador tenga una reflexión --de hecho, no importa si yo la tengo-- lo que importa es que el espectador tenga la reflexión. Y entonces yo tengo que usar una serie de herramientas para entender la reflexión que quiero transmitir.  Lo que me interesa es hacer ese vínculo de comunicación, por el medio que se me permita.

Hice la pregunta porque considero que has participado en excelentes películas, ¿con cuál te quedarías?

—La verdad es que con todas, no podría escoger alguna, cada una representa algo muy importante en mi formación, mis preocupaciones, mis obsesiones, mis riesgos… todas.  A la que le tengo un cariño particular es a Crónica de un desayuno porque nos costó diez años levantarla —soy el productor de la película—. Tuvo muchas cosas en contra, hubo críticas muy malas y críticas excelentes; fue un proyecto muy ansiado, ganó un premio en Berlín, en fin, pasaron muchas cosa. Abrió una puerta comercial importante y por el tipo de la película que es y por el número limitado de copias con que se distribuyó, con todo en contra, hizo números extraordinarios. En fin, representa para mí algo importante, pero todas las películas que he hecho, las buenas y las malas, han sido realmente aleccionadoras.

Con Jorge Fons hiciste dos películas, Rojo amanecer y El callejón de los milagros, ¿cómo fue tu experiencia en ellas?

—Gloriosa. Con Jorge, que ojalá viva eternamente para seguir trabajando juntos, me encantaría hacerlo nuevamente, aunque tengo entendido que Jorge está filmando ahora, y no estoy ahí… es una lástima. Sin embargo, Jorge Fons es un ser extraordinario, un director muy sensible, muy arriesgado e innovador. Cuando hizo Los albañiles se adelantó a propuestas visuales que después Scorsese y otros directores utilizaron. Quién sabe si lo vieron o lo copiaron o estudiaron, pero lo que es cierto es que Jorge —desde que él andaba con su cámara en la Casa del Lago tomando fotos cuando era chavo— ha sido un hombre muy inteligente,  sensible y muy arriesgado. Yo lo admiro, lo quiero como a un padre, es un ser fantástico, y su dirección fue siempre muy intuitiva, de víscera y muy amorosa.

¿Y Arturo Ripstein?, con quien trabajaste en Principio y fin y El evangelio de las maravillas.

—Es también como un padre —de otra naturaleza—. Es un amor-odio muy específico. Es un hombre muy cáustico, se ha creado un personaje de director-dictador y es un hombre talentoso, visceral, muy inteligente también; muy obstinado y obsesivo y lo quiero y lo respeto muchísimo. Me parece que es un gran cineasta.

A mi me gusta mucho tu actuación en la película de María Novaro, El Jardín del Edén.  Tu personaje es entrañable, ¿qué nos puedes comentar?

—Pues eso, que fue justamente hermoso.  He tenido la oportunidad de trabajar con muchas mujeres directoras y son experiencias únicas y distintas porque el lado femenino es mucho más complejo, irreverente y ácido. María es un ser excepcional. Le agradezco muchas cosas, le debo mucho. Es una cineasta visionaria, con gran apertura, tiene “visión de cancha”, ve lejos.

Debo confesar que todos los directores y directoras con las que he trabajado me han dejado proponer, cosa que me parece importante, por el riesgo, y estoy complacido con todos.

El motivo de tu visita a Mérida y la Península de Yucatán es representar una obra de teatro que lleva ya mucho tiempo en cartelera, ¿qué te lleva a hacer teatro?

—Es una necesidad personal de propiciar una necesidad en común del género humano. Estoy convencido que las artes te hacen un mejor ser humano, porque te ayudan a preguntarte… te cuestionan.  Las artes cuestionan.

¿Para eso sirve el arte?

—¡Claro!, para cuestionarte tu lugar en el mundo… ¿qué estás haciendo aquí?, ¿por qué estás aquí?, ¿para qué estás aquí?, ¿por qué lo estás haciendo?  Y para ser mejor… para ser un mejor ser humano.  Es un granito de arena para conectarte con el cosmos… para que no sea en vano el Big Bang.

Y el arte —creo— nos hace humanos, nos hace reconocernos como humanos.  Hemos creado recintos nada más para eso.  Aquí (en el teatro) nadie duerme, nadie vive aquí.  Es un lugar que está vacío el 80 por ciento de su vida útil, pero el 20 por ciento restante es hogar de marejadas de emociones cuyo objetivo es la reflexión. Para eso sirve el teatro, y las artes en general, para crear reflexión. Para entendernos. Para preguntarnos primero, y luego, buscar nosotros mismo las repuestas.  El arte no da las respuestas. El arte fuerza las preguntas, te empuja a las preguntas. Yo creo que el arte –como el teatro— debe ser subversivo, debe ser provocador, perturbador. Debe estar en movimiento, y debe generar inquietud, no importa cuál o para dónde, si es el orden del caos, generará belleza y entonces, esa belleza será un motor provocador para que al espectador se le despierten sus fibras sensibles, tenga un viaje interior que lo lleve a una catarsis y luego a una reflexión.

Por eso creo que es necesario el arte. Por que a mí me hace sentir. Cuando soy espectador me gusta sentir esas emociones y por eso soy actor, porque creo que es importante para el ser humano y también porque en este país no le damos la importancia que merece. Leemos medio libro al año en promedio, no sentimos una necesidad por las artes y al no entender porqué las artes son necesarias, no tenemos la necesidad, y si no tenemos la necesidad, pues no vamos al teatro, no vemos danza, no oímos música, no nos importa nuestro ser creador.  Lo más importante es reconocernos como seres iguales. No hacemos obras de perros para perros… hacemos obras de humanos para humanos. Nos contamos a nosotros mismos.  Yo no cuento esta historia para otros artistas. Quiero que venga el doctor, la niña de la escuela, el trabajador, el plomero, el abogado, el empresario —ese es el verdadero público— y que se emocione con lo que yo estoy planteando.  Para eso lo hago.