 Mérida,
16 de abril de 2008. En domingo, con la llovizna intermitente, el Paseo
Montejo luce desértico y cinematográfico. Los extranjeros que lo
recorren son como extras de cine, cuyo único propósito es fotografiar
las piezas de Hermandades escultóricas
y hacer alguna broma al respecto, con la pose y la sonrisa a punto de
conseguir que el momento sea inolvidable. Lo es, de hecho, en un día
como hoy, si llueve. No existe mejor ocasión para darle fin a esta saga
de arte ecológico.
Socializar en una tarde lluviosa es una posibilidad tan remota como
aventurada. Sin embargo, ocurre. Tres muchachas y un hombre, que pueden
ser hermanos, salieron a pasear mientras llovía. No nos hicimos amigos
por falta de palabras. No obstante, la experiencia de Hermandades escultóricas nos hizo defensores de la misma causa por unos breves momentos.
“El
ser humano tiene una responsabilidad moral con la naturaleza y con las
especies con quienes comparte el mundo”, dice un texto colocado a la
mitad del camino. “El arte ecológico contemporáneo es un nuevo género
de arte público. Su fin es explorar nuevos estilos de vida con base en
el ámbito social, ecológico y educativo.” Sigo mi trayecto.
Entre las esculturas, hay varias denominadas parásitas, que dependen de otras para existir tanto física como conceptualmente. Obras de este tipo son Parásito arquitectónico, de Ana Hallerman; Jardín, de Christine Saalfed; Experimento 01/08, de Judith Egger, y Vestuárbol I, II, III y IV, de Xavier Rodríguez. En cuanto a las cualidades estéticas de las obras, la más sorprendente es la tercera; recrea la propagación de un hongo rosado (fungus nervosa) infectando una banca y un farol.
Jardín es una pieza más delicada, consistente en unos cuadrados de madera pintados de blanco, en cuyo interior se vertió arena y tierra para cultivar zacate. Parásito arquitectónico, hecho con metal y lycra, muestra la invasión de la tela entre las ramas del árbol. Una pregunta surge del texto explicativo: ¿está la naturaleza invadiendo la arquitectura o está la arquitectura invadiendo la naturaleza? La menor de todas, sin duda más una ocurrencia que un trabajo meditado, es Vestuárbol I, II, III y IV. El artista vistió con hipiles fabricados con metal y lona, la base de los troncos de cuatro árboles. Esta obra ocupa ambos lados de la Avenida Paseo Montejo.
Dentro del grupo de esculturas figurativas observamos tres: Madre Tierra, de Octavio Peniche, que presenta a una mujer con rasgos indígenas cuyo abdomen ha sido seccionado en dos partes por una rueda de engranaje, sin un brazo. Robot 7, de Mercy Gómez González, trata el tema del calentamiento global: una persona dentro de un traje metálico sostiene una rama seca. Ernesto Terán, por su parte, construyó un animal de cuatro patas (un burro, quizá) con tubos, tambos y un tanque de gas corroídos por el óxido.
Protección del medio ambiente, Árbol profundo y Melancolía 3 basan sus representación objetual en la figura del arbusto y los árboles. En el primer caso, la escultura está hecha con alambre, y guarda en su interior algunas hojas naturales protegidas con plástico transparente. La segunda instalación se montó con troncos de bambú distribuidos en forma circular, un espejo en el centro, abajo, y arriba una impresión con la figura de la Madre Naturaleza que puede verse reflejada. La obra más emotiva de las tres, y que plasma mejor idea y forma es la del árbol seco, melancólico, en cuyas ramas deshojadas ha brotado una figura que no llega a ser perfectamente cúbica, de color amarillo. Los artistas de estas esculturas son Angelika Summa, Karine Smigla-Bobinski y Tim Bennet, respectivamente.
“No dejar nada más que huellas” de Heike Döscher y Ulf Oepper, es una instalación que recrea el recorrido de Oepper por siete sitios del estado de Yucatán –Dzibilchaltún, Progreso, Tetiz, Aké, Kopomá, Uxmal y Loltún. La pieza se montó con bambús, banderas, concreto, palos de metal y pintura en aerosol.
El grupo Ca’am sack, de México, armó con dos estructuras metálicas cuadradas, una dentro de la otra, la pieza Aire I. Unos marcos de madera que yacen suspendidos con alambre fungen como ventanillas del pequeño cuarto improvisado. La obra se basa en la premisa “Necesitamos otra manera y forma para purificar nuestro aire, la decisión está en nosotros.” La segunda pieza de esta agrupación, Agua 1, y ésta se sostiene con la frase “Para beber agua pura… contaminamos el ambiente”, y consiste en varios botellones de cristal que, en lugar de agua, contienen un líquido rojo.
La esperanza del mundo, de Markus Keibel, construida con vidrios de diferentes tamaños, hace una metáfora de la esperanza. El texto reproducido en la cédula señala que a través de tres sencillas preguntas a los niños, se generó la transformación de algo intangible en un objeto concreto.
Finalmente, dos piezas basadas en la destrucción del espacio se relacionan entre sí: Holbox, de Héctor Bralostozky, y Ambiente en deconstrucción, de Antonio O´Conell. La primera representa la terraza de una casa, con dos mecedoras de metal pintadas de blanco, una mesa de centro volcada con su cubierta de cristal tirada en el suelo, la cual sujeta un periódico que posiblemente alguien leía cuando, no se sabe cómo surgió una roca de gran tamaño del piso en franca agresión contra los mosaicos, y toda la escena en sí. La segunda, de grandes dimensiones, es la recreación estilizada de una vivienda de madera (como algunas que todavía quedan en el Puerto de Progreso) destruida por un huracán.
Hermandades escultóricas fundamenta su discurso en la esperanza de que haya un cambio de actitud en torno al cuidado de la naturaleza. No obstante, actualmente la movilización ecologista enfrenta el hecho de que el calentamiento global es irreversible. Dentro de 10 años, dicen, estaremos presenciando un grave panorama a nivel mundial en cuanto al desplazamiento de millones de seres humanos, y una profunda carencia de agua. Una de cada seis personas en el mundo no tendrá acceso al agua potable.
Sin ánimo de ser catastrofistas, en México el calentamiento global es ya una seria amenaza para el área costera del Golfo de México, con un incremento en la temperatura de la superficie del mar y su nivel, huracanes más intensos, cambios en los ciclos de lluvia y otros efectos devastadores. La relación del arte y la naturaleza es frágil: ambos corren el mismo riesgo de colapsarse.
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