 El centro de Mérida es un caos. En mi esquina —conocida como de “La Prosperidad” por la antigua placa que hay con ese nombre apostada en uno de los muros y la cantina que magnificó ese título con su excelente botana del medio día, hasta que se quemó hace un par de años— ahora destaca una lonchería de dos pisos pintada de amarillo fosforescente con verde olivo, un recuadro rojo sangre como constancia de que hay la intención de darle una manita de gato y otro recuadro beige, como para que los vecinos opinemos a favor de uno u otro acuse de exquisitez, sin que ¡por Dios! se nos vaya a ocurrir decir algo acerca de la suciedad de esas paredes descascaradas con los cables de luz, la tubería de gas y la caja metálica del aire acondicionado estorbando el paso sobre la Calle 53, como acostumbran tener tantos propietarios.
Esto es Mérida, y por algo el Centro Histórico está tan estéticamente desvirtuado y desgastado, reacio a su “rescate”.
Demasiada podredumbre y contaminación para los que vivimos aquí, pero también demasiada especulación sobre los predios en vías de resucitar según la fluctuación del dólar, pues gran parte de los despachos de bienes raíces que han tomado posesión de las casas de esta zona se manejan con inversionistas extranjeros, preferentemente estadounidenses y, sobre todo, retirados o gays.
Cada vez se ven más anuncios de diferentes firmas de bienes raíces; están desplegados aquí y allá sobre fachadas ruinosas, la mayoría, lo que a todo mundo que recorre estas calles hace pensar que Mérida está a la venta.
¿Cuánto piden? Los precios andan alrededor de los 50 mil dólares, nada realmente inalcanzable para quienes ansían establecerse en este bonito México provinciano, pacífico y con conexión aérea directa a Houston todos los días.
Pero quien decida venir a vivir aquí no sabe a lo que se atiene: 26 mil motores de transporte público circulando día a día por estas calles.
¿A poco tanta gente depende de las combis y los camiones? No. La oferta sobrepasa a la demanda, y no hay poder humano que vaya en contra de esas prebendas: la ex alcaldesa Ana Rosa Payán (2001-2004) intentó cerrar algunas calles del centro a la circulación del transporte público y le armaron tal bronca que ella misma estuvo a punto de sucumbir a los gases que hicieron explotar vándalos a sueldo en pleno Palacio Municipal, dirigidos por los comerciantes, como lo cuenta Jorge Manzanilla, presidente del Patronato para la Preservación del Centro Histórico de la Ciudad de Mérida.
Manzanilla ha llegado a plantear en debate público la remoción de camiones viejos, topándose con la cerrazón de la lideresa de los comerciantes, entre otros personajes. ¡Virgen Santísima! Sus agremiados dejarían de percibir pesos y centavos si el transporte no deja a la gente en la puerta de sus negocios.
¿Y qué pasa, por ejemplo, con los comerciales libaneses-meridanos? ¿Acaso no viajan? ¿O son tan ciegos que no ven más allá de lo que hay frente a sus narices? ¡Pobre gente, caray! Tantos auto de lujo y ni un ápice de buen gusto para con sus clientes y esta bendita ciudad, actualmente en manos del alcalde Manuel Fuentes Alcocer, quien en su primer informe de gobierno refiriéndose a una promesa de campaña dijo: “Mérida será la mejor ciudad de México si tenemos a los mejores ciudadanos de México”.
Veámonos en el reflejo de Campeche. Enemigos históricos de los yucatecos, ahora los campechanos tienen una ciudad convertida en Patrimonio de la Humanidad, para envidia de todos. ¿Cómo le hicieron? Bueno, mientras Mérida destina 2 millones de pesos al año a su patrimonio (60 fachadas aproximadamente), Campeche ha manejado presupuestos que van de los 25 a los 70 millones de pesos (como máximo este año 45 provienen del gobierno del estado, 12 del ayuntamiento, y el resto de la federación), sumas estrictamente dedicadas al rescate de monumentos históricos.
¿Y en Mérida? La Secretaría de Obras Públicas del Ayuntamiento se hace cargo de una casa —considerada patrimonio histórico— con una cuadrilla de albañiles crudos y hambrientos, y ¡a restaurarla!
La premura por gastar una apoyo federal llevó a la Dirección de Desarrollo Urbano del Ayuntamiento a delegar a ciegas, es decir, sin supervisión, la restauración de un edificio del siglo XVII sin tomar en cuenta las regulaciones del Departamento de Monumentos Históricos del INAH en Yucatán, instancia que reaccionó precisamente a raíz de la queja de las propietarias del inmueble, y menos mal que una de ellas pasó de casualidad por la casa, pues aparte de la negligencia, el Ayuntamiento empezó la intervención de la casa sin autorización. Finalmente se logró evitar la catástrofe, si no esta casa de postal ahora se confundiría con el predio más ruin de un fraccionamiento de quinta de cualquier suburbio meridano.
La dichosa casa, sin embargo, sólo es fachada, como tantas y tantas más, pues el centro fue perdiendo su carácter habitacional desde que se construyeron los primeros fraccionamientos, el Chuminópolis y el San Cosme -hoy colonia García Ginerés- en 1889 y 1899, respectivamente, como documenta Marco Tulio Peraza Guzmán en su libro Espacios de identidad (UADY, 2005). La gente acabó cediendo sus casas del centro al comercio o simplemente las abandonó. Hay cientos intestadas. De muchas sobreviven sus árboles, eso sí, y gruesos muros de mampostería con evidencias de hamaqueros de alto contenido simbólico para la arqueología urbana y para desear soñar bajo estos techos altos, así sea a costa de invertir cientos de dólares sacando camionadas de escombro, para empezar.
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