 Mérida,
22 de marzo de 2008. Semana Santa. El día elegido para ir a la Galería
Front-Ground en el Hotel Trinidad es frío; raro en Mérida, y más en
estas fechas. Esperaría un calor insoportable. En todo caso, no me
quejo. Él regresó es
una exposición fría también, de sentimientos congelados, divididos en
secciones, empaquetados y mortuorios. De camino a la galería, escucho
obsesivamente una canción de She wants revenge, Sister, dura como una piedra. Me pregunto dónde está Jesús. Yessica Díaz es profesora de Artes Visuales en Tijuana. Él regresó
antes había sido mostrada en el Centro Cultural Tijuana (CECUT), y a
través de Front-Ground se presentó el pasado 12 de marzo en esta
ciudad. La instalación es -debemos decirlo ya- una obra sin sangre,
pero que hace pensar insistentemente en la sangre. Alude a la memoria,
a los fragmentos a través de los cuales el amor va y vuelve, según
explica el texto introductorio de Marco Díaz.Los
artistas invitados (dentro de los cuales me incluyo) realizaron un
ejercicio hipertextual, “una propuesta relacionada con la pieza tomando
de ella un trazo, una referencia, un registro”, en palabras de Humberto
Chávez. La libertad creativa se ciñó desde un principio a la semántica
del trabajo de Yessica. Circunscritos al cuerpo-memoria, los comensales
aportaron su versión de los hechos. Sentémonos a la mesa.
Cortada en tres, la exposición inicia con He´s back, una serie de poemas firmados por Christian Núñez. Las 9 anécdotas en memoria del cuerpo mutilado van de la agresión minimalista a la visceralidad rotunda. Christian es un carnicero. Soy un carnicero.
Claudia Álvarez evoca la infancia con Playground, un óleo sobre tela en el que distinguimos -entre manchones- a un niño (copa en mano) y a una niña bailando. Los trazos a lápiz hacen creer que la obra está incompleta, pero no lo está. La superficie corroída afianza miedos de todo tipo: ¿ocurrió algo?, ¿en qué momento?, ¿se murió alguien?, ¿qué pasó?
La hija de la viuda, una ambientación de Rafael Penroz, colabora con pistas: un esquinero de madera recoge objetos antiguos que van en dirección a la (hipotética) masacre. Entre las posesiones de la hija de la viuda vemos tres cocos, una botella empolvada de Ron Castillo, una novela policíaca cuyo título ironiza sobre la situación (“No quiero morir”), cigarros, toallas femeninas y, en la parte baja del mueble, un manojo de hojas secas.
Ayer, de Patricia Martín, describe una atmósfera deplorable en 14 fotografías pequeñas, a color. Una cama vacía, naranjas en penumbra, un plato con sopa y camarones, una luna en el cielo detenida en la oscuridad. Retazos de una relación amorosa.
Vanessa Rivero, de la serie 365, presenta el tríptico Soy lo que recuerdo… Éste “narra” el descuartizamiento de un cerdo. Pulcro en la técnica y doloroso en el contenido, el relato muestra al animal entero, al animal seccionado en dos partes, y, por último, a la mitad inferior entrando a una nube de gas. Vanessa Rivero hace anotaciones encima de los cuadros: “soy lo que ves, soy lo que no ves, soy lo que recuerdas, soy lo que no recuerdas, ves lo que te gusta, ves lo que no te gusta pero todo es de ti.” El cerdo, la memoria, los días que pasan y la mesa servida para comer y beber. Comamos y bebamos, que mañana moriremos.
La línea discursiva en Nokia 6103, una propuesta para Yessica Díaz, de Humberto Chávez, revela un deseo de compañía, un acercamiento vehemente. Cinco fotografías tomadas por celular (pecho, pie, muslo, rodilla, mano) se “articulan” (palabra engañosa) con las conversaciones transcritas del autor con varias personas. Todo impersonal, lejano y frío, incluso la preocupación por el cuerpo. En esa paradójica neutralidad se concentra el buen uso de la retórica. Frío, frío, pero en el fondo, la materia nos angustia.
Él regresó, la instalación principal, deja la boca abierta. Una mesa servida impecablemente: copas, cubiertos, vino y, sobre los platos, partes humanas. Igual que en The cook, the thief, the wife and her lover, vemos el cuerpo de un hombre (el ser amado) servido como un manjar. Un pedazo de rostro, lengua, dedos. Una mano, un par de orejas, rodilla, pies, pene. Ya se ha dicho antes, ya fue dicho todo. Iremos perdiendo la memoria.
Él regresó tiene muchas lecturas. He aquí algunas de las más comentadas: venganza amorosa, metáfora de las calumnias, memoria perdida-recuperada, disolución del yo. El festín incluye sobremesa. Limpiémonos la boca.
Tres obras que por su intención atmosférica se ubicaron en la tercera sala, responden no tanto al impacto de la antropofagia, ni a la deglución, sino más bien al repaso de los hechos, a veces introspectivo (Inercia, de Omar Said Charruf, video, 2008), a veces irónico (Nueva, Mónica Costa, video, 2008).
Para concluir el ejercicio, Aldo Córdoba delimitó un espacio al fondo de la sala, vertió en él litros de una sustancia roja y encima puso un foco estratégicamente. La instalación se titula Figura y fondo en Él regresó. Mirando en retrospectiva, creo que no hace falta unir las partes. Los recuerdos se caracterizan por su desemejanza y alejamiento. La sala está oscura y la luz cae directamente sobre esta fosa de sangre. En Mérida llueve. Me pregunto dónde está Jesús.
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