You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Función de “Conmemorates” en su día
Acercamiento a la matanza del 2 de octubre con Carballido y María Alicia Martínez Medrano
María José Evia

Mérida, 7 de octubre de 2008. El pasado jueves dos de octubre se cumplieron cuarenta años de la matanza de Tlatelolco. Quienes eran jóvenes entonces ya no lo son y quienes son jóvenes ahora ven aquel día de 1968 muy lejano. No se olvida, dicen, decimos, pero los años pasan y los recuerdos se deforman. Por eso este jueves, en un jardín de la Escuela Modelo, se presentó la obra Conmemorantes de Emilio Carballido. La intención era que todos fuéramos conmemorantes, que los alumnos de preparatoria conozcan los hechos y cómo afectaron la vida de cientos de personas y cómo repercuten aquellos sucesos hoy.


La obra fue dirigida por María Alicia Martínez Medrano, directora del Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena, de donde provienen los actores que vimos en escena. La producción ejecutiva fue de la Escuela Modelo.

Los preparatorianos son un público difícil, y la primera llamada se atrasa varias veces hasta que todos están sentados y con los celulares apagados (o al menos, en silencio). Entonces aparecen en una pantalla imágenes de la matanza. Militares, jóvenes, confusión...

¿Qué significan realmente estas fotografías de hace 40 años
para una generación que ha crecido viendo guerras televisadas?, ¿pueden realmente removernos, transmitirnos dolor o caos?

Minutos después, la tercera llamada. Actores vestidos de negro, algunos con velas, comienzan a aparecer. Sólo que no hay escenario, estamos en medio de un jardín, con árboles, hojas secas y algunas cruces de madera por toda escenografía. Esperamos. En el universo de la obra es también dos de octubre. Es la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, Ciudad de México. Los familiares, los amigos, los conmemorantes se reúnen. Uno de los personajes es “la madre” (Silvia Duartes Rosas). Una madre que perdió a su hijo, “secuestrado vivo”, desaparecido…

La madre nos cuenta su infierno. La búsqueda, siempre infructuosa, de alguna pista, alguna esperanza o certeza y sus encuentros cada vez más espaciados con los amigos de su hijo. Ese hijo a quien sigue pensando como si fuera un joven preparatoriano. Han pasado los años, él podría estar casado y con hijos, pero su madre lo recuerda todavía adolescente.
 

Emilio Carballido nos regala una hermosa pero dolorosa historia personal. No son los cientos de muertos y desaparecidos. Es esta madre y este hijo, perdido para siempre. Este hijo que no va a repetirse nunca, ni para su madre ni para nadie más. Esta madre que a todos los jóvenes los relaciona con el suyo,  sin encontrarlo nunca.

Estamos conmovidos y, sin embargo, la puesta en escena no se sostiene debido a que la actuación de Silvia Duartes es por momentos exagerada. No deja que las palabras de Carballido ni los hechos de la masacre hablen por sí mismos. Se enreda en gritos y expresiones de dolor muy recargadas, y no logra transmitirnos el dolor callado, constante y punzante que va más allá del llanto.


En el momento clave, la madre escucha una voz conocida. Su hijo le pide que no se voltee, que no lo vea. Este último diálogo de madre e hijo es, por sí mismo, doloroso y catártico y se acentúa con un efecto de eco que hacen  dos actores personificando al muchacho repitiendo los diálogos. Este recurso, usado también en otros momentos de la obra, puede distraer del verdadero sentido de la escena.


La obra cumplió su cometido al hacer de todos nosotros conmemorantes, testigos lejanos de un hecho que, hasta hace unos años, no se estudiaba en las escuelas. Lo único que agregaría es que me queda la duda si los jóvenes del público entendieron todo lo que ganó aquella generación para nosotros, y también me pregunto si las palabras de Carballido y la puesta en escena de María Alicia Martínez Medrano lograron realmente contarles una historia sobre ellos mismos y no sobre el pasado.