 Mérida,
3 de marzo de 2008. “El silencio y la eternidad van siempre juntos:
nada que decir, nada que esperar, puesto que todo está ahí”, ha dicho
el reconocido filósofo francés André Comte-Sponville. La cita resulta
pertinente en el contexto de la exposición del artista cubano Douglas
Argüelles Cruz (La Habana, 1977), inaugurada el viernes pasado en la
galería La Luz, en la ciudad de Mérida.Fisonomía del silencio
explora el misticismo de los centros arqueológicos mayas y
olmecas–Tikal, Chichén Itzá, La Venta– con un acercamiento novedoso e
inteligente, muy distinto al que se ha visto reflejado en las obras de
los artistas regionales. Depurado
en las formas y cuidadoso en los procedimientos, Douglas Argüelles Cruz
desarrolla una interesante reflexión sobre la perdurabilidad de las
construcciones y monumentos prehispánicos. Sus series, presentadas en
formatos grandes, transmiten la energía secreta de los contextos. No
hace hincapié en la anécdota, que manejada torpemente deriva hacia lo
folklórico, sino en los momentos interiores. Fisonomía del silencio invita al retiro, a la introspección que nos permite vislumbrar la trascendencia.
Con reminiscencias a la obra litográfica de Frederick Catherwood, la iconografía prehispánica del cubano es manejada con una poderosa síntesis de abstracción y minimalismo. El Chacmool, la cabeza monumental olmeca y las piedras con jeroglíficos de los centros ceremoniales se sitúan en un espacio completamente anónimo que insinúa lo eterno. En la serie Una lección de soledad –para la cual empleó crayón sobre cartulina y esmalte dorado sobre lienzo–, las dos cruces metálicas de Fragmentos temporales y la impecable Pradera (acrílico plateado/lienzo-170 x 300 cm.), las figuras mayas se diluyen. Argûelles, en cierto modo, realiza una metafísica de los motivos recurrentes en la plástica yucateca. Su lectura de los caminos ya recorridos –ya vueltos un cliché– sorprende por la solidez conceptual y la limpieza técnica. Además, donde había cansancio y aburrimiento, introdujo espiritualidad.
Salta a la vista la destreza de Douglas Argûelles para despojar de componentes históricos y cargas culturales las formas pétreas que están por encima del tiempo, ajenas a las mudanzas del mundo. En breve plática, el artista manifestó su interés por el aspecto místico de todos los sitios arqueológicos seleccionados e indicó que la serie abarca otros lugares, aunque por razones circunstanciales eligió los más adecuados.
A la entrada de la galería se montó estratégicamente lo que parece constituir la metáfora de la exposición: una forma cúbica suspendida a unos 50 centímetros del suelo, que se impone al espectador, cuestionándolo, y le insinúa enmudecer. La pieza, titulada Silencio, hace recordar a otro gran amante del mutismo y el vacío, Samuel Beckett.
Por otro lado, la estética del silencio es paradójica, pues recurre inevitablemente a palabras, signos e imágenes. Sólo es posible guardar silencio después de haber hablado, recordado o haber subido al techo de la conciencia para tirar –como recomendaba Wittgenstein- la escalera del conocimiento. Ésa es probablemente la razón por la cual Silencio emite cada lapso de tiempo algunos sonidos. Antes de acabar, se oye un murmullo.
Douglas Argûelles Cruz crea tensión entre la posibilidad de hablar y el deseo infinito de no hacerlo. Sus ambiciones místicas y el anhelo de alcanzar el nirvana se traducen en los versos que abren la exposición a modo de epígrafe: “Está echada en la hierba / el silencio será quizás el más soberbio de los argumentos para que la puerta se abra / pero ésta es la hora secreta y solemne / el mundo se ha consumado.”
Y mientras el mundo logra su plenitud, el mutismo tiene la última palabra.
Galería La Luz se encuentra en la Calle 60 entre 45 y 47 en el Centro Histórico de Mérida (frente a la iglesia de Santa Ana). Esta exposición permanecerá abierta hasta el 29 de marzo.
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