You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Jesús Ochoa y el arte de la interpretación
Un actor es un actor
Eugenia Montalván Colón
http://www.unasletras.com/v2/../data/525.jesu.JPG

Cancún, Quintana Roo. 11 de noviembre de 2007. Ni el actor Jesús Ochoa al llegar al encuentro con su público en el primer Festival Internacional de Cine de Cancún Riviera Maya utilizó la alfombra roja dispuesta para las estrellas invitadas, y ni él, siendo el actor más importante del programa y a quien se le rendiría homenaje, visitó traje de gala. Al contrario, llegó “a la fiesta” en bermudas y con camisa hawaiana, look de turista con el que por poco pasa inadvertido. 

¿Hubiera sido necesaria cierta solemnidad? Sí. Sin duda. La mínima necesaria para empezar con el pie derecho un evento de tipo cinematográfico anunciado como muy prometedor, así como cuando va a empezar una película y, parafraseando una canción de Mecano, “la chica de la antorcha” representa el preludio de que algo emocionante va a pasar… Ese preludio ceremonial es al que me refiero.

En cambio, sobraron las palabras huecas dada la ocasión, y luego, ni hablar, se descorchó el vino para que  Jesús Ochoa y el elenco de la película El viaje de la Nonna departieron un rato con los periodistas en un reservado de Paseos Cancún, a las puertas de los cines MM.

La velada continuaría en una exposición en el centro comercial La Isla, en la zona hotelera, pero ni al caso, realmente. Dada la mala calidad de las obras, era preciso salir de ahí pronto.

Entonces, al día siguiente, al término de una rueda de prensa, vi de nuevo a Jesús Ochoa y le hice unas preguntas teniendo en mente su papel en Man on Fire, donde comparte créditos con Denzel Washington y un elenco mexicano de primera línea.

 ¿Cómo definiría el arte de la interpretación?

 —Uy, ¡qué pregunta!... Déjame pensarla…

Personalmente considero el arte inalcanzable. No soy artista. Soy un ejecutante que trata de hacer un poco bien las cosas, nada más. El arte para mí es una palabra sagrada, y la interpretación —dicho de la manera más sencilla—  es juntarme con amigos, con gente que pueda querer o que me puedan querer y contar un cuento. Es todo.

Me remito a esa imagen de niño de cuando la mamá o el papá apagaban el foco de la habitación y en voz baja decían: Te voy a contar un cuento. No voy más allá ni quiero ir más allá. No me hago responsable absolutamente del mensaje porque una cosa es lo que uno quiere decir y otra cosa es lo que ve el público, y el público tiene derecho a eso.

Creo mucho en esa libertad: el libre albedrío que tiene el público. Así como el autor quiso decir una cosa, yo al interpretar pongo, quito, hago, igual que el director en su puesta, entonces, hay una cuestión muy viva que no puedo explicársela a nadie como tal. En ese sentido, está ahí. Mi parte es la interpretación que mejor pueda hacer.

¿En qué momento se planteó la actuación como forma de vivir o ganarse la vida?

—Nunca me la he planteado como una forma de vivir. Yo estudié a los 20, pero verdaderamente dije voy a ser actor hasta los 28, pero nunca me he planteado mi profesión como una manera de vivir, ni como un pretexto para ganar premios ni aplausos. No.

Mi profesión siempre ha sido mi posibilidad de jugar, de disfrutar...

 Afortunadamente, se la toma muy en serio.

—Es que el juego hay que tomárselo muy en serio. Nada te puedes tomar más en serio que el juego mismo si lo quieres jugar bien. En ese sentido, no quiere decir que no lo goce, al contrario. Estudié mi academia porque la academia te da bases para no desviarte tanto o no adjudicarte tantos vicios a la hora de estar interpretando. Para eso ayuda la academia, pero el verdadero motor es la pasión, el amor por el juego y saber dar.

¿Qué actores lo han influenciado?

—Muchos, y afortunadamente muchos mexicanos. Los grandes cómicos: Cantinflas, Tin Tan, actores como Pardabé, los Soler, Pancho Córdoba, Sergio Jiménez, uno de los actores mexicanos que más admiro, y de los compañeros de ahora, muchos también, y de los extranjeros: Marlon Brando, Marcelo Matroiani, etcétera.

Influencias que no le restan valor a su  formación formal, como podría pensarse…

—A mí me sirvió mucho la escuela para saber analizar qué es lo que estoy haciendo, por qué lo hago y poder repetirlo. El que diga que la academia no sirve para nada está equivocado. 

¿Cómo se sintió trabajando con Tony Scott?

—Muy bien. Maravillosamente. Es un ser infatigable. Está tremenda la energía que tiene para su edad. Es un ser muy humano con una claridad definitoria en su quehacer. Sabe exactamente lo que quiere y sabe cómo hacerlo, y tiene todo el presupuesto del mundo, atrás, ¿no?

—Y buenos actores…

—Eso que lo digan los demás. 

¿Esta película le significó algo especial en su trayectoria?

—Mira, mi trayectoria ha sido muy afortunada. Yo no puedo decir que por una película estoy donde estoy. Si yo dijera que Man on Fire me cambió sería muy injusto con Sabina Berman por su Pancho Villa, o con Toño Urrutia y Javier Valdés por su inspector Martínez, y por otros personajes que me han ayudado. Yo creo que hay que ir forjando la carrera poco a poco.

Lo dijo convencido, seguramente, y yo ante su prudencia le di las gracias y apagué la grabadora, inquieta por irme a verlo en la pantalla, así tuviera que perderme todo el festival de Cancún y la Riviera Maya.