 Mérida, 24 de julio. Finales de julio, y yo este año no había visitado la playa ni una sola vez. No conocía la nueva carretera, ni los nuevos antros; en fin, pleno verano y yo sin restos de arena en mi pelo. Por lo tanto, el pasado fin de semana decidí ser parte de una de las tradiciones yucatecas más antiguas yéndome al puerto a pasar la Temporada. Si a alguien le resulta desconocido el término, seguramente no es meridano. La temporada son las vacaciones. Es la costumbre de irse a vivir por una… temporada a las playas cercanas: Chelem, Chicxulub, Telchac y Progreso, a una casa rentada o propia para escapar del calor veraniego.
Primero pasé por provisiones a una tiendita localizada donde comienza la carretera. Féminas medio desvestidas bloqueaban la entrada mientras bailaban y gritaban promociones de una marca de cerveza. Salí de ahí con dolor de cabeza, una baja de dignidad, pero, por supuesto, con una gorra publicitaria (después de todo, a caballo regalado...). Ya bien equipada, retomé mi camino.
En la autopista, una perfecta línea recta de cuatro carriles, los arreglos y expansiones del asfalto todavía no están terminados y, en esas condiciones, los señalamientos resultan algo confusos. No sé qué tan necesario sea para el Estado realizar este tipo de obras, lo que sí puedo decir es que no me gustaría recorrer de noche estos 32 kilómetros que separan a Mérida de la costa.
En la playa no puedes ver la tele o entrar a Internet; allá te dedicas a otra clase de actividades, casi todas reglamentarias, y por si alguno de mis lectores no conoce las tradiciones yucatecas de la temporada, aquí presento una lista:
1. Tirarse al sol usando las precauciones necesarias para después meterse al mar.
2. Si se tienen, hacer uso de aparatos acuáticos (lancha, velero, wave runner).
3. Ir a “playar” significa salir a caminar por la playa (pueden notar cómo nos gusta inventar verbos y sustantivos) para hacer ejercicio o buscar conchas marinas.
4. Comer charritos, papitas o cualquier otra botana con limón, cuidándose de las manchas que deja en la ropa.
5. Hacer tantos viajes al pueblo como sea necesario: comprar el periódico, comida o refrescos. Los viajes hay que hacerlos también aun si no son necesarios.
6. Pasar por el malecón de Progreso a ver si hay más señoritas desvestidas regalando gorras. Si no, definitivamente lo que veremos serán puestos ambulantes, multitudes, palapas (ocupadas), el vendedor de kibis (antojito yucateco de origen árabe) y una hermosa vista al mar.
7. Ir a los futbolitos de Chicxulub o a la feria de Progreso. Si eres un campeón en futbolitos, puedes ir sin dinero y aun así divertirte mucho; los perdedores pagan.
8. Probar los nuevos sabores de las marquesitas (especie de crepa hecha taquito rellena de queso de bola). Esto podría llevar varios días y varios kilos, ya que la variedad ha crecido mucho. Pueden tener nutella, cajeta, mermelada…
9. Ya que hablamos de comida, en Chicxulub hay toda clase de reposterías, antojitos y alimentos, desde pescado y pollo frito hasta sushi. Estando de vacaciones, la gente come más.
10. Mirar el atardecer. Algunas personas piensan que es una actividad sobrevalorada, pero recuerden que no en todo el mundo se tiene la bendición de poder ver el día agonizar lentamente. Yo acostumbro sentarme en la arena o en la terraza maravillándome con las tonalidades del cielo, distintas cada día.
11. Salir en la noche. Es grande la oferta de restaurantes, antros y bares. La mayoría, abiertos exclusivamente en vacaciones.
12. Leer. Desde revistas de sociedad hasta novelas difíciles. En la play tienes la oportunidad de ponerte al corriente en lecturas atrasadas.
En cualquier caso, debo confesar que no llevé a cabo ni la mitad de estas actividades por razones de salud. Mi piel sigue siendo blanca/transparente, no fui a pescar ni a pasear en lancha, tampoco salí a bailar, es más, casi ni metí mis pies al mar. Eso sí, di muchas vueltas en coche hacia el pueblo; por eso pude ver la suciedad que hay en Chicxulub. El sistema de recoja de basura no se da abasto. Abundan las bolsas negras, muchas veces abiertas y con desperdicios regados en la ciénega y a los lados de la carretera. No sé si el problema sea del gobierno o de los meridanos, pero sospecho que es una combinación de factores, pues la basura puede encontrase también en la calle y a la orilla del mar. Problema grave que, menos mal, ya está siendo abordado en los periódicos.
Paseando por Progreso, mi papá me habla de sus vacaciones cuando era niño y adolescente; de las casas donde llegaban sus amigos, y de todo lo que ha ido modificándose, aunque muchas cosas realmente no cambian. Tal vez ahora los niños extrañen más sus aparatos electrónicos, eso sí, y sea más difícil y peligroso pedir aventón, pero todavía las familias se unen para esta época, así sea que tengan que compartir los baños, achocarse un poco en los cuartos, aguantar que alguien se robe tu toalla o que los madrugadores hagan ruido.
Nunca se es más consciente de la importancia del agua potable como durante la temporada. Por alguna razón, siempre hay problemas con la bomba, con los baños, con la cisterna… Hay que tener cuidado también con la estufa y el refrigerador; las instalacione de gas y luz no suelen ser tan confiables como en Mérida. Si hay tele en la casa, lo más probable es que de todas formas no llegue la señal, así que hay que pelearse con la antena (claro, nunca falta quien cuente con SKY…), así que siempre es mejor llevar un juego de cartas o lotería y perfeccionar el arte del Continental con los vecinos, que suelen ser los mismos todos los años. Relaciones efímeras pero constantes.
Esta vez fui sólo un fin de semana a la playa, suficiente para revivir las temporadas de otros años, las que mis papás y abuelos me han contado, y las que faltan. Vivir tan cercanamente con la familia, incluyendo primos, tíos y abuelos es a veces cansado, pero también es la oportunidad para afianzar lazos y recuerdos. De regreso en Mérida, siento a la ciudad vacía; como si todos estuvieran en la playa, paseando en lancha y jugando futbolitos. La próxima vez tal vez regrese con algo de color en la cara para probar que sí viví la temporada.
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