| La mestiza que está en acción en el Teatro Escena 40º es tremenda: una mujer de alrededor de 40 años, -quizá más joven, quizá más vieja- que manifiesta su forma de pensar a través de las palabras que vienen al caso, las justas. Una mujer que llama a las cosas por su nombre y dice lo que siente sin trastabillar. Una mujer que se conoce a sí misma.
Una mujer, también, de voz fuerte y firme, con conciencia.
Realmente no es nada más una mestiza, son tres: Adrelaidina, Soco Coyoc y Rosa Amén. Tres mujeres de origen maya que nacieron en diferentes pueblos de Yucatán, se visten con hipil y nos cuentan su vida.
Adrelaidina, ocasionalmente dedicada al servicio doméstico en Mérida, hace una autoafirmación de su personalidad meciéndose en la hamaca. Vive con su madre y se complace con ser soltera: “Porque yo así estoy acostumbrada; ni hijos, ni esposo, ni nada. Sola y mi hamaca… meciéndome soy feliz… no me hace falta nada”
Denuncia a su ex empleadora por no pagarle a tiempo, alimentarla con comida aceda y, encima, quererla engatusar con supuestos regalos que la ofenden: zapatos viejos de tacón y vestidos de ciudad.
Tiene su propia versión de la vida en pareja, y argumenta por qué renunció al matrimonio.
Esta mestiza, representada por Asunción Haas, actriz de espectáculo regional cómico de bar, cuando endurece las facciones provocan desolación y miedo. La expresión de coraje que consigue es singular y rotunda. Todo su monólogo es enérgico y lo matiza con la posición que adopta en la hamaca.
Conchi León, la escritora, actriz y directora de Mestiza Power representa a Soco Coyoc, una viuda muy trabajadora -por necesidad- que vende mangos en el Mercado Grande: “Si vendí, comí; si no vendí, no comí”. Su carácter es punzante, curtido con desvelos y sinsabores. Este personaje existe en la vida real: “Es mi marchanta”, dice Conchi”, y con ella sostuvo varios diálogos para darle cuerpo a esta historia escenificada con mucho tino.
A doña Soco no le mortifica la viudez, aparentemente. Su marido por cualquier cosita peleaba: “era su modo de él”. La violentaba con gritos y jalones de pelo, además de infidelidades.
El hijo varón, que también la agrede, es un desobligado, drogadicto y alcohólico, pero muy consentido por su madre: “Yo tengo que ver por mi hijo, y que mi hijo coma”. Así que prepara fruta de la temporada para venderla en bolsitas de plástico y sacar lo justo para alimentar a la familia.
Soco, la mestiza de los Ray Ban (que ocultan las cataratas), se identifica plenamente con sus las venteras de su alrededor en el Mercado Grande. No se guarda ningún secreto; desembucha sus problemas reafirmando su carácter resuelto en ellos.
En su relato madrugador, pues empieza a hablar en cuanto se instala en su puesto, escuché la repetición de una táctica muy común, por lo visto, entre mujeres meridanas y de pueblo: mandar al bote a sus maridos cuando están borrachos e intentan o consiguen sobrepasarse en los golpes, para luego, sin que medie mayor resolución al conflicto, sacarlos ellas mismas pagando la fianza exigida.
Igualmente duras son las escenas de la vida conyugal -en el sexo- que aparecen en la plática descarnada de Soco, las cuales vistas desde la perspectiva de Conchi León, quien antes de hacer esta obra de teatro se planteó el proyecto de escribir un libro sobre la vida de las palanganeras (se les llama así por ofrecer su mercancía en palanganas), develan infinidad de temas para tratar de comprender el espíritu femenino combativo de las marchantas del Mercado Grande.
El ta’ jodido que tanto emplea Soco en sus terminantes críticas adquiere en el teatro una fuerza particular y, de esta forma, es válido felicitar a Conchi por la decisión de dar el primer paso hacia la publicación de su libro con esta puesta en escena.
Rosa Amén es la otra señora cuya representación está tomada también de la vida real. Su perfil, distinguido con la actuación de Laura Subieta, condensa el carácter de la mujer emocional y físicamente fuerte. Partiendo de que es una yerbatera con facultades para “escuchar los vientos” y manipularlos para hacer el bien a quien solicita su ayuda, despertará curiosidad de conocerla personalmente, sobre todo aquellos que son afectos a tratar sus asuntos de salud y del corazón, prioritariamente, con esta clase de métodos.
En la obra de teatro, Rosa Amén plantea la animadversión que su oficio despierta en las vecinas, documenta en qué consiste la lectura de las cartas y habla de los procedimientos que aprendió de su difunto marido para dominar el mal.
Conchi León, estricta en la conformación de cada personaje, regenera la visión femenina del teatro en Mérida aun cuando atribuye a Mestiza Power la definición de documental; desde luego trasciende esta visión. Tanto Conchi como Laura Subieta y Asunción Haas transmiten, al final, su propio testimonio vivencial de cara al público presentando su verdadera identidad.
Y al final vemos que, con hipil o jeans, las mujeres tenemos muchas historias qué contar. Lo que nos diferencia -en este caso -es el abrupto acento característico de la condición de mestiza en las yucatecas, así que hay que acudir al teatro.
Mestiza Power, estrenada el 28 de mayo tendrá funciones los siguientes sábados de junio a las 8:00 P.M. en Escena 40º (Calle 29 A #496ª x Paseo de Montejo y Calle 56, colonia Itzimná. Reservaciones al teléfono 9272419. |