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| Eréndira, montaje de los recién graduados de la ESAY |
| La puesta en escena tiene una intención didáctica |
| Texto y fotos: María José Evia |
 Mérida, 29 de julio de 2008. Eréndira, la obra, se basa en el famoso cuento de Gabriel García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada.
Aquí, sin embargo, aquella increíble y triste historia pasa a segundo
plano. El argumento es sólo un pretexto para que los actores (la
primera generación graduada de la ESAY) exhiban su pericia en el
trabajo con máscaras, marionetas y otros recursos teatrales. La
narración corre a cargo de los famosos gitanos de Macondo, quienes
vestidos con grandes ropajes y máscaras, pasan los primeros diez
minutos de la obra preguntándose cómo contarnos la historia, pues
carecen de papel, lápiz y alfabetización. Este preámbulo dura
demasiado, y comenzamos a notar el punto más débil de la puesta en
escena: el volumen exageradamente alto con el que se expresan los
actores.
El
volumen aumenta cuando comienza la historia de Eréndira: la abuela
desalmada grita una y otra vez, y lo único que consigue es distraer la
atención del público sobre los hermosos diálogos creados por García
Márquez.
Los gitanos se turnan para representar a la abuela, a Eréndira y a los demás personajes, y éste es un acierto, pues así la representación se lleva de forma original y bien lograda. Sin embargo, todos recurren a los gritos.
Eréndira vive con su abuela en una gran mansión. Aquí, la obedece y sirve hasta que un día el viento de su desgracia tira un candelabro e incendia la casona. Eréndira contrae una gran deuda con su abuela, y se ve obligada a pagársela con lo único que tiene: su cuerpo. Cuando ya no quedan más hombres en su pueblo, emprende con su abuela una travesía que la llevará al desierto, donde será violada más veces de las que su cuerpo puede soportar.
El desgaste de Eréndira es tal, que llega a sentir “vidrio molido en los huesos”.
Sin embargo, la escena de la primera violación no logra transmitirnos el dolor de Eréndira. Primero, unas manos simulan el acto sexual. Una con un guante rojo, otra con uno amarillo. Gritos. Después, los actores la simulan, pero no cómo un acto de pura crueldad, de puro dolor, sino de forma grotesca. Los calzones de Eréndira tienen un corazón en medio.
Valiéndose de utilería, luces, música, marionetas y, por supuesto, máscaras, los gitanos cuentan el cuento al público; sin embargo, queda claro que tantos elementos en lugar de enriquecer la historia, distraen de la tragedia de Eréndira, convirtiéndola en un espectáculo circense. El uso de canciones conocidas, incluyendo una de Shakira y una referencia al grupo español Mecano ayudan también a enajenar al público de la representación.
En cierto momento, dos gitanos se encuentran en el escenario. Uno se acerca al público y el otro le dice: “Has roto la cuarta pared”, lo cual provoca las risas de su compañero. Hay otras situaciones como ésta, donde se trata de educar a la audiencia acerca del nuevo teatro (al final, por ejemplo, los gitanos nos anuncian que hemos visto teatro posmoderno). Es el público el que debe descubrir estas cosas por sí mismo.
Eréndira encuentra el amor cuando menos lo buscaba: Ulises, un ángel sin alas, un joven hijo de un holandés y una india guajira. Ulises, nombre de navegante. Este encuentro da pie a los momentos más agradables de la puesta en escena. Las luces, los juegos con la utilería, se vuelven más suaves, menos exagerados. Podemos ver entonces cómo Eréndira planifica su nueva vida. Ulises renuncia a su familia y promete salvar a su amada. La historia de Eréndira llega a un final feliz, pero solitario. Quiere su libertad.
Dirigida y adaptada por Salvador Lemis, la obra cumple su objetivo al mostrarnos las nuevas técnicas del teatro. Sin embargo, es ahí también donde falla, pues el exceso de recursos impide concentrarse en la fuerza de la historia creada por García Márquez.
Eréndira se presentó los días 18, 19, 25 y 26 de julio en el Auditorio Silvio Zavala Vallado, del Centro Cultural Olimpo. Cuenta con las actuaciones de Coralia Ancona, Jesús Molina, Priscila Escamilla, Graciela Ruíz y Jazmín Buenfil. El diseño fue de Paty Ostos, quién junto con Addy Téyer, también figura como asistente de dirección.
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