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Cancún, Quintana Roo. 11 de noviembre de
2007. Ni el actor Jesús Ochoa al llegar al encuentro con su público en el
primer Festival Internacional de Cine de Cancún Riviera Maya utilizó la
alfombra roja dispuesta para las estrellas invitadas, y ni él, siendo el actor
más importante del programa y a quien se le rendiría homenaje, visitó traje de
gala. Al contrario, llegó “a la fiesta” en bermudas y con camisa hawaiana, look
de turista con el que por poco pasa inadvertido.
¿Hubiera sido necesaria cierta
solemnidad? Sí. Sin duda. La mínima necesaria para empezar con el pie derecho
un evento de tipo cinematográfico anunciado como muy prometedor, así como
cuando va a empezar una película y, parafraseando una canción de Mecano, “la
chica de la antorcha” representa el preludio de que algo emocionante va a
pasar… Ese preludio ceremonial es al que me refiero.
En cambio, sobraron las palabras huecas
dada la ocasión, y luego, ni hablar, se descorchó el vino para que Jesús Ochoa y el elenco de la película El
viaje de la Nonna departieron un rato con los periodistas en un reservado de
Paseos Cancún, a las puertas de los cines MM.
La velada continuaría en una exposición
en el centro comercial La Isla, en la zona hotelera, pero ni al caso,
realmente. Dada la mala calidad de las obras, era preciso salir de ahí pronto.
Entonces, al día siguiente, al término de
una rueda de prensa, vi de nuevo a Jesús Ochoa y le hice unas preguntas
teniendo en mente su papel en Man on Fire, donde comparte créditos con Denzel
Washington y un elenco mexicano de primera línea.
—¿Cómo definiría el arte de la
interpretación?
—Uy, ¡qué pregunta!... Déjame pensarla…
Personalmente considero el arte
inalcanzable. No soy artista. Soy un ejecutante que trata de hacer un poco bien
las cosas, nada más. El arte para mí es una palabra sagrada, y la
interpretación —dicho de la manera más sencilla— es juntarme con amigos, con gente que pueda
querer o que me puedan querer y contar un cuento. Es todo.
Me remito a esa imagen de niño de cuando
la mamá o el papá apagaban el foco de la habitación y en voz baja decían: Te
voy a contar un cuento. No voy más allá ni quiero ir más allá. No me hago
responsable absolutamente del mensaje porque una cosa es lo que uno quiere
decir y otra cosa es lo que ve el público, y el público tiene derecho a eso.
Creo mucho en esa libertad: el libre
albedrío que tiene el público. Así como el autor quiso decir una cosa, yo al
interpretar pongo, quito, hago, igual que el director en su puesta, entonces,
hay una cuestión muy viva que no puedo explicársela a nadie como tal. En ese
sentido, está ahí. Mi parte es la interpretación que mejor pueda hacer.
—¿En qué momento se planteó la actuación
como forma de vivir o ganarse la vida?
—Nunca me la he planteado como una forma
de vivir. Yo estudié a los 20, pero verdaderamente dije voy a ser actor hasta
los 28, pero nunca me he planteado mi profesión como una manera de vivir, ni
como un pretexto para ganar premios ni aplausos. No.
Mi profesión siempre ha sido mi
posibilidad de jugar, de disfrutar...
—Afortunadamente, se la toma muy en serio.
—Es que el juego hay que tomárselo muy en
serio. Nada te puedes tomar más en serio que el juego mismo si lo quieres jugar
bien. En ese sentido, no quiere decir que no lo goce, al contrario. Estudié mi
academia porque la academia te da bases para no desviarte tanto o no
adjudicarte tantos vicios a la hora de estar interpretando. Para eso ayuda la
academia, pero el verdadero motor es la pasión, el amor por el juego y saber
dar.
—¿Qué actores lo han influenciado?
—Muchos, y afortunadamente muchos
mexicanos. Los grandes cómicos: Cantinflas, Tin Tan, actores como Pardabé, los
Soler, Pancho Córdoba, Sergio Jiménez, uno de los actores mexicanos que más
admiro, y de los compañeros de ahora, muchos también, y de los extranjeros:
Marlon Brando, Marcelo Matroiani, etcétera.
—Influencias que no le restan valor a su formación formal, como podría pensarse…
—A mí me sirvió mucho la escuela para
saber analizar qué es lo que estoy haciendo, por qué lo hago y poder repetirlo.
El que diga que la academia no sirve para nada está equivocado.
—¿Cómo se sintió trabajando con Tony
Scott?
—Muy bien. Maravillosamente. Es un ser infatigable.
Está tremenda la energía que tiene para su edad. Es un ser muy humano con una
claridad definitoria en su quehacer. Sabe exactamente lo que quiere y sabe cómo
hacerlo, y tiene todo el presupuesto del mundo, atrás, ¿no?
—Y buenos actores…
—Eso que lo digan los demás.
—¿Esta película le significó algo
especial en su trayectoria?
—Mira, mi trayectoria ha sido muy
afortunada. Yo no puedo decir que por una película estoy donde estoy. Si yo
dijera que Man on Fire me cambió sería muy injusto con Sabina Berman por
su Pancho Villa, o con Toño Urrutia y Javier Valdés por su inspector Martínez,
y por otros personajes que me han ayudado. Yo creo que hay que ir forjando la
carrera poco a poco.
Lo dijo convencido, seguramente, y yo
ante su prudencia le di las gracias y apagué la grabadora, inquieta por irme a
verlo en la pantalla, así tuviera que perderme todo el festival de Cancún y
la Riviera Maya.
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