 Mérida, 15 de enero de 2008. Me queda claro que no hay edad para el talento. El sábado, tres jóvenes que han estado trabajando intensivamente por meses, demostraron que en el arte sobran categorías, que el compromiso con una obra y la creatividad están por encima de las categorías impuestas por los institutos de cultura, aunque sean ellos quienes financiaron, a través del FOECAY, a la autora y el protagonista.
El sábado 12 se estrenó La hora feliz. Sinfonía para solista de María José Pasos. La obra es un tributo a la dramaturga inglesa Sarah Kane, una escritora genial que muy pocos conocerán por estos rumbos. La vida de Sarah estuvo marcada por la tragedia. Nació en 1971 en Esexx, escribió sobre el amor, la crueldad, la guerra, la tortura. En su adolescencia trabajó como actriz y directora de teatro. A muy temprana edad entró en una depresión profunda y se puso a escribir, creó seis textos teatrales de culto y un pequeño video de once minutos. Aunque sus obras no se presentaban en grandes auditorios, la crítica la sitúa en lo más alto de la dramaturgia inglesa contemporánea. Finalmente, se suicidó en un hospital en Londres con los cordones de sus zapatos. Era 1999, tenía veintiocho años. El mundo se quedó con ganas de más.
Antes de entrar de lleno en la escenificación, hablaré de lo que el texto significó para mí. Vale la pena aclarar que le pedí una copia a María José y la digerí con calma. No he leído todos los libros de los autores yucatecos jóvenes, pero sí he podido ojear —al menos— unas páginas de la mayoría. En mi opinión, se trata del mejor trabajo que haya creado un autor joven yucateco, de los que hoy tenemos menos de 35 años. Me parece brutal. Es tremendamente existencialista. Un auténtico testimonio del dolor del hombre moderno. Cada palabra tiene un sentido claro; todo está en su lugar, hay pinceladas de humor negro, frases para llevar siempre en el bolsillo, un universo interno lleno de angustia en un mundo en que todo es casualidad y nada sucede en realidad. A veces los géneros son absurdos; este texto se puede leer como dramaturgia, poesía o cuento, encerrarlo en alguna de las tres categorías no le quita, ni le da valor.
María José no quiere publicar. No entiendo porqué. Se lo toma muy en serio. Considero que la voz de un joven es distinta a la de un adulto, inclusive aquellos que añoran sus años mozos, creo que tiene un valor propio que no hay que subestimar. Para que no quede duda y no me tachen de exagerado o amiguero, intercalo mis comentarios con algunos fragmentos azarosos que disfruté.
…¿Qué cómo puede merecerse algo así una inocente?... no hay inocentes en el mundo, vamos a olvidarnos de eso… todos cometemos crímenes a la altura de nuestras circunstancias… si hubiera justicia, cada quien sería juzgado de acuerdo a la vara de su mediocridad. El monólogo se divide en tres partes. La primera gira alrededor del dramaturgo. Sarah aparece en escena, tirada en un hospital, con una sinfonía de angustia, capaz de enloquecer la mente más fuerte, de fondo. Ulises Vargas, rapado a coco, apantalla desde el principio; transmite con precisión el dolor, el vacío del personaje. Habla con un tono robotizado que eriza hasta la punta de las uñas de los pies. De repente se me quitan las ganas de vivir. Un hospital puede ser, en una noche fría, el peor lugar sobre la tierra. Entiendo a Sarah, a veces admiro el coraje del suicida.
Eran las cuatro de la madrugada, casi las cinco y esperaba que las medicinas trajeran consigo la noche la verdadera noche Estaba recostado así, sobre la cama, así Nada especial, pero me sentí ridículo
La obra sigue su rumbo. Ahora conocemos al actor. Está consternado por su papel. Se pasea de un lado a otro. La iluminación, a cargo de Oscar López, fluye con la escena. Me impresiona Ulises. Su cabeza rapada le da un aire macabro. Se pasea por el escenario. En algún momento la luz lo impacta en un ángulo inesperado y parece un anciano degenerado, escarapelándose enfrente de mí. Estoy completamente hipnotizado.
No estoy jugando. Podría salir a matar al suertudo que se cruzara en mi camino. No estoy loco: soy humanitario…. Mataré al de las noticias… pero necesito tiempo… para pensar… para crear un plan… un plan…
La tercera parte, la mejor lograda en mi opinión, es la del personaje. Un delirio absoluto. Ulises ha perdido control de sí mismo; parece una invocación satánica, me asusta. Se trata del arquetipo del hombre moderno. Es un tipo perdido entre las calles y la televisión. Su indiferencia es tan fuerte, tan inmensa, que llena la habitación. Está loco, demasiadas horas frente a la gran pantalla lo han trastornado. Tiene un plan, algo trama, se irá en contra del hombre del noticiero. No sabe de lo que es capaz. ¿Pero qué era lo que necesitaba? ¿Por qué entré en el súper y caminé bajo la lluvia y fui humillado y torturado en la calle?
Al final todo se confunde. Se llega al punto climático. En algún momento nos perdemos, pero inclusive eso resulta bueno, es parte de empatizar con el personaje, de naufragar en su miseria. La dirección de Sandra Lara “La Rana” es magistral. Una lástima que se haya ido al D.F. sin recibir los aplausos que se merece. El uso del recurso multimedia resultó muy atinado. Toda la coreografía que le implantó al protagonista, y los tonos de voz del actor deben de ser acreditados a ella. Le aplaudo a distancia.
He visto a los ojos de los demás Y sólo encontré bestias. Sé que no es lindo, pero no tengo nada más que decir.
Hay un pequeño detalle que me incomoda. Ni siquiera sé si sea propio comentarlo. Esta obra está destinada a perderse en el olvido, que no es lo mismo que la intrascendencia. Al final, unas cien personas la habrán visto, más de la mitad la recordaremos con cariño. Fue creada para un escenario pequeño, sería absurda en el Daniel Ayala. Pero me parece muy triste. Alguien debe de publicar ese texto, alguien debe de dar otra oportunidad para que se presente. No puede desaparecer así nomás.
Afortunadamente quedan dos presentaciones más. El próximo sábado 19 y domingo 20 La hora feliz estará de regreso en la Casa de la Cultura. No se la pierdan. Aparten un rinconcito en su ocupada agenda, olvídense del espectáculo cubano por un día; les garantizo que no se arrepentirán. No todo los días se puede ver teatro de tan buena calidad en Yucatán. Hubieran visto la cara de José Ramón Enriquez, sentado atrás de mi, parecía un papá orgulloso, tranquilo quizás, consciente de que el teatro yucateco tiene futuro, está a salvo en las manos de esos tres talentos locales. |