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El MACAY visto detenidamente
Sus valores estéticos y de museografía son arcaicos
Christian Núñez (Fotos: unasletras)
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Mérida, 25 de abril de 2008. El Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (MACAY) es el centro de atención en estos días por una polémica de desvío de fondos protagonizada por Carlos García Ponce, propietario de la fundación MACAY. Este incidente salió a la luz a raíz de la exposición Hermandades Escultóricas, actividad que involucró artistas alemanes y yucatecos, principalmente, y cuyas obras se exhiben desde hace unas semanas en el Pasaje Revolución y los dos andenes del Paseo Montejo. La atención está centrada en la obra instalada en la vía pública, y por eso ahora es pertinente hacer un análisis acerca del museo.

La visita al MACAY inició la tarde del miércoles pasado, pero se vio frustrada (duró aproximadamente media hora) por el horario en el que cierran. Sin embargo, fue posible percibir que adentro, aparte de los propios empleados, no había más gente. Uno de ellos custodiaba la puerta de la sala de Luz de Lourdes Pino. El título de su exposición es de una contundente cursilería: Diálogo con mi corazón, y las obras son una muestra del paisajismo típico de los pintores que siguen defendiendo valores estéticos arcaicos. Este conjunto de acuarelas no va más allá del sentido común y la decoración de interiores. Hay técnica, hay color, todo lo demás está ausente.

Esta clase de anomalías en Mérida es típica. La vida cultural sigue anclada a las calesas y las postales de catedral. El tono provinciano rige la mente de numerosos artistas. La incursión de mujeres vestidas con el traje típico es un cliché consagrado, casi una religión de la plástica. Una yucateca vestida como mestiza podría considerarse la marca registrada del arte contemporáneo en Mérida. La Venus de las palanganas.

Casi como un axioma unificador, lo folklórico en Mérida deriva en subproductos estéticos. Se nota una furia histérica por alcanzar notoriedad siguiendo escuelas pictóricas que han perdido vigencia, y a esa concepción retrógrada (porque no hay necesidad de imitar los modelos consagrados para hacer algo bueno), los artistas le suman el amor a las tradiciones. El resultado es un pastiche tristísimo, una mezcla de Van Gogh y Fernando Castro Pacheco, del teatro regional con Miguel Ángel. Y en sí la fórmula suena atractiva, pero la concepción de la pintura es tan limitada que todo rasgo de originalidad y humor negro desaparece. La seriedad en el arte yucateco deriva de una idolatría a los estilos de otras épocas: renacentista, clásico, rococó, impresionista, expresionista. Y por eso el plagio, la copia sin miramientos al arte de otros momentos históricos, y la postura de retaguardia.


Las muestras pictóricas de otros espacios (Olimpo, Museo de la Ciudad, las galería del Pasaje Picheta, los espacios del Instituto de Cultura de Yucatán y la Universidad Autónoma de Yucatán) exhiben obras con las mismas características. Muchos nombres, una sola fórmula: folklore. Otra gran virtud del yucateco es la falta de modestia, incluso si va en dirección contraria a lo contemporáneo. El orgullo, la pedantería y la mediocridad inauguran los eventos de todas las galerías. En ocasiones, y no da vergüenza repetirlo, la mejor parte de una exposición llega con el brindis y los bocadillos. Muchos estudiantes de arte lo saben, y asisten a las galerías únicamente para beber, comer y pasar un buen rato.

Por un lado, la vieja guardia pictórica presume sus logros. En la esquina contraria, bocadillos hasta morir.

Volviendo al tema central de esta nota, la premisa de si hay arte contemporáneo en el MACAY se pone en duda si se observa el trabajo de María Luisa Erales en la muestra Lenguaje de formas. Aquí sólo hay piezas decorativas, inspiradas en la naturaleza y comparadas exageradamente con Gabriel Ramírez y Fernando García Ponce, dos pesos pesados del Museo que merecen atención en renglones posteriores. Los colores de las obras de Erales llaman la atención: amarillos, verdes y azules fosforescentes; quedan muy bien en los muros de una casa de fraccionamiento.

Estamos en la planta alta del MACAY. Una sala da paso a la otra; entonces, llegamos hasta Fernando Castro Pacheco. Las obras de este pintor son la apoteosis del muralismo en Yucatán; técnicamente bien logradas, sus pinturas (todas en formatos grandes) plasman la lucha de clases en el estado, el heroísmo mítico de la raza maya, la conquista española y temas históricos de esta índole. Son, a la vez, el orgullo y el talón de Aquiles del arte en Mérida. En una ocasión, Débora Carnevali, una estudiante de Artes Visuales de la ESAY, hizo un performance que viene al caso: colocó en el piso de la galería del Pasaje Picheta cientos de fotocopias con la obra de Castro Pacheco, y la gente pasaba al interior sin darse cuenta que estaba pisando sus respetables pinturas. Carnevali insinuaba que lo de hoy es otra cosa, que hay que poner en su lugar lo nuevo y lo antiguo, que debe superarse lo canónico y apostar por las tendencias actuales; de lo contrario, no avanzaremos. En la sala permanente de Castro Pacheco (Tres etapas históricas del pueblo yucateco) se lee una afirmación suya: “Como pintor no me desespero por parecer innovador.” De ahí se deducen muchas cosas.

Para mucha gente, entrar al MACAY implica dar por sentado que aquí el arte fluye como algo a priori. En gran medida, esta actitud de pereza cultural se debe a la falta de educación artística en las escuelas, por un lado. Por el otro, a la falta de crítica valorativa de lo que se produce. Los artistas farsantes proliferan, ganan espacios, obtienen premios y becas y la crítica los aplaude porque resulta conveniente hacerlo, porque así debe hacerse para poner el nombre de Mérida en alto. El circuito del arte no facilita la crítica honesta. Lo que se impone a la falta de calidad no es el sentido crítico, sino el compadrazgo. Así, los artistas producen obras para yucatecos que se aburren y que, si de casualidad visitan un museo, lo hacen con la certeza de que todo está en su lugar, incluida la basura.

El MACAY tiene también una sala dedicada a la historia del arte. Resulta instructiva. Habrá que estudiarla con detenimiento para concluir que el arte cambia y que en Mérida también debería generarse una nueva concepción de los museos.

Juan Carlos del Valle, en las salas 4 y 5, desarrolla una serie de retratos a lápiz demasiado didáctica y predecible. Recurre al sombreado y multiplica de manera innecesaria los rostros de los hombres. Se salvan algunos desnudos en carbón sobre papel. Luego hay calaveras y un homenaje al romanticismo que involucra a Mr. Hyde con cita de Robert Louis Stevenson, a Mephisto con Goethe, etcétera.

Un juego de palabras de Aníbal Delgado, Cero o no ser, introduce al visitante a una colección de obras que rinden tributo al action painting y lucen un tanto deslucidas y trasnochadas. Gabriel Ramírez viene a continuación. Dentro de las tendencias abstractas, su obra es de las más rescatables: posee una fuerte personalidad, se mueve con firmeza y no hace imitación burda de nadie. Sólo es.

La museografía del MACAY queda en entredicho con la exposición Taurografía, de Raúl Herrera, en las salas 9, 10 y 11. Las mantas de los monotipos colocadas en la pared, sujetadas sin rigor, dan una pésima impresión. Y el recorrido de por sí ya es poco estimulante. Lo que viene causará desconcierto, aún más, si cabe. Benjamín Ramírez, en Las puertas de Mérida, con una técnica mixta, pintó rejas en colores pastel. Con resultados muy pobres.

Al fin, cuando casi se agota el recorrido de sala en sala, aparece la obra de Fernando García Ponce.  Salas 12, 13 y 14. Con él se llega como a la isla de un pintor talentoso y temperamental. Su pintura está muerta y refulge, causa inquietud, es poderosa. No se puede afirmar lo mismo del resto. Lo que el MACAY exhibe, sin duda, está desfasado del arte contemporáneo. Su estancamiento no se salva ni por las obras de Fernando García Ponce, que son extraordinarias. Bajamos al primer piso; antes de salir, vemos al Expoforo. ¿Calidad? Esa palabra no existe aquí.

El dilema que atraviesa actualmente el MACAY implica una seria reflexión sobre el futuro de las artes en Yucatán dentro de los espacios culturales de renombre, y si ese renombre tiene razón de ser. Por desgracia, tal como se está denunciado, el circuito artístico aquí ha involucrado, básicamente, intereses monetarios, en primer lugar. La experiencia estética está, si acaso, en segundo término. Y no deja de ser curioso que Mérida, una ciudad que se ufana de ser la primera capital americana de la cultura, se enfrente con esta clase de dilemas. Urge una reestructuración de los criterios culturales en varios ámbitos: el académico, el de la crítica, el museístico, el de las instituciones y los centros de difusión artística. Sin esos cambios de visión, a pesar de la pintura en la superficie, la piedra seguirá dentro del zapato.