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| El fantasma del mal gusto |
| Columna La ciudad libre |
| Marco Aurelio Díaz Güemez |

El
mal gusto es una actitud que disfraza la ignorancia con respecto a una
cosa determinada. Si aplicamos este concepto a una zona como el centro
histórico de Mérida, entenderemos el por qué de la actitud de los
propietarios y autoridades. Y que conste que no estoy hablando de
conservación, que en eso le corresponde a cada dueño decidir.
Hablo del mal gusto cuando las autoridades
municipales anuncian el ansiado "rescate" de la zona y lo único que
saben hacer es hacer escarpas (aceras) faltas de diseño. Obviamente,
cuando uno las ve se nota la mano apresurada y la nula idea de
integración urbana. También se nota el desgano y el aburrimiento del
contratista y el albañil.
Igual hay mal gusto cuando la compañía de luz no
tiene una propuesta uniformada de postes, así que encontramos en unas
calles postes de metal y en otras de cemento. Y, por supuesto, ni se
les ocurra pedirle que pongan cableado subterráneo, inmediatamente nos
remitirían al Ayuntamiento, quien tradicionalmente está obligado a
hacerlo.
Lo mismo pasa cuando esta autoridad instala iluminación para los edificios significativos. Resulta que no en todos funcionan al cien por ciento y, además, encuentra uno que los hoyos hechos en la escarpa para contener los focos están mal alineados, feamente instalados y a veces sin relación con lo que debieran iluminar. El mal gusto se extiende cuando un propietario permite que sus inquilinos pinten de varios colores un mismo edificio. También cuando instalan la caja de su aire acondicionado dando a plena calle y, peor aún, cuando instalan el motor de un sistema minisplit, que en teoría evita el anterior bochorno, justo en la ventana, a la vista de todos.
De igual modo es feo ver basura tirada en la calle, pero es más incómodo para los transeúntes que los trabajadores de limpieza los estorben justo al mediodía con el barrer del polvo y ese tambo con ruedas que utilizan (en mi pueblo, la limpieza de la calle comenzaba a las 12 de la noche y terminaba a las seis de la mañana).
De la misma manera, resulta desagradable que los proveedores descarguen en el día y no después de las 10 de la noche como debería ser, para comodidad de todos. Y, claro, el colmo del mal gusto en el centro histórico es pensar que es histórico por sus edificios, por lo que las nuevas construcciones deben fingir ser "coloniales" o algo parecido.
Y no, el centro es histórico por la traza y el tipo de espacialidad (paramentos alineados a la calle), establecidos así por quienes fundaron la ciudad en 1542. Justamente esto es lo único que hay que saber. Respetarlo significará conocimiento y aprecio, que entendemos su verdadera naturaleza. Lo demás es tener mal gusto.
Mérida, México, marzo de 2006
Próximo artículo: Una bienal endogámica
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