Percy Bysshe Shelly (1792-1822) argumentó en un célebre ensayo (Defensa de la poesía, 1821) que un poema es la imagen misma de la vida expresada en su eterna verdad. El poeta, por consiguiente, es el hierofante, el iniciado en lo recóndito, el legislador no reconocido del mundo que, al participar de lo infinito, captura de alguna manera misteriosa pero innegable, la esencia de las leyes eternas e inmutables que gobiernan a la naturaleza y al hombre. El poeta, bien sea por algún alquímico procedimiento que ni siquiera él mismo puede precisar, bien sea por una revelación divina o un arrebato de inspirado frenesí, transfigura la palabra, la objetiva de tal modo que ésta trasciende no sólo las funciones meramente comunicativas del lenguaje coloquial sino al poeta mismo. La palabra deviene poema y el poema eco perpetuo de la música celestial que subyace debajo de lo obvio, pentagrama del orden invisible y divino que pauta la realidad y todas sus variantes.
No sé si en los tiempos que corren, en nuestra era tecnológica y presidida por fanatismos medievales, alguien tenga la esperanza de que haya un orden poético y celestial que dé sentido a los acontecimientos criminales que discurren ante nosotros y que, como en uno de los textos de Manuel Iris, nos hacen cerrar las niñas de los ojos para imaginarnos en situaciones mejores, quizá en uno de esos añorados balcones de la infancia, en un día soleado de playa o ante el paisaje de un florido vegetal. Tampoco alcanzo a dilucidar si esa imagen de la vida expresada en su eterna verdad que, a decir de Shelly, es el poema, es susceptible de jerarquizarse por sus accidentes, esto es, de diferenciarse no en virtud de sus cualidades textuales intrínsecas sino del destinatario al que se tiene en mira. ¿Existe, realmente, la poesía para niños? ¿De este planteamiento no se infiere la estrecha concepción, muy en boga en ciertas corrientes de la academia norteamericana, de una literatura por géneros, por razas, por adscripciones políticas, por regiones, por espacios urbanos o rurales, etcétera…? Ésta es una inquietud que me surgió con la lectura de Versos robados. Imagino que el poeta Manuel Iris tendrá mucho que decir al respecto.
Pero, al margen de estas cuestiones, quisiera destacar el mayor mérito que, en mi opinión, tiene Versos robados y otros juegos. Un poder evocador que, salvando las naturales distancias vitales que separan al niño del adulto, debe obrar de manera muy similar en ambos lectores. Y dicho poder implica la facilidad para generar sugerentes imágenes que nos transportan a escenarios donde hemos estado o donde nos gustaría estar. Leyendo las piezas que conforman este volumen recordé no sólo los juegos infantiles que me procuraron tantas satisfacciones y padecimientos. Los encantados, las escondidas, el juego de las sillas y otros tantos certámenes y rondas que me hacían saltar de contento o derramar lágrimas de rabia e impotencia según la suerte que me acompañara ese día y según la benevolencia o perversidad de otros niños y niñas mayores que intervenían en los juegos. Pero además, los textos de Manuel Iris me remitieron a mi primera experiencia de lectura, cuando era un nada heroico nene regordete y me adentraba en El viejo y el mar de Ernest Hemingway como si yo mismo no hiciera otra cosa que salir a la pesca de indomables peses vela. No digo que haya un vínculo temático o de otra especie entre la obra de Iris y la de Hemingway, pero ambas, en distintas edades de mi existencia, me permitieron asomarme por un instante a esa cadena de causas y consecuencias que es la vida de los otros y que seguirá siendo la vida cuando uno ya no esté. Me brindaron el placer de abstraerme de mí mismo, de escuchar las voces de otros niños y adultos, de sentir fluir un tiempo donde han ocurrido y ocurrirán otras historias de las que he estado y estaré ausente, historias que escapan por completo a mi control o voluntad y en las que, paradójicamente, como en un espejo, me veo reflejado. Quizá Vargas Llosa diría que este efecto no es sino el poder de persuasión del escritor para hacer gozar al lector de una de esas realidades ficticias que abren las puertas para salir a la verdadera. Tal vez Shelly sostendría que se trata de una aproximación a la experiencia poética. Ninguno de esos pareceres, en todo caso, sería pequeño elogio.
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