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La magia (financiera) en las pantallas
Harry Potter y la Orden del Fénix
Sergio Raúl López
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México, D.F., 2 de agosto de 2007. El mayor prodigio que existe en la serie cinematográfica Harry Potter es la demostración directa, seca, del imparable paso del tiempo. Ni los conjuros, las escobas voladoras ni las varitas mágicas y mucho menos los artilugios especiales que aparecen en cada entrega han impedido que el joven mago envejezca.

Su protagonista, Daniel Radcliffe (Londres, 1989), era un niño de once años cuando se realizó la primera cinta, Harry Potter y la Piedra Filosofal (2001). Ahora, es un joven de 18 años que ha superado la pubertad. El único problema es que en la lucrativa colección de libros escritos por la escritora inglesa J.K. Rowling, el aprendiz de mago del Colegio Hogwarts debiera cursar su quinto año de estudios y ser un adolescente de 15 años. Y el mismo fenómeno ataca al resto de los actores.

Porque en el ámbito del comercio fílmico, no existe ninguna magia, excepto la monetaria, el uso de derechos, la venta de mercancías y las ganancias de taquilla. Y justo eso son los libros y las películas sobre el pequeño mago. No, como se nos quiere hacer creer, un aliciente para la lectura. ¿Cómo se fomenta la lectura entre millones de fanáticos que solamente quieren leer y releer los siete libros –progresivamente más profusos y pesados– sin ocuparse siquiera del género literario fantástico, de magos y dragones? ¿Cómo el gusto por el cine, cuando las adaptaciones van con la prisa y la premura que exige el consumo cinematográfico masivo, cambiando director a cada entrega para luchar contra el crecimiento natural de sus jóvenes intérpretes?

Baste mencionar que en la lista de ganancias mundiales históricas del Internet Movie Data Base, la primera cinta del serial ocupa el cuarto lugar, detrás de otras dos franquicias fílmicas, El Señor de los Anillos y Piratas del Caribe, y la de mayores ganancias históricas de todas, el melodrama marinero Titanic –cuyas tres horas de duración quizás alcanzaban para armar dos filmes en la moda actual de películas por entregas.

El caso es que, según esta misma fuente, las ganancias totales de las cuatro películas previas han sido poco más de 3 mil 516 millones de dólares contra, por ejemplo, los 2 mil 911 millones del trío de cintas fantásticas sobre los anillos dirigida por Peter Jackson. A saber, luego de Harry Potter y la Piedra Filosofal (2001), la cartelera en el país ha sido ocupada por Harry Potter y la Cámara de los Secretos (2002), Harry Potter y el Prisionero de Azkaban (2004) y Harry Potter y el Cáliz de Fuego (2005).

A ello, habría de añadir, hasta estos días, los 208 millones de dólares que su quinta película Harry Potter y la Orden del Fénix, ha tenido de ganancias internacionales, con lo cual esta franquicia rebasaría los 3 mil 724 millones de dólares en taquilla, sin tomar en cuenta las ventas masivas de los libros.

En México, simplemente tres millones de espectadores le dejaron 23 millones de pesos en sus primeros cuatro días de exhibición, iniciada una semana antes del lanzamiento del libro final Harry Potter and the Deadly Hallows –en inglés en la edición de Scholastic, la de Océano en español para Latinoamérica se lanzará hasta inicios del 2008–, nada difícil de lograr si pensamos que su distribuidora, la Warner Brothers Pictures, invadió los cines mexicanos con mil 450 copias. Si tomamos en cuenta que en todo México existen 3 mil 762 pantallas en total, esto significa que los hechizos y las aflicciones del joven inglés ocupan el 38.54 por ciento de todos los cines del país, una de cada dos y media salas. Es decir que en un complejo Multiplex de 10 salas, cuatro nos ofrecerán este filme –y el resto será ocupado por Ratatouille, los Transformers, Duro de Matar y alguna que otra cinta accidentalmente exhibida.

Baste decir que incluso la muy inteligente autora de estos Best-Sellers, J.K. Rowling, tan celosa a la hora de vender los siete volúmenes impresos, no pudo luchar contra la imparable maquinaria del negocio de las películas. Si bien evitó que otro mago, Steven Spielberg tocara su obra –y volviera estadounidense al maguito, entre otras brillantes ideas–, no logró que el director Terry Jones del grupo Monty Phyton –de cintas como El sentido de la vida y La vida de Brian, y del guión para Laberinto– fuera el encargado de llevar la historia al celuloide.

A cambio, fue Chris Columbus –sí, el de la serie Mi pobre angelito–, el encargado de dirigir las dos primeras entregas con la garantía de lograr proyectos divertidos, llenos de efectos especiales de pastelazos y con valores familiares. Luego sería  el mexicano Carlos Cuarón –con su fama de llevarse bien con los jóvenes tras ¡Y tu mamá también! y La princesita–, quien llevó a la adolescencia al mago y sus compinches para la tercera entrega. Mike Newell, un director inglés de muy larga trayectoria –Cuatro bodas y un funeral, Brasco– recibió el encargo de la cuarta cinta, mientras que ahora, la quinta de la serie ha sido encargada a otro inglés, el director televisivo David Yates, quien deberá entregar, puntualmente, en el verano del 2008, Harry Potter y el Príncipe Mestizo.

La última cinta de la franquicia, aparentemente será estrenada en el 2010. La que podría traducirse como Harry Potter y los Mortales Consagrados nos debería mostrar un mago de 17 años, si bien el actor que lo representa tendrá 21 años, así que más que un icono de la magia tradicional inglesa, será un joven adulto que encarne la sobreexplotación del consumo masivo y de la filmación por encargo, de las franquicias y las hechicerías de la publicidad. No extraña que quienes llaman producto a las películas, piensen que las ganancias económicas sean la única magia posible.