 Mérida, 30 de septiembre de 2008. Mestiza Power
es, sin lugar a dudas, una de las obras yucatecas más exitosas de los
últimos años, con 200 representaciones desde 2005. Ha sido llevada a
otras ciudades de México, y también a espacios internacionales, como
por ejemplo, Chicago, Massachusets y Washington, en Estados Unidos y
Cádiz, España. Además, está publicada en “Dramaturgos de tierra adentro
III” y se espera una versión en inglés.
Pero, ¿qué tiene Mestiza Power
que llama tanto al público?... En primer lugar, está basada en
entrevistas a mestizas reales, por lo que la obra nos habla desde
adentro. Estas mujeres existen, están en los mercados, en las calles,
en los pueblos. A los yucatecos nos habla de nosotros mismos, de
mujeres a las que, pese a su constante presencia e infinidad de
representaciones a través de la pintura costumbrista, especialmente,
nadie había escuchado antes.
Además, Mestiza Power es
genuinamente divertida. Los problemas de las mujeres mayas son serios y
a veces dolorosos, pero el mejor humor nace del dolor. Así, pasamos de
la reflexión a la carcajada sin ninguna dificultad, de la misma manera
en la que las mestizas nos hablan de sus amores y alegrías y de los
golpes metafóricos y reales que les ha dado la vida.
En la primera parte de la obra Conchi León (actriz, dramaturga y directora), Madeleine Lizama y Salomé Sansores interactúan entre ellas y le cuentan al público sus relaciones con la familia, la escuela y los esposos. La escenografía consta de jícaras colgadas del techo y una larga hamaca atravesando el escenario, ambientación cien por ciento yucateca.
Después presenciamos tres monólogos. El primero a cargo de Salomé, quien se centra en los conflictos de las mujeres mayas que se ven en la necesidad de trabajar para familias meridanas. El púbico ríe sin parar mientras la mestiza, tirada en su hamaca, nos habla de las maldades de la señora de la casa. ¿Hay detrás de la risa reconocimiento, comprensión? Yo creo que sí.
Sólo Mestiza Power puede relacionar al grupo Queen con las venteras del Mercado Grande. Es un riesgo, definitivamente, pero el ritmo de “I want to brake free” acompaña a Conchi León, con lentes Ray Ban, hipil y rebozo. La razón de los lentes, explica, es que tiene lastimado el ojo, producto de un golpe. A ella siempre le han pegado, primero su difunto esposo y luego su hijo alcohólico: “no, mi marido no tomaba… él de por sí era cabrón” dice muy quitada de la pena esta señora. Contestando las preguntas de un interlocutor imaginario (¿o lee la mente de la audiencia?) nos cuenta su vida, sus problemas con la hermana, con los hijos. Las risas continúan. La comprensión, espero, también.
Por último, es turno de una curandera. Heredera de la sabiduría maya, puede manipular los vientos y sanar las heridas. La gente le teme, pero ella usa su poder sólo para el bien. Sus conocimientos son profundos, igual que la ignorancia de otros, que la niegan y le huyen. Aquí las risas son menos frecuentes. El ambiente en el escenario se vuelve misterioso.
La obra termina en un tono más serio, reflexivo. Las tres actrices en el proscenio, cuentan una leyenda. ¿Queda lugar en el mundo todavía para las antiguas creencias mayas?, ¿y para el teatro regional?
Si estas preguntas deben ser contestadas por la respuesta del público presente en el Centro Cultural Olimpo el sábado pasado, entonces tenemos un rotundo sí. En el auditorio Silvio Zavala no cabía una persona más. Jóvenes, no tan jóvenes y hasta niños llenamos las butacas. Nos reímos pero también reflexionamos.
Al final de la función, Conchi León agradeció la presencia de otros actores de teatro regional, y externó su sorpresa de que la obra, tres años después, siga llamando a tanto público. Dijo que el teatro regional sigue vivo, que tiene que cambiar, evolucionar, pero no desaparecer.
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