 Mérida, 5 de junio de 2007. Casi nunca (mejor dicho, nunca) voy al cine para matar el tiempo, menos estando de viaje, pero el viernes, en Cancún, mi hermana Anna Erika y yo llevamos a su hijo Carlos y a nuestro sobrino Alejandro a ver Los piratas del Caribe mientras que, supuestamente, nosotras platicaríamos un rato. Sin embargo, Anna me cambió el plan y compró boletos para The Painted Veil. Ni siquiera sabíamos lo que nos esperaba, pero ella deseaba ver una película para adultos, pues suele ir al cine con su hijo.
Total, instaladas en la sala, anticipamos –por el cartel– que se trataba de una película de amor idílico: linda pareja en lancha surcando un río bajo hermoso atardecer en medio de paisaje espectacular. Efectivamente, The Painted Veil, basada en la novela del mismo nombre de W. Somerset Maugham es una cuestionable historia amorosa con dos bifurcaciones. La de ella, Kitty (Naomi Wats), hacia otro hombre, y la de él, Walter (Edward Norton), hacia la ciencia y la filantropía.
Walter se deslumbra con Kitty en Londres y le propone matrimonio cuando apenas se conocen; ella, harta de su madre, acepta y se van a vivir a Shangai. Ahí se enreda apasionadamente con un hombre casado del cual se enamora pronto pensando que podría vivir con él toda su vida, e incluso llega a proponérselo cuando su esposo se entera de esta relación y le da la disyuntiva del divorcio o irse con él a una aldea lejana donde prestará sus servicios como voluntario en la detención de una epidemia de cólera.
Kitty, sin más alternativa, renuncia a su amante y prácticamente a partir de entonces congela sus emociones. Durante los 15 días que les toma el viaje divaga y se ve molesta. Él, obviamente, ni la mira, y ya en la remota aldea que los acoge con decenas de muertos cada día a causa del cólera, hablan lo indispensable hasta que por fin, una noche en la que beben whisky con una pareja de amigos (un diplomático –el único inglés residente en esa aldea a su llegada– y su mujer), Kitty y Walter se besan y finalmente duermen juntos.
El núcleo de la película, entonces, es esa indiferencia casi interminable. La imagen alucinada del cartel es tan sólo una escena que simboliza la distensión en el matrimonio. Me pregunto cuál habrá sido para el escritor William Somerset Maugham el punto medular de su novela, publicada originalmente en 1925. Eso lo podré saber cuando lea el libro, pues seguramente la película obligará a que se haga una nueva edición, ¿o acaso está en circulación?
Eso sí, escuché un comentario en la BBC acerca de que Hollywood no presenta en esta versión de The Painted Veil (antes se habían hecho dos adaptaciones) el verdadero temperamento de Kitty en cuanto a su obsesión por el sexo y que, además, la muestran sumamente anticuada, comentarios que hacen más atractiva la novela, no para comparar, más bien para enriquecer mis recuerdos de lo visto en pantalla…
Anna Erika, mi hermana, no se clavó tanto como yo en la película. Quizá por la intensidad del aire acondicionado –nos tapamos con unas servilletas– y su cansancio después de un día de trabajo; bueno, hasta se durmió un ratito y al despertar Kitty estaba volviendo en sí con la noticia de que estaba embarazada, noticia traumática cuando hizo la cuenta de los meses… Luego, un desenlace inesperado, realmente nada feliz.
Al final, ni Anna ni yo supimos descifrar a qué alude eso de The Painted Veil, nada qué ver con el espantoso título en español: Al otro lado del mundo, posiblemente más apropiado para la historia de Los piratas del Caribe.
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