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Eusebio Ruvalcaba, columnista de unas letras
A partir de hoy, cada viernes
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La ciudad del no pecado

Eusebio Ruvalcaba


A la inversa de esa película de fábula, Syn City, la ciudad de México se ha convertido en una ciudad híper conservadora. Toda esa fama de ciudad enjambre de locura ha quedado oculta en los libros de texto.

Digamos que hace muchos años aun era posible localizar casas de citas con una facilidad pasmosa. En colonias como la Doctores, la Obrera, e incluso en algunos rincones de la Roma, alcanzaba a distinguirse, en medio de la dulce y promisoria noche, un hombre con una lamparita de mano —güigüí, se le llamaba en la jerga local— que guiaba al interesado al burdel más próximo. Uno en el coche y él a pie, se iba corriendo rumbo hacia aquel templo, siempre haciendo señas con su lámpara. El conductor lo seguía y se apeaba del automóvil enfrente de la casa donde el hombre tocaba el timbre. Le indicaba a uno el paso y todo se tornaba un prodigio. Por regla general se trataba de casas-habitación, que a otra hora habrían podido pasar por hogares donde privaba la decencia y el cristianismo. ¿Y el güigüí? Bien, a estas alturas ya había recibido su comisión de parte de la dueña de la casa y, literalmente, ni sus luces se veían.

Digamos que hace muchos, pero muchos años, Chapultepec era un feliz hervidero de mujeres. En virtud de que se podía entrar con auto y recorrer sus calzadas y sus callejones, era de lo más común que el manejador se detuviera delante de algún grupo de colegialas —preparatorianas, universitarias o de alguna escuela de secretarias o de enfermeras—, y que las invitara, a una de ellas o de una vez a todas, a pasear, a darle un recorrido a todo el bosque. Por regla general las chicas aceptaban, y aquel paseo inocente terminaba con mini orgías en el espacio del automóvil, sin policía ninguno que asomara sus narices. De aquí sobrevenían noviazgos, y en ocasiones hasta matrimonios. Aunque a veces no pasaba nada y todo mundo, salvo el del volante, se iba feliz a su casa. La desgracia aconteció cuando se prohibió el tráfico vehicular en Chapultepec.


Pero hay más cosas. Digamos que en esta antigüedad de la que estoy hablando, las cantinas cerraban más tarde (hoy cierran a las once de la noche), y, si se deseaba una mujer, lo ideal era irse a los bares y tender las redes como spiderman de telenovela mexicana. A falta de centros teiboleros, abundaban esos bares. La verdad es que todo era grato ahí. La música, proveniente de algún piano desvencijado, permeaba el ambiente; las chicas, hermosísimas —qué mujer no lo es a las dos de la mañana en un sitio donde apenas es posible distinguir la luz de la barra—, se acercaban discretamente a la mesa y suplicaban un cigarro. Sin duda, había lugares peligrosos y desplumadores de incautos, pero en su mayoría el trato se cerraba a la segunda copa y aquella noche se consumaba un encuentro amoroso —la gran ventaja de que no existiera el sida, hacía las cosas más locas y menos agrestes.


Lo que quiero decir es que el amor carnal era mucho más espontáneo. Aquel individuo ávido de emociones, también podía acudir a la Villa o San Ángel y ligarse a una joven que viniera de algún pueblo perdido en el horizonte geográfico de este país. Bastaba con que le cargara la maleta y la invitara a comer. Eso era suficiente para que el trato se cerrara en la cama del hotel más cercano, donde, si el hombre era más o menos caballero —nada en exceso, no hacía falta— podía dejar pagada la habitación por un par de días más.


Ahora no hay nada de esto. Ahora los hombres se visten de mujeres, y las cosas se resuelven con las dos monedas de cambio defeñas: el dólar o la coca.