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Mérida,
Yucatán, 14 de julio de 2008.- Murmullos
en Babel, la obra reciente de Jorge Ermilo Espinosa Torre, reunida en la
sala 3 del Centro Cultural Olimpo, señala un paso adelante dentro de su labor
pictórica. El artista yucateco, que actualmente cursa la licenciatura en artes
visuales en la Universidad
de Guadalajara, logró depurar su estilo y amalgamarlo favorablemente con otros
recursos –video, performance, instalación e impresión digital. La muestra fue
inaugurada el pasado jueves 10 de julio, en presencia del director de cultura
del Ayuntamiento de Mérida, Roger Metri Duarte.
Murmullos en Babel, experimento multidisciplinario con tendencias
oníricas, recrea el caos y la fragmentación de la realidad. En el centro de la
sala, dividida en dos secciones, hay un cuarto oscuro que proyecta un video. El
visitante se sienta en cualquiera de los dos sillones y pronto descubre una
ventanilla a su costado derecho y, al abrirla, un espejo que le devolverá la
sonrisa o el susto. La secuencia fílmica emplea texturas, latidos cardíacos,
voces ininteligibles y música sacra. Lizette Abraham, protagonista del video,
gesticula bajo el agua, ríe, se ahoga, introduce al ojo humano en una atmósfera
extrañamente espiritual y lo abandona a su suerte.
La
noche de la inauguración, la performancera realizó un ejercicio de la misma
naturaleza que las imágenes del video: en una de las paredes colindantes al
pequeño cuarto, sentada arriba de una escalera, caracterizó a un ser enigmático
que tiraba de unos hilos negros para redactar un mensaje en una máquina de
escribir antigua. Había cintas de videocasetes enredadas en el suelo y dos
maniquíes fijos al centro de la mampara, sin brazos, con vendas y una malla de
plástico (la que se emplea para embalar las obras) concedían a la escena un
tono surrealista. El ángel transmitía su mensaje entre saludos, reconocimientos
y felicitaciones al pintor.
Hacia
el lado izquierdo de la sala, dos niñas en un muro sentadas de perfil sugieren
al visitante guardar silencio. La mampara, de color negro, exhibe cinco collages
digitales en su parte más alta. Quien los mire debe elevar la vista al cielo.
Esto no es un capricho: las imágenes son variaciones sobre la iconografía
religiosa.
Una
serie de cuatro retratos pintados a la manera clásica, de tres mujeres y un
hombre, conviven con un garabato infantil en la misma pared. A un lado, vemos
una instalación de ramas y hojas secas, con algunos brazos de maniquíes. A
continuación, se observan varias pinturas: una calavera con ojos en la parte superior
frontal, con un marco viejo y polvoriento; un niño de mirada triste y pensativa;
una composición sombría de un pubis femenino, un pájaro y un rostro azuloso y,
como contrapunto, la representación de un hipil yucateco decorado con flores,
en gran formato.
El
ala derecha abre con un cuadro a medio hacer de una mujer joven pintada por
varias manos. En la selección de lienzos imperan los ambientes sombríos y las escenas
fatales donde la figura femenina es el leitmotiv central. Se trata de un imaginario
de dos cabezas: las mujeres son etéreas o pertenecen a un mundo cargado de
símbolos –manos, aves y pinceles. Una mujer embarazada con los brazos abiertos
y alas; otra, desnuda en el fondo del mar entre peces con dentadura filosa y un
hipocampo; un ser angelical de plumaje fastuoso y algunas gaviotas detrás son
tres ejemplos particularmente interesantes.
En
ciertas obras, Murmullos en Babel
recrea situaciones kafkianas o relacionadas con el mundo alucinado de los
esquizofrénicos: la joven con una cucaracha en la cabeza y una boca enorme
sacando la lengua por el extremo izquierdo, la anciana que sostiene en su
regazo a una niña de cara maltrecha y horrible, la musa con el cuerpo
destruido, disolviéndose en tiras de sangre, y la boca que grita.
Hay
frases en lo alto, ordenamientos arbitrarios de letras para amplificar el
efecto desorientador. Una, incluso, está escrita en caracteres griegos. El
montaje, sin ir más lejos, cuestiona los criterios museográficos tradicionales,
al exhibir obras con el plástico protector encima, como en el caso de un
desnudo femenino de apariencia espectral. Por lo tanto, tampoco sorprende la
ausencia de cédulas, y es muy probable que Murmullos
en Babel se plantee al espectador como un bloque heterogéneo en el que los
tonos y las formas expresivas se yuxtaponen.
La
finalidad de hacer un montaje rizomático y posmoderno tiene ligeros desequilibrios
no intencionales, debido principalmente a que las piezas de carácter espontáneo
(los garabatos, el hipil y una pared con dibujos infantiles) no muestran una
producción tan cuidada y selectiva como los cuadros de técnica vigorosa. El
rompimiento constante de la narrativa puede volverse sólo un elemento retórico
que no le imprime la suficiente fuerza a la dispersión que el artista pretende
instaurar.
Murmullos en Babel es una exposición compleja. La capacidad de
asimilación de las nuevas disciplinas le otorga un crédito adicional, pues Jorge
Ermilo Espinosa Torre ha conseguido con ello dar un salto cualitativo en su
discurso. El video, la instalación y el performance ejecutado por Lizette
Abraham traducen apropiadamente las necesidades expresivas del artista. La
representación de un estado de cosas confuso recuerda cierto fragmento del Ensayo sobre la ceguera, de José
Saramago, cuando un grupo de ciegos llega a una plaza y encuentra a otros
grupos de ciegos predicando diferentes ideologías, todas autoproclamadas la
única y la mejor. En este caso, Murmullos
en Babel forja un mensaje equivalente con el oído y las palabras, el
silencio y la segmentación de la realidad. La noche de la inauguración fue muy
clara al respecto. El caos era paradójicamente real y simulado: nadie se
entendía con nadie. Durante aquellas horas, Babel escogió la sala 3 del Olimpo
para enredar los canales de comunicación.
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