 Mérida,9 de abril de 2008. Hoy se ha esfumado el clima lluvioso; bajo el solintenso de las cuatro y media de la tarde, el Paseo Montejo de lacapital yucateca es un lugar poco propicio para caminar. Sin embargo,en sus andenes se exhibe la mayoría de las piezas de Hermandades escultóricas, y el recorrido se vuelve necesario para seguir con esta saga. Almenos en el lado derecho de la avenida, la mayor parte de lasesculturas son de artistas mexicanos. El calor maligno, los automóvilesy el paisaje de bancos y restaurantes forman un poderoso conjunto urbano. Dos muchachas pasan muy cerca de mí; escucho que una dice: “Maldita basura”, en referencia a una obra que, efectivamente, consiste en dos bloques de basura nivelados por una especie de balanza industrial. Trato de captar el sentido oculto de sufrase, si la dijo en buen plan o como un insulto, y me entrego a laimaginación para solucionar el enigma. Medianteuna simple inspección, lo primero que se percibe al observar lasprimeras obras es la falta de cohesión. No en cuanto a los materiales,sino a la calidad con la que fueron realizadas. También está el detallede los textos que las explican: carecen de fuerza, aun cuando su fin esrigurosamente informativo, y sus planteamientos apenas convencen(algunos incluso están redactados con errores, tanto gramaticales comode lógica). El afán moralizador es palpable con sólo leer un par deellos. No se discute que el arte sirva para reflexionar, y utilizarlocomo estandarte de causas ajenas al quehacer artístico es común. Así sehan hecho excelentes aportaciones a la cultura universal. Pero todaslas obras trascendentes han salvado el aspecto estético de la creaciónartística, incluso si parten de un postulado ecologista. Sin más digresiones, me remito a las pruebas.
Diana Mendieta describe con el título de su obra esta sensación de sofocamiento vespertino, tanto por el calor como por los postulados de Hermandades escultóricas. Me siento en las nubes, un trabajo insertado en el postminimalismo, presenta 3 nubes abstractas con el feeling del arte contemporáneo que se vacía de su propio discurso y tiende a la disolución material. Se trata de un trabajo limpio, digno de un buen comienzo. Las nubes son impersonales pero evocadoras y serían perfectas si mandaran una buena lluvia.
El grupo Ca´am sack, también de México, se basó en la premisa de que “El agua potable no llega a los que la necesitan” y como fruto de esta idea montó en un triciclo sin llantas varios botellones de agua con colorante verde, amarillo y rojo. Desafortunadamente, los botellones de colores no logran motivar una verdadera reflexión acerca de esta problemática; la obra por sí misma no se sostiene.
Marco Palma, con Maíz transgénico representó un elote gigante, de 240 x 60 cm, para cuestionar la producción en gran escala de alimentos. La explicación menciona que los adelantos científicos en el área de la genética “dejan una profunda duda e inconformidad en gran parte de la población, producir más, y en menor tiempo no sólo tiene fines humanitarios sino está marcado por enormes intereses económicos de los grandes monopolios alimenticios.”
En la misma tónica, Yolanda Gutiérrez improvisó un jardín botánico de pequeñas dimensiones al que denominó 12 mazorcas, con plantas de maíz cultivadas en tierra fértil. La piel del anochecer, de Salvador Baeza, recurre al tema de la emisión de gases contaminantes producida por motores de combustión y tubos de escape. Para ello, empleó una estructura metálica idéntica a los columpios de los parques, de la cual cuelgan varias piezas automotrices pintadas con esmalte blanco y negro. La obra, por desgracia, carece de dimensión artística y revela premura y poca planeación.
El recorrido mejora cuando me dirijo a la instalación Paso elevado (2008), de Sergej Dott y Oliver Zavel, que irradia una intención conceptual perturbadora. Los artistas alemanes usaron varias cajas de fibra de vidrio con la leyenda “frágil”, dispuestas alrededor de la escultura de un hombre con los puños cerrados y vestido de smoking. El sujeto, que parece haber salido de un velorio (o podría ser la persona fallecida) está parado frente a un texto (en alemán) escrito en el interior de una caja abierta. Paso elevado, una pequeña maravilla, rompe con los patrones ya predecibles de lo anterior y lo que viene a continuación.
Two whoopes, de Gabriel Santos, es una balanza de grandes proporciones. En sus polos vemos suspendido un par de bloques de basura inorgánica (botellas de plástico de refrescos). Tsunami, de Mónica Espinosa, es un trabajo similar al anterior por el uso de los materiales de desecho. Aunque si bien Santos encapsuló la basura, Espinosa decidió recrear el caos que producen las mareas con varios objetos inservibles: una manguera, ramas caídas, huacales y desperdicios.
Atemporals (2008), de Alfredo Kutz, es una escultura de concreto de 100 x 100 x 300 centímetros con formas grabadas; una obra sin duda menor, accesoria, poco atractiva. Alces I y II (2008), de Meike Staats, representa un par de cabezas de estos cuadrúpedos en color negro. Y Observatorio, de Aurora Noreña, es una cabina en forma de cilindro a la cual el transeúnte tiene acceso. Provista de un espejo manipulable, la pieza permite observar “la contaminación que provocamos diariamente.”
A la altura de la Avenida Pérez Ponce, Cubo huacal (2008) de Gustavo Castillo cierra la serie ubicada a lo largo del andén derecho del Paseo Montejo. Definitivamente, la pieza más vistosa y singular. El autor construyó un cuadrado de seis metros de largo x seis metros de ancho con un buen número de huacales de distintos colores y un bastidor. En una avenida sumamente transitada, el cubo de Castillo invierte la carga moral de Hermandades escultóricas y le da una pequeña vuelta de tuerca al discurso. Lo ecológico se vuelve divertido, lúdico y, ante todo, atrae visualmente.
Por desgracia, el colofón del trayecto no cambia lo que se ha visto con anterioridad, ni lo mejora. Pero todavía queda el último tramo. La historia continúa…
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