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| La ciudad está viva |
| Marco Aurelio Díaz Güemez |
Durante el día se desenvuelve por las calles un tráfico de extraños colores y sonidos. De noche brilla una luz nueva que apaga la luz de la luna.
Oswald Spengler
Habitualmente, siempre hemos creído y aceptado que la ciudad es la materia, es decir, las casas, los palacios, las avenidas y las iglesias, todos los edificios con sus calles. Más no es así, la ciudad es espíritu porque es una idea, una idea viva porque está hecha por los seres humanos. La gente es pues la vida de las ciudades, es ella la que la despierta, la consuela, la pone a funcionar, y cuando ve que está ya cansada la manda a dormir. Todo ese espectáculo está recogido, detalle a detalle, en el largometraje Una ciudad en tres momentos de la artista Laura Sánchez. La ciudad escogida fue Mérida, la más grande del terruño de la Península de Yucatán. Y el momento, casi todo el año pasado, cuando las alertas ciclónicas pusieron el ciclo de la vida de esta ciudad casi de cabeza. Mejor año no pudo haber sido. El trabajo de Laura confirma una cosa que es muy cierta pero poco evidente, que Mérida es una ciudad ancha pero achaparrada. Sin embargo, esto es una ventaja pues permite que la habitual contaminación se disperse con los vientos por la tierra plana de Yucatán; también permite que el transcurso del día pueda ser apreciado ya que no hay montañas ni humo que tape la salida y la puesta del sol ni estorbe el galope de las nubes por los cielos azules o rojizos. Por tanto, el largo es en sí un homenaje a esas particularidades que Mérida posee por cuanto es ciudad. Ello no impide recoger el testimonio más crudo de la urbanización que es el ruido. La gente habla, grita, hace repicar sus herramientas, toca el claxon de sus autos, zapatea en sus bailes, sube el volumen de la televisión, reza a voz viva y usa micrófonos para darse a entender. Hasta la lluvia es ruido aquí. Así que por ratos es cuidadosamente combinada con la música de Jorge Carlos Cortazar. Una ciudad en tres momentos podría ser la bitácora de un día en Mérida, desde su amanecer hasta su anochecer, pasando por una mañana apresurada, un caluroso mediodía y un atardecer melancólico, en donde el viento meciendo los árboles es el mejor protagonista. En este largo, cabe decirlo, cada momento vale la pena, cada cuadro es un hecho que seguramente ya hemos vivido o sentido, y cada secuencia construye, como la propia gente, una idea de ciudad. Asimismo, la calidad emocional de este trabajo no hubiera sido posible sin la decisión de Laura de haber salido con su cámara con el deseo de pasar desapercibida, con el deseo de ser ella también ciudadana y de terminar por conocer una Mérida que se ha hecho más grande de lo que era cuando nacimos. Más de una vez nos sorprenderemos, al ver el trabajo, si eso o aquello está en Mérida, y justamente ahí estará el atractivo de este largo: demostrarnos y recordarnos que es una ciudad que está viva, que está cambiando. |
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