 Mérida, 22 de mayo de 2008. Cajas,
la exposición actual de la Galería Tataya, se inauguró el pasado día 8.
El conjunto de fotografías seleccionadas revela un criterio brillante,
aunque también es evidente que las series tienden a repetir una misma
idea que por el uso reiterado se desgasta. El leitmotiv
es la autora en sí misma, Lizette Abraham, y un televisor; el resto de
la escenografía lo componen diferentes partes de una computadora,
cables, flores artificiales y ropa extravagante.
Lizette
desarrolla una serie de acciones performáticas de orientación
conceptual accesible al público. El discurso cuestiona la alienación de
los televidentes, en primera instancia, y de ahí eleva sus horizontes a
la crítica de la tecnología y los medios audiovisuales. Lizette hace un
perspicaz uso de su cuerpo, encerrándolo en las pantallas, conectándolo
a la electricidad, o simplemente destruyendo con un martillo uno de
estos aparatos. Las temáticas tienen un aire de algo conocido, y sin
duda el manejo de la técnica las salva de lo ordinario. Además, la
fotógrafa se inclina por la experimentación formal. Esto se nota en los
títulos de las series, el maquillaje, el vestuario y la gestualidad por
momentos impetuosa, casi esquizoide.
Dentro de, la primera serie, se refiere al enclaustramiento, en su acepción de estrechez mental y actitud de intolerancia. Lizette se caracteriza como una payasa con dos círculos púrpuras en las mejillas, y sus muecas la convierten en una muñeca dentro de un ambiente artificial o, probablemente, en una mujer que se divierte a solas con su locura. “Desde hace 4 años –comenta– he trabajado el autorretrato con la finalidad de encontrar a esa persona que habita en mí como una extraña voz que grita y empuja las paredes del pensamiento encasillado.”
Retroalimentación consta de tres autorretratos con flores artificiales. Aquí, transformada en un producto sintético, la modelo finge asombro y abre la boca con gestualidad redoblada. Los ojos grandes con rímel, una corona de cables en la cabeza y un tubo en torno al cuello hacen lo demás. Destaca la tercera imagen, en la que dos flores amarillas y los ojos de Lizette hacen muecas al voyeur, en este caso yo, que mira con interés su extraño mundo.
Teoría caótica se lanza con furia a los ambientes cibernéticos, con colores fríos (gris metálico, azul) y la incursión repentina de algún rojo. En dos escenas del performance, los gritos se congelan porque la mujer se ha conectado a la electricidad. De ahí el caos.
Tele-visión, en cinco actos, paga su tributo a la melancolía. La serie da signos de un examen introspectivo, de tal modo que la seriedad asoma al semblante de la mujer recluida en el monitor. A veces, sólo es la cabeza la que está encerrada. En ciertos momentos, la imagen se desdobla: Lizette dentro del televisor, que a su vez tiene otro televisor adentro, con otra Lizette, que a su vez tiene otro televisor, con otra más, y así hasta el infinito. Cuando se harta, la mujer toma un martillo y (se) destruye. Cuando el cansancio la vence, se queda tendida sobre la caja de los borregos. Detalle femenino: lleva un vestido rojo, de tirantes.
El casco del futuro, serie que cuelga en la galería en la pared derecha vista desde la entrada, le resta al conjunto su carácter insólito. No aporta nada nuevo y amenaza con caer en el cliché. Esta vez, la falda de colegiala, el top rojo y las inscripciones en el cuerpo (“Programa”, “Entretenimiento”, “Cerrar sesión”, “Mis imágenes”) hacen pensar que algunas palabras ya fueron dichas y sencillamente salen sobrando. La reflexión es obvia, el empleo de los recursos también. A pesar de ello, Lizette coquetea con unos cables servidos en un tazón como si fueran spaghetti, y comprendemos que sigue teniendo ocurrencias divertidas.
Cajas complace a la vista, pero si fuéramos exigentes a un grado de absoluta severidad, cuestionaríamos que los conceptos no construyan puentes hacia una reflexión más allá de la iconografía. Por desgracia, las pretensiones de Lizette son conceptuales. En este sentido, cabe cuestionar el refugio en los estereotipos cuando lo que se trataba era de criticarlos. A pesar de esta fisura, Cajas abre una serie de posibilidades plásticas reconocibles y, porqué no decirlo, admirables en una artista que está empezando su trayectoria.
Galería Tataya se ubica en la calle 72 # 478, entre 53 y 55, en el Centro Histórico de Mérida. Abre de martes a sábado, de 10 a 2 y de 4 a 7. Visítela.
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