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El Sábado de Gloria se quema al “Judas”
Elsa Linares, maestra en el arte de la cartonería
Eugenia Montalván Colón (Fotos: Mariana Estrella)
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Mérida, 7 de abril de 2007. Elsa Linares (México, D.F, 1978) maestra de la cartonería en México, estuvo en Mérida la semana previa a la Semana Santa con el fin de impartir un Taller de Judas en la Universidad Modelo. Así lo anunciaron, y se trató de aprender el arte de hacer figuras de papel y carrizo con el fin de hacerlas volar con cohetes el Sábado de Gloria. Estas figuras, que la mayoría de las veces  reproducen a políticos que la gente desea “quemar” para, de esta forma, manifestarles simbólicamente, su repudio es una práctica cultural que hace alusión al apóstol Judas Iscariote, quien traicionó a Jesús por unas monedas.

Elsa revive esta tradición —heredada de su abuelo Pedro Linares, el creador de los alebrijes—, con sus padres cada año en la Calle de Oriente 30 en el barrio de la Merced, a dos cuadras del Mercado de Sonora, en la Ciudad de México.

“Los que llegaron al taller de Judas, llegaron por curiosidad, —dice Elsa en entrevista—, pero finalmente entendieron el mensaje: El Judas es una forma de expresión desde el pueblo”.

Para Elsa Linares eso es  lo esencial: ser parte de una sociedad altamente emotiva y ritual, de ahí que (habiendo estudiado teatro) represente a Jesucristo en el Vía crucis que escenifican en su colonia, hecho realmente sorprendente por las emociones que hace vivir a los creyentes de su barrio; un tema más para hablar con esta entusiasta mujer que tiene un mundo de historias impresionantes en los ojos y la punta de la lengua…

—¿En qué consiste tu trabajo como cartonera?

—¿Por ahí empezamos?, —pregunta. Realmente llevábamos ya un rato hablando, aunque parecían horas: de la meditación zen al anarcofeminismo; de ahí, a los cenotes de Yucatán, los pelirrojos y la desmemoria…

Responde: Hacemos desde una máscara a un “juditas” de 40 centímetros de altura, pasando por calaveras para Día de Muertos, y alebrijes de diferentes tamaños, desde 15 centímetros hasta 6 metros, lo que nos pidan.

—Se entiende que cuando dices hacemos, te refieres a tu familia, ¿cómo se organizan para el trabajo?

—Bueno, a veces la gente pide que mi mamá (Paula García) le haga una figura; entonces, ella la hace a partir de su idea, pero yo la pinto; en otros casos, mi papá (Miguel Linares) la hace y yo la pinto, o yo las hago y yo misma las pinto. Solamente cuando hay mucho quehacer nos dividimos el trabajo, cuando no, cada quien hace su propia firma; diseña y termina la pieza: desde el diseño al barniz.

—Distinguen la autoría, entonces… pensé que hacían piezas colectivas.

—Es parte del trabajo, y es lo correcto. Somos un equipo, pero la persona que tiene la idea y hace el diseño es quien firma la pieza.

—¿Aprendiste viendo o te enseñaron la técnica?

—Todo ha sido más de ver y ayudar. Es como si fuera la discípula, la aprendiz… Creo que a los 14 años fue cuando ya me salió una pieza no tan terrible, antes de eso, pura práctica.

—Ahora eres toda una maestra, ¿qué representa eso para ti?

—La primera vez que vine a Mérida di un curso de alebrijes porque es lo que más se conoce del trabajo de mi familia, pero pienso que una parte muy importante de nosotros como cartoneros es la quema de los Judas. Me refiero a la creación y la quema como tal, porque ahí en la casa, en el taller, pase lo que pase se quema el Judas el Sábado de Gloria.

—¿Ha habido motivos como para suspender esta tradición?

—Sí. A mi papá hace cuatro años le dio un derrame cerebral como dos semanas antes de la quema de los Judas, pero todos nos pusimos las pilas y, aun con él en plena recuperación, los hicimos. Aparte de eso, el año pasado murió la tía de mi papá, pero nosotros ahí; por eso te digo: pase lo que pase quemamos el Judas. Es como un compromiso con mi abuelito, pues fue él quien nos enseñó, y no se trata de que él nos haya dicho que si no los hacíamos se enojaba, más bien su carácter entusiasta nos contagió.
 
El día de la entrevista, la familia de Elsa Linares aún no definía a “quienes” quemarían este año. Contó que a Salinas de Gortari en varias ocasiones lo llenaron de cohetes, así como al “Peje” a petición de muchos comerciantes ambulantes.

Por consenso, la familia Linares hace su propia protesta, y para este Sábado de Gloria, los candidatos eran: “Los tres chiflados: Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales”.
 
—Define más detalladamente la celebración como tal, los preparativos, la fiesta…

—A partir del lunes abrimos la puerta del taller de par en par; la gente que va al mercado y demás, ya sabe que está abierto, y pasa a platicar con nosotros y sugerirnos a quién quemar. Así que al Peje, por ejemplo, lo hemos tenido que quemar de diferentes formas para que no sea tan aburrido… Todos los presidentes se han quemado, tanto ellos solos, como en la quema de los Judas. Lo que no hemos quemado —reflexiona Elsa— es un padrecito, pero todavía es un poco riesgoso, no tanto porque nos vayan a multar o algo parecido, sino porque mi mamá es católica, y como ella me respeta, yo la respeto, y no haría algo que le cause un conflicto.

—¿Al abrir las puertas de su taller, piden cooperación para hacer los Judas?
 
—Para nada. Nadie paga; nosotros solventamos todos los gastos. A veces, por ejemplo, intercambiamos Judas por cohetes, pero nada más.

—Entonces trabajan toda la semana, y en la Sábado de Gloria, en la noche…

—La quema empieza como a las 7 30, y casi siempre tres segundos antes de empezar, terminamos de pintarle la corbata al último Judas; es mucho trabajo. Los coheteros, por su parte, arman los fuegos pirotécnicos; ellos tienen toda la vida trabajando en eso y son expertos, por eso son los responsables de los cohetes.

Al terminar la quema nada más se hace una pequeña convivencia con los invitados en el taller, pero la mayoría sólo va a ver a los Judas y se va a su casa.

—¿En qué otras partes de la Ciudad de México se celebra esta tradición?

—En Tepito se empezó la tradición hace 5 años o un poquito más; el problema es que sólo queman uno, mientras que nosotros quemamos quince, o algo así. Lo bueno para nosotros es que cada año llega más gente a ver la quema, y por fortuna tenemos la calle más ancha de la colonia.

—¿Tu familia concentra el arte de la cartonería en México?

—No, hay muchos cartoneros en el D.F. El problema es que, por ejemplo, este oficio no tiene la misma fuerza que cualquier otra expresión plástica porque gran parte de las personas que se dedican a la cartonería llegan porque son hippies o algo así. No lo hacen de corazón. A la mayoría no le importa cómo le salgan las piezas, sino hacer proyectos de 200 mil pesos para arriba, pues hay muchos que son artistas plásticos de escuela, y con esa carta de presentación llegan a los institutos de cultura o a las casas de cultura y demás a pedir financiamientos chingones cuando, a la mera hora, sea una babosada lo que hacen. Probablemente sí lleguen a tener algún grado de calidad, pero es tanta su necesidad de tener lana que al ver las ideas que tienen y lo que hacen, te das cuenta que sus proyectos  están un tanto vacíos. Entonces, al hablar con ellos, te topas con una pared; están en otro canal, totalmente.

—¿Y en qué canal estás tú?

—Por ejemplo, si alguien me propone armar un taller para un grupo de chavos o para un grupo de gente que quiere continuar la tradición de los Judas o los alebrijes, pues yo encantada; soy igual de desprendida que mi abuelito. Yo no quiero que se pierda la tradición de los alebrijes, ni la de los Judas, las calaveras, o la cartonería en general. A veces, incluso, hacemos proyectos que monetariamente no son nada atractivos, pero en la cuestión de difusión, sí. El ejemplo más claro es el de los Judas.

—Si, hipotéticamente, mañana fueras a establecer tu taller de cartonería en Mérida, ¿qué necesitarías para empezar a trabajar?

—Engrudo, periódico y un lugar, aunque podría ser un parque… Ah, —¡exclama! — también necesitaría una computadora con conexión a Internet.

—¿Eso qué tiene que ver con los alebrijes y los Judas?

—Así los vendo, —responde, y ríe muy complacida, quizá porque sus clientes son principalmente museos y coleccionistas extranjeros que la buscan por correo electrónico, —es más fácil que me hagan un pedido por mail a que me llamen por teléfono—, dice. Su página, por cierto, diseñada por ella misma es www.alebrijes.com.mx

—¿Cuál es el sentido real de los alebrijes?

—Todo esto empezó con una úlcera gástrica que tuvo mi abuelo, Pedro Linares. Se le reventó la úlcera, y estuvo tan grave que quedó inconsciente… No sabemos —hasta ahora— por qué no murió en ese momento. Sus hermanas no llamaron a los médicos porque no tenían dinero para costear la consulta; entonces, estaba en su cama, y ellas pensaron que ya se había muerto. Le pusieron cuatro cirios en las orillas de la cama, y empezaron a rezar. Mientras, —tal como mi abuelito nos contó después—, él estaba caminando en un bosque, cuando de pronto todo lo que había se convirtió en figuras extrañas. Lo que se le quedó muy grabado fue un burro con alas. Fue lo que más le impactó. Nos dijo que vio animales volar, caminar y arrastrarse, pero no le hacían nada, y él seguía caminando,  hasta que de pronto escuchó a un grupo de gente que gritaba: alebrijes, alebrijes…  y también nos contó que cuando iba caminando se topó con un señor que le dijo: “Tú no tienes que estar aquí. Sigue este camino y vas a encontrar la salida, ¡vete!”. Él hizo eso, y al momento de salirse por una ventanita que encontró, despertó en medio de su velorio.

Cuando sus hermanas le empezaron a preguntar qué pasó, —continúa contando Elsa— él empezó a describir lo que vio. Ellas pensaron que ya había enloquecido, y le daban el avión, pero como mi abuelo ya era cartonero, hizo las figuras que vio,  y entre las primeras que reprodujo estaba, claro, el burro con alas, la cual por cierto, está en mi posesión. Ahí lo tengo.

—¿Qué recuerdas de tu abuelo?

—Bueno, mi abuelo jugaba futbol conmigo…

—Ya me imagino… ¿y de su trabajo?

—Usaba anilinas y cosas muy rústicas; empezó a hacer alebrijes con ese sentido: que sus hermanas entendieran lo que había visto. Creo que es lo que más le importaba al principio, y como cualquier otro artista, se expresó de esa manera, y como tenía a los alebrijes en su taller, ahí empezó a hacerse de clientes, y la gente se los empezó a pedir y obviamente se los compraban.

Mi abuelo reflexionaba y nos decía que, en realidad, él los había visto feos, pero no podía dejarlos de ver. Decía que, de alguna manera, esos seres lo ayudaron a regresar porque todavía tenía muchas cosas que hacer… Lo ayudaron a regresar y siempre de una manera positiva.

Los alebrijes, —explica Elsa— trajeron un cambio muy grande a nuestra familia; no solamente por la vivencia y porque podemos contar toda historia, sino económicamente, y porque a raíz de haberlos creado se apreció más su trabajo en la cartonería, en el arte popular. 

Recuerdo que en el 90 le dieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes por la invención de los alebrijes, y justamente en 1991, un año antes de morir,  le hicieron un pequeño homenaje en el Festival Nacional Cervantino.

De todo esto, él reflexionaba que los alebrijes le habían traído a su familia una vibra impresionante. Como que a él lo hicieron una persona aun más feliz. Ese es el sentido que siempre les hemos dado. Para hacer un alebrije tienes que tener una muy buena vibra; que no te haya agarrado una marcha… Empiezas a hacer un alebrije enojada y te salen cosas muy agresivas; en cambio cuando estás relajada… ese es el sentido que siempre le dio muy abuelito. Una cosa muy positiva, como bonachones y que a pesar de su aspecto físico siempre tenían algo hermoso. Es su sentido hasta la fecha.

—Sabemos, sin embargo, que los alebrijes tienen mucho reconocimiento, independientemente del taller de la familia Linares. ¿Qué significa eso para ti?

—Ha sido un poco difícil porque desde que empezó Internet (cuando era una pantalla negra con letras verdes) he mandado mails, incluso a la Secretaría de Turismo de Oaxaca,  y a las tiendas virtuales, cuyos propietarios son gringos, explicándoles el verdadero origen de los alebrijes, y a partir de que Internet fue gráfico hice una página. Te estoy hablando del año 96 ó 97, y bueno, desde entonces muchas tiendas de Oaxaca venden alebrijes tergiversando su historia. La cuestión es que los alebrijes de Oaxaca los hicieron 40 años después que mi abuelo… Más o menos en los 80, mientras que la experiencia de mi ambuelo data de 1936, pero como en Oaxaca todo es cultura creen más en lo de Oaxaca que en lo del D.F. porque D.F., lo sabemos, es sinónimo de bandalismo.

Por lo pronto, el término que la Real Academia de la Lengua da a la palabra alebrije es: “m. Méx. Figura de barro pintada de colores vivos, que representa un animal imaginario”,  como para que Elsa Linares les mande un correo electronico y les explique, una vez más, la verdadera historia, ¿no Elsa?