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Retrospectiva 2000-2006
Huecograbados de Ramón González en Casa Catherwood
Eugenia Montalván Colón
Mérida, 2 de mayo de 2008. Fernando Ortiz es fotógrafo y se dedica, sobre todo, a las técnicas de impresión que se usaron en el siglo XIX. También es promotor cultural, y acaba de organizarle su primera exposición en Mérida a Ramón González, joven artista egresado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). La muestra consiste en 14 grabados de formato pequeño y se inaugura mañana sábado a las 8 de la noche en Casa Catherwood.

Fernando coordina una entrevista con Ramón, y Louis, director de Casa Catherwood nos recibe a todos aquí, en la Calle 59 con 72, entusiasmado con dar cabida en su espacio a este proyecto.

La obra de Ramón ya está en las paredes; lo saludo, y recorremos juntos cuadro por cuadro.

—¿Qué técnica usas?

—Huecograbado, cuya divergencia con la xilografía o el linóleo es que aquí la tinta está en el hueco y no en la superficie. Se trabaja sobre metal.

—¿Por qué elegiste esta técnica?

—Porque tiene personalidad. Te permite hacer cosas como litografías, muy detalladas, o igual puedes manejarte en volúmenes o gofrados que son especie de bajo relieves...

La exposición se llama 2000-2006 porque la obra que se exhibe es de esta época y, sin embargo, ninguna pieza se había mostrado antes. Aparte de su intensidad, los grabados tienen otras virtudes, y esto incluye la letra de molde con que están firmados y también que la mayoría son piezas únicas.

Ramón destaca esta cualidad: Antes me interesaba mucho hacer series, pero me di cuenta de que esto me quitaba tiempo para producir.

—¿Cómo?

—Imprimir es un proceso tardado, tiene su ritual, y en cambio hacer copias únicas me da chance de producir más obra.

Nos detenemos frente a Remolino (18.5 x 44.2 cm., 2003), y Ramón me explica que cuando hizo este grabado estaba particularmente interesado en el tema del caos. Si te das cuenta, dice, el caos para mí tiene un orden... Aquí, aparentemente vemos puros rayones pero cuando te acercas ves que todo gira y se concentra en un lugar.

Árbol es el título de la pieza que Ramón eligió para reproducir en la invitación. El original mide 10 x 27.8 centímetros, y es del 2004.

En la serie de los árboles, explica, ahondó en la sensación de soledad. Representa esta condición de manera metafórica: árboles de ramas secas sin paisaje alrededor. 

En otra serie vemos rostros femeninos a través de los cuales Ramón “retrata” dos situaciones opuestas: las mujeres que evaden y las que confrontan otras miradas.

Ramón González se tituló en el 2004 y un año después decidió venirse a vivir a Mérida. Actualmente trabaja como profesor de Dibujo y Técnicas y sistemas de impresión en la Universidad Mesoamericana San Agustín. En el D.F. fundó y fue parte del Colectivo Grupo 10, especialmente dedicado a producir y exhibir escultura.

De esa época dice que más bien se trataba de un juego; "todos éramos estudiantes mantenidos. Nuestros mecenas eran nuestros padres, y como vivíamos sin preocupaciones económicas, manteníamos muy buen ritmo de trabajo. Hicimos ocho exposiciones en un año".

—En cuanto a tu formación académica, y tomando en cuenta que ahora eres profesor ¿cuál crees que es el punto débil de la licenciatura en la ENAP?

—Siento que hay cosas del plan de estudios que no ligan del todo con el mundo real.  Debería haber una mejor vinculación con la práctica profesional y la tecnología, especialmente. Según los maestros, nos preparamos de forma académica porque hay que cumplir con un sistema, lo cual está bien, pero falta un enlace.

Ramón está experimentando por cuenta propia la vinculación de las artes gráficas y el mundo tecnológico; ahora mismo está produciendo una serie de grabados en discos compactos, nada extraordinariamente novedoso en el mundo, pero sin duda en Mérida, sí, y ese material, sin embargo, se lo reserva para una segunda exposición. Ahora es cuestión de que se ponga su mejor camiseta y nos espere frente a su Monolito (2001),  una obra que le agrada especialmente por su simpleza. De hecho, es la pieza más costosa de la muestra en Casa Catherwood;  cuesta seis mil pesos, y contrario a lo que pudiéramos imaginarnos, no es la más grande, sino que tiene ciertos valores que el autor se da el privilegio de cotizar alto.