 Mérida, 25 de junio de 2008. Tiempo y espacio,
exposición que actualmente ocupa las salas de la Galería de Arte
Municipal de Mérida, en el segundo nivel del Museo de la Ciudad, se
inauguró el pasado jueves 19 a las 9:30 de la noche. Las
salas resultan pequeñas en comparación con el número de participantes;
la noche de inaguración, especialmente, se percibió una amenaza de
saturación.
A pesar de ser heterogénea y dispersa, la muestra colectiva incluye
obras de calidad. Artistas emergentes y con trayectoria, exponen un
total de 57 piezas, 32 de carácter inédito.
La
GAMM, como espacio incluyente, puso en la misma balanza obras que no
poseen el mismo rigor conceptual, y recorriendo este espacio es
evidente el deseo de prolongar viejos patrones de conducta de la
plástica junto a proyectos estéticos más elaborados y de mayor
vigencia. Hay
ideas que brillan por su intención en apariencia inocente: Débora
Carnevali (Caracas, Venezuela, 1982) colocó un buzón de quejas y
sugerencias para que los interesados en emitir su juicio lo hagan de
inmediato. Esta obra, sin título, tiene un mensaje directo:
cuestionar/criticar. En el
salón que colinda con la pieza mencionada, nuevamente aparecen pinturas
de tendencia conservadora, agradables a la vista, de virtudes plásticas
indiscutibles pero anacrónicas. Del conjunto, quedan al centro, en una
mampara gris, dos lienzos figurativos al óleo: Y la magia continúa, de Addy Semerena (Hecelchakán, Campeche, 1950), que representa un tigre y Preparando el pescado, de Ileana Gutiérrez (Mérida, Yucatán, 1956) donde vemos a unos pescadores que inician en su faena en algún puerto peninsular.
Un grabado en punta seca, de Fernando Castro Pacheco (Mérida, Yucatán, 1918), titulado Fatiga del mediodía, es la metáfora del arte costumbrista, fatigado de tener tantos seguidores.
En la primera sala del pasillo central, destaca Bien contenta, fotografía de Paula Haro (México, D.F., 1970) en la que aparece una mujer gorda con un hacha de carnicero en la mano, que ríe con la cabeza hacia atrás y muestra la otra cara de la fatiga del mediodía: una vuelta de tuerca inteligente al tema de la mujer indígena maya.
Espejo, fotografía de Pim Schalkwijk (México, D.F., 1971) capta la rutina de los cantineros en un ambiente nostálgico y decadente, como las canciones de Los Ángeles Negros o Juan Gabriel. Un anciano atiende la barra mientras un grupo reducido de señores platica de cualquier cosa. La toma crea un composición magnífica; en cualquier momento, un tipo con pistola irrumpirá en la escena, alguien programará en el radio una canción con letra desgraciada, y otros, asustados, pedirán la cuenta para marcharse. Cualquier cosa puede suceder.
Ya nadie camina sobre las huellas tantas, de Amparo Bolaños (Tampico, Tamaulipas, 1948), es otra foto que remite al pasado, a las construcciones de piedra con rincones semiderruidos, una escalera y una ventana con barrotes de difícil acceso.
Las dos únicas esculturas, una grande y otra pequeña, de tendencia abstracta, se ubican en puntos diferentes del recorrido: Movimiento orgánico, de Beatriz Castillo (Mérida, Yucatán, 1954) y Bisonte, de Rosamaría Rubio (Mérida, Yucatán, 1964).
Las instalaciones conceptuales de Humberto Chávez (México, D.F., 1951) y Aldo Córdoba (México, D.F. 1981) transpiran hermetismo, son elaboraciones discursivas que no dan pistas y pueden conducir a deliciosos callejones sin salida: Aeropuerto Vancouver Sala 26 / Mosaico / Dic 2004 consta de dos fotografías acompañadas de una Botella de Klein, objeto singular utilizado en psicoanálisis y que se equipara a la Banda de Moëbius sin principio ni fin. En este caso, la boquilla conduce por un tubo arqueado al interior de la botella; una abstracción del tiempo.
Aldo Córdoba recrea mediante la instalación 6: 15: 23: 03 el velocísimo paso de las milésimas de segundo y refuerza el montaje con un texto producido en tiempo real.
Entre las propuestas jóvenes, De vuelta, de Jorge Espinosa Torre (Mérida, Yucatán, 1983), combina solidez técnica y experimentación, aunque el simbolismo se desborda. En la tela, el artista se retrata con el torso desnudo entre calaveras y máscaras: del otro lado, de perfil, vemos a su alter-ego, un hombre rapado de presencia fantasmagórica. En esta parte del cuadro se aprecian algunas quemaduras y el uso de arena sobre el óleo.
En El sueño de Nina, un óleo sobre tela de Claudia Álvarez (Monterrey, México, 1969) una niña sin rostro proyecta su sombra en una escena de tonos difusos donde predominan los manchones blancos, grisáceos y un ligero tono azul. Karla Hernando (México, D.F., 1979) expone dos cuadros de la serie Sombras. Sólo apreciamos pies y zapatos y los accesorios de la gente de la calle. Las sombras proyectadas protagonizan la acción.
Tiempo y Espacio, tercera exposición de la GAMM, se mueve entre sombras y disparidades. Lo que se gana en apertura, diversidad y entusiasmo, resulta contraproducente al distinguir una calidad inferior en las obras y falta de riesgos creativos. En muchos casos, las ideas no cuajan; el tema sirve como excusa para que los artistas exploten al mínimo su imaginación. Por fortuna, las excepciones salvan el montaje.
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