 Mérida,
4 de noviembre de 2008. Ayer publicamos la primera parte de la
entrevista con Robin Canul sobre el proyecto Generación Tupperware. Con
esta entrega concluye y, para empezar, un poco de historia acerca de cómo Robin presentó su obra en la referida exposición realizada a finales de octubre:
"Fusioné mi instalación con el performance
“Sí tengo dinero y mucho que dar, lo único que no tengo es amor para
dar” de Lizette Abraham, aka Zuricata Destroyer. Originalmente, y
siguiendo el concepto del hermetismo, quería meter la foto de una
persona dentro de una gran bolsa usando como técnica el pixel análogo,
es decir, cada una de las bolsa de Ziploc que en su totalidad hacen la
imagen completa de un rostro, en este caso atrapado en su propia
ambición. Lizette Abraham trabajó como mexicana en el extranjero para
poder juntar su morralla y, a manera de 'bolo padrino', tirarle dinero
a la gente con un live act de música por León Enríquez".
—¿Generación Tupperware tiene una justificación teórica?
—No. En
realidad, fue una manera de englobar a las generaciones denominadas
como X, Y, Generación Milenio o 1984, conceptos que finalmente sólo
sirven para segmentar nichos de consumidores en la mercadotecnia,
aunque su origen venga de la sociología.
—¿Qué opinas del boom artístico que el arte yucateco está experimentando? ¿Cuál es tu percepción panorámica?
—(Risas)
Hay de todo en la villa del Señor. La aparición de nuevas galerías en
diferentes puntos de la ciudad, las escuelas de artes y una nueva
cuadrilla de jóvenes se abren paso a como dé lugar ante dinosaurios
obsoletos que se sienten ofendidos (con todo respecto al arte clásico)
por ser espectadores de prácticas contemporáneas como el performance,
la instalación y la intervención. Estamos atravesando cambios
importantes en materia del arte en Mérida, pues a raíz de afamados
escándalos como Hermandades Escultóricas (del MACAY) por lo menos
muchas personas que no estaban directamente familiarizadas con el arte
se enteraron que el arte no simplemente es un lienzo sino también una
práctica conceptual que requiere de varias lecturas. Los artistas de
nuestro tiempo están fungiendo en su gran mayoría como catalizadores
sociales, y creo que es el punto más importante de todo esto.
No creo
tener la capacidad para juzgar la producción, para aprobarla o
declararla desierta y descalificarla del certamen de la vida artística
de mi Mérida.
—¿Consideras que es un buen momento para los jóvenes?
—Es el mejor momento. Ya es notable un fuerte activismo cultural, aprovechando la apertura que estamos percibiendo por parte de las instituciones y del público en general.
—¿Cuáles fueron los retos para montar las obras? ¿El criterio curatorial se ajustó a las piezas, o al revés?
—El reto fue sobre todo para los artistas que montaron sus propias instalaciones. Contamos con un surtido rico de arte. La museografía de las salas en donde se concentró la muestra colectiva corrió a cargo de Gabriel Marni y algunas intervenciones imprevistas de artistas irresponsables que al final de cuentas buscaron hasta el último rincón para no quedarse fuera (risas). No existió un criterio curatorial, pues decidimos que cada artista se valiera por su propia pieza, aunque de antemano se invitó a las personas que han tenido constancia en la producción plástica de nuestra ciudad, y sobre la marcha se fueron anexando otras personas que se sintieron atraídas o identificadas por el planteamiento. Decidimos renunciar a los criterios curatoriales pues precisamente la Generación Tupperwira plantea un simulacro de la realidad de nuestro panorama artístico, el cual no desprestigia a ningún artista, uno sobre el otro, sino simplemente lo hace responsable de lo que produce.
Por esta razón estamos agradecidos con Ariel Guzmán, con Gabriel Marni y Tony Peraza por formar parte de un contexto diverso. En recintos importantes de nuestra ciudad –llámense museos y galerías de renombre– tampoco existe una curaduría y menos propuestas trascendentes conceptualmente hablando. —La Casa de la Cultura de la Universidad Interamericana del Norte es un espacio magnífico: varias salas, pasillos, un patio central y estacionamiento. ¿Cómo se agruparon los trabajos?
—Antes de proceder hicimos una reunión con los amigos de La Periferia, en la que se plantearon varias ideas de acuerdo a los trabajos que cada colectivo quería realizar; designamos dos salas para la muestra colectiva y ciertos espacios para cada grupo. Los Ekos (originalmente de la Facultad de Arquitectura la UADY) realizaron un plano a ojo de buen cubero del espacio a intervenir. —A la hora de armar el flyer, también consideraste la inclusión de algunas figuras dentro de las artes locales con camino recorrido, como los pintores Ariel Guzmán y Gabriel Marni, y el cartonista Tony Peraza. Entre los expositores, encontramos colectivos de distinta procedencia y un número considerable de artistas independientes. ¿Hace falta más integración entre las generaciones y grupos que radican en Mérida?
—Definitivamente sí, aunque cada grupo subsiste en los medios que puede o que más le convienen. En nuestro caso, optamos por abrir espacios para adaptarlos como galerías aunque sea de manera efímera. Más allá de los favoritismos de los que todos somos testigos (de los fósiles que se han enraizado en los mejores espacios expositivos haciendo retrospectivas de más de 150 años de carrera aunque sólo tengan 60), lo que hace llegar, tocar, colarse y abrir puertas en los lugares posibles es la constancia, hacerse de una trayectoria en lo que mejor uno sabe hacer. —¿La Generación Tupperware es una consecuencia natural de Combi Collective?
—Combi Collective es la evolución de muchos proyectos como Andanzas, una exposición fotográfica que se convocó vía internet y se presentó en diferentes partes de la península, misma que dio pie a una exposición itinerante y multidisciplinaria a bordo de una combi del año 95 (legítima). Nuestro planteamiento, a diferencia de otros colectivos, fue renunciar al protagonismo de los créditos como: “Idea Original: Panchito Solís. Producción: Rulo Villanueva. Nota: ésta es una producción por excelencia del colectivo el Club de Toby y tú, artista querido, formas parte de mí.” De esta manera, formamos un anti-colectivo a manera de combi ruta Mérida-Tijuana con 14 escalas en el sur, centro y norte del país. Optando por conservar el carácter de independiente de cada participante, pudiendo entrar y salir del no-colectivo cuando se les pegue su regalada gana.
Volviendo a la pregunta, si bien en esta muestra se sigue la línea irónica, irreverente y en ocasiones subversiva, decidimos crear un nombre que nos identificara a todos por igual, pues no creo que existan abanderados o inquisidores de un movimiento artístico local, más los que siguen trabajando por su propia cuenta. Eso lo decidirán los historiadores y los críticos que hasta ahora han permanecido ausentes en las exposiciones alternativas (eso es importante). De cualquier forma, existe un periodismo cultural que a pesar de no contar con una crítica especializada, hace acto de presencia y difunde esta información a manera de reseña anecdótica. Recalco que las personas que forman parte de esta adjudicada generación conservan el carácter de colectivos, artistas o gestores culturales independientes y no dependen de la imagen de nadie más que de sí mismos.
—Sabemos que eres un promotor incondicional de la música electrónica, ¿qué te llevó a elegir a los músicos invitados la noche de Generación Tupperware?
—Me deslindo de lo incondicional de la electrónica, pues si por mí fuese bajaríamos incluso a Alfredo y sus Teclados. Las bandas musicales que han formado parte de nuestros eventos se eligen por un –llamémosle rimbombantemente– análisis exhaustivo de la producción nacional de calidad. Lo que está sonando y que representa una oportunidad para difundir y dar a conocer otros géneros a personas que no están tan familiarizadas con la escena sonora.
En esta ocasión fue Isaac Maya, porque representa a México como el primer Dj y productor de drum & bass a nivel internacional con edición de vinil y toda la cosa. Igualmente, hemos trabajo con Discos Invisibles y, por supuesto, con bandas locales. Y para futuros eventos pensamos invitar a grupos fuertes como Silverio, Rosco, IMS y cualquier propuesta fresca.
—Por último, Robin, ¿tienes algún mensaje especial para los lectores de unasletras?
—No podemos estar exentos de este proceso de cambios irreversibles que nuestra madre naturaleza nos ofrece, y que nosotros como seres humanos aprovechamos, desaprovechamos y abusamos de manera indiscriminada. De la misma manera, el arte y no-arte nos pueden inspirar sentimientos hermosos, y también nos puede laxar o provocarnos el vómito. Finalmente, es un estímulo o un síntoma que no podemos evitar como receptores. ¿Quién decide qué es arte y qué no?
A nombre de todos mis compañeros, doy las gracias a las personas que brindaron su desinteresado apoyo, y a todos los expositores que se hicieron presentes con su obra. Yo simplemente soy una partícula del todo o de la nada en la Generación Tupperwirísima. De la misma forma, y con el respeto que todos se merecen, agradecemos toda crítica, opinión o comentario emitido respecto a este evento: info.combicollective@gmail.com. Robin Canul extiende su gratitud a los camaradas de la Galería Periferia, La Quilla, Alterarte, Cibercirco, Eko grupo sustentable, El Templo, Perfarmia, el Colectivo la Bola de Monterrey; a Manuel May Tilán, director de Artes Visuales y a Adalberto Pinzón, director del Departamento Cultural y Artístico de los Jóvenes, y Fernando Faz, director de Programación del Otoño Cultural, todos ellos del Instituto de Cultura de Yucatán, y por supuesto, a la anfitriona de la Generación Tupperware en la Casa de la Cultura de la Universidad Interamericana del Norte, Petra Alicia Gutiérrez Peña, la Secretaría de la Juventud y la Revista Soma.
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