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Murmullos en Babel, en el Olimpo
La boca que grita
Christian Núñez
http://www.unasletras.com/v2/../data/647.aaa

Mérida, Yucatán, 14 de julio de 2008.- Murmullos en Babel, la obra reciente de Jorge Ermilo Espinosa Torre, reunida en la sala 3 del Centro Cultural Olimpo, señala un paso adelante dentro de su labor pictórica. El artista yucateco, que actualmente cursa la licenciatura en artes visuales en la Universidad de Guadalajara, logró depurar su estilo y amalgamarlo favorablemente con otros recursos –video, performance, instalación e impresión digital. La muestra fue inaugurada el pasado jueves 10 de julio, en presencia del director de cultura del Ayuntamiento de Mérida, Roger Metri Duarte.

Murmullos en Babel, experimento multidisciplinario con tendencias oníricas, recrea el caos y la fragmentación de la realidad. En el centro de la sala, dividida en dos secciones, hay un cuarto oscuro que proyecta un video. El visitante se sienta en cualquiera de los dos sillones y pronto descubre una ventanilla a su costado derecho y, al abrirla, un espejo que le devolverá la sonrisa o el susto. La secuencia fílmica emplea texturas, latidos cardíacos, voces ininteligibles y música sacra. Lizette Abraham, protagonista del video, gesticula bajo el agua, ríe, se ahoga, introduce al ojo humano en una atmósfera extrañamente espiritual y lo abandona a su suerte.  

La noche de la inauguración, la performancera realizó un ejercicio de la misma naturaleza que las imágenes del video: en una de las paredes colindantes al pequeño cuarto, sentada arriba de una escalera, caracterizó a un ser enigmático que tiraba de unos hilos negros para redactar un mensaje en una máquina de escribir antigua. Había cintas de videocasetes enredadas en el suelo y dos maniquíes fijos al centro de la mampara, sin brazos, con vendas y una malla de plástico (la que se emplea para embalar las obras) concedían a la escena un tono surrealista. El ángel transmitía su mensaje entre saludos, reconocimientos y felicitaciones al pintor.

Hacia el lado izquierdo de la sala, dos niñas en un muro sentadas de perfil sugieren al visitante guardar silencio. La mampara, de color negro, exhibe cinco collages digitales en su parte más alta. Quien los mire debe elevar la vista al cielo. Esto no es un capricho: las imágenes son variaciones sobre la iconografía religiosa.

Una serie de cuatro retratos pintados a la manera clásica, de tres mujeres y un hombre, conviven con un garabato infantil en la misma pared. A un lado, vemos una instalación de ramas y hojas secas, con algunos brazos de maniquíes. A continuación, se observan varias pinturas: una calavera con ojos en la parte superior frontal, con un marco viejo y polvoriento; un niño de mirada triste y pensativa; una composición sombría de un pubis femenino, un pájaro y un rostro azuloso y, como contrapunto, la representación de un hipil yucateco decorado con flores, en gran formato.

El ala derecha abre con un cuadro a medio hacer de una mujer joven pintada por varias manos. En la selección de lienzos imperan los ambientes sombríos y las escenas fatales donde la figura femenina es el leitmotiv central. Se trata de un imaginario de dos cabezas: las mujeres son etéreas o pertenecen a un mundo cargado de símbolos –manos, aves y pinceles. Una mujer embarazada con los brazos abiertos y alas; otra, desnuda en el fondo del mar entre peces con dentadura filosa y un hipocampo; un ser angelical de plumaje fastuoso y algunas gaviotas detrás son tres ejemplos particularmente interesantes.

En ciertas obras, Murmullos en Babel recrea situaciones kafkianas o relacionadas con el mundo alucinado de los esquizofrénicos: la joven con una cucaracha en la cabeza y una boca enorme sacando la lengua por el extremo izquierdo, la anciana que sostiene en su regazo a una niña de cara maltrecha y horrible, la musa con el cuerpo destruido, disolviéndose en tiras de sangre, y la boca que grita.

Hay frases en lo alto, ordenamientos arbitrarios de letras para amplificar el efecto desorientador. Una, incluso, está escrita en caracteres griegos. El montaje, sin ir más lejos, cuestiona los criterios museográficos tradicionales, al exhibir obras con el plástico protector encima, como en el caso de un desnudo femenino de apariencia espectral. Por lo tanto, tampoco sorprende la ausencia de cédulas, y es muy probable que Murmullos en Babel se plantee al espectador como un bloque heterogéneo en el que los tonos y las formas expresivas se yuxtaponen.

La finalidad de hacer un montaje rizomático y posmoderno tiene ligeros desequilibrios no intencionales, debido principalmente a que las piezas de carácter espontáneo (los garabatos, el hipil y una pared con dibujos infantiles) no muestran una producción tan cuidada y selectiva como los cuadros de técnica vigorosa. El rompimiento constante de la narrativa puede volverse sólo un elemento retórico que no le imprime la suficiente fuerza a la dispersión que el artista pretende instaurar.

Murmullos en Babel es una exposición compleja. La capacidad de asimilación de las nuevas disciplinas le otorga un crédito adicional, pues Jorge Ermilo Espinosa Torre ha conseguido con ello dar un salto cualitativo en su discurso. El video, la instalación y el performance ejecutado por Lizette Abraham traducen apropiadamente las necesidades expresivas del artista. La representación de un estado de cosas confuso recuerda cierto fragmento del Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, cuando un grupo de ciegos llega a una plaza y encuentra a otros grupos de ciegos predicando diferentes ideologías, todas autoproclamadas la única y la mejor. En este caso, Murmullos en Babel forja un mensaje equivalente con el oído y las palabras, el silencio y la segmentación de la realidad. La noche de la inauguración fue muy clara al respecto. El caos era paradójicamente real y simulado: nadie se entendía con nadie. Durante aquellas horas, Babel escogió la sala 3 del Olimpo para enredar los canales de comunicación.