Mérida, 17 de diciembre de 2007. Llevaba mucho tiempo esperando otra puesta en escena de alguna obra del dramaturgo Salvador Lemis, autor de Escenas del Imperio. Hace unos meses vi Tres tazas de trigo y antes había leído La ciruela. Ambas representan la más grata experiencia que he tenido con la dramaturgia en Yucatán. Después de perderme un par de ocasiones por despistado, acudí al “Peón Contreras” saboreando esta nueva oportunidad. Desafortunadamente el sabor fue agridulce.
La escenificación retrata a tres personajes históricos que alternaron y convivieron: Maximiliano I (emperador de México), María Carlota (emperatriz) y el poeta español José Zorrilla. La historia se desarrolla en plena caída del imperio. La preocupación por la llegada del ejército juarista es un fantasma presente en cada silencio. Conocemos a los personajes a través de escenas fragmentadas que destacan distintos rasgos de su carácter. Paralelamente se desarrolla un extraño triángulo que servirá de anzuelo para el espectador: Maximiliano y Carlota admiran el trabajo de Zorrilla; el escritor se vuelve consentido del emperador, quien le promete un puesto como director de un nuevo teatro nacional; José y Carlota se enredan en un amorío a espaldas de la máxima autoridad del país; la emperatriz y su esposo tienen problemas en su relación. El drama termina donde comenzó. Maximiliano muerto, fusilado. Carlota enloquecida. Zorrilla con una nueva vida en su país de origen. El ciclo llega a su fin cuando el poeta acude a entregarle una carta a su antigua amante, y ésta, desvariando, sin poder distinguir entre el hombre de carne y hueso y Don Juan Tenorio (su más celebre creación), le confiesa que tuvo un hijo suyo.
Es importante dejar en claro que presencié el estreno. Charlando con algunas amistades con más experiencia en el mundo teatral, confirmé que es natural que los actores afiancen sus papeles conforme se suceden las funciones hasta alcanzar el nivel esperado. Dicho esto, no sin antes sufrir un dilema ético, creo necesario señalar algunos puntos que valdría la pena trabajar.
1) La actuación de Juan de Dios Rath resultó muy plana. Una cosa es que el emperador tuviese fama de ser pusilánime y falto de carácter, y otra muy distinta que fuera una máquina insensible. Extrañé mayor intensidad a la hora del conflicto, cuando confronta al poeta, cuando todo su reino se le venía abajo, cuando su mujer lo reta descaradamente.
2) Existen muchos puntos en el guión que pueden resultar incómodos para el espectador. En las otras obras que presencié de Salvador Lemis, era necesario estar atento en cada instante. El juego de símbolos, el gran manejo del lenguaje y la complejidad de los personajes se presentaban como un verdadero reto intelectual y emocional para el testigo. Aquí, en cambio, hay varios momentos en los que se hacen demasiado explícitas las preocupaciones del autor sobre la relación entre el arte y la política. Quizás se deba a que la idea original del argumento es de Vicente Leñero, no lo sé.
3) Hay varios puntos que falta afinar. Aunque la selección musical es atinada, a veces irrumpe violentamente. Al emperador, su vestuario le quedaba un poco grande, lo cual se puede comprobar en los retratos que le hicieron. Por último, y aunque esto no sea culpa del elenco, ni de la producción, la intromisión de los cláxones callejeros distrae mucho, al grado de enloquecer a un neurótico como yo. Habría que buscar formas creativas y económicas de evitar estas molestias.
4) Le cedo la palabra, sin su permiso, a una amiga con la que tuve un intercambio cibernético. ¿Otra obra sobre el segundo imperio y Carlota y Maximiliano? ¿Sabes cuantas obras sobre el segundo imperio he visto en Mérida? TRES, tres malditas obras, y con la de Lemis, 4. ¿Pero qué obsesión con el segundo imperio? ¿Tienes idea de lo que significan tres obras sobre eso en un estado con una producción teatral tan escasa?
Como dije al principio, también hubo un lado dulce.
1) Lo primero que escuché a la salida fueron grandes halagos al manejo de la luz. Es cierto, a veces nos olvidamos del condimento, la pizca de sal; el trabajo de Christian Rivero fue excelente. Los cambios en la iluminación van de la mano con la tensión dramática.
2) La escenografía minimalista es atractiva. Llamó la atención la utilización de herramientas virtuales. En cierto punto, cuando Maximiliano le pregunta a Carlota qué soñó y ella se niega a responderle, podemos ver de fondo, proyectada en una “pantalla” gigante, una serie de imágenes simbólicas que resultan muy “apantallantes”. Aplaudo el atrevimiento. Me quedé con ganas de ver el recurso en, al menos, una tercera ocasión.
3) El personaje de Carlota (Ligia Barahona) está bien definido tanto en la tinta como en el escenario. La obra no es muy larga y salimos con una buena noción del carácter de la protagonista.
4) Aunque el papel no era muy demandante, la actuación de Tanicho fue precisa.
Es una lástima que sólo haya habido dos funciones. Se le corta el ritmo al elenco, no se le da la oportunidad de afinar esos puntos negros fácilmente corregibles. La obra se presentó este fin de semana (15 y 16 de diciembre) en el Teatro “Peón Contreras”. La dirección está a cargo de Gladis Cervantes, quien se llevó un sonoro aplauso de los presentes.
No cabe duda que Escenas del Imperio deja un amplio margen para la reflexión. Imposible permanecer indiferente. Tenía toda una lista de preguntas que me quedaron flotando en la cabeza y que no encontraron espacio en esta reseña extendida. Los dejo con las palabras de desolación de Carlota, fotografía en blanco y negro del fin de una época y motivo de empatía en estos tiempos apocalípticos. Ya nada me inspira, lo he perdido todo.
|