 Mérida, 6 de junio de 2007. Una de las misiones del Ejército Mexicano en la zona sureste del país consiste, como me consta, en vigilar la zona limítrofe de Quintana Roo con Belice. He visto a los soldados en las cercanías de Chetumal, en la región maya, deteniendo vehículos para supervisar el contenido de las cajuelas, y también en Subteniente López, línea fronteriza donde hacen bajar a la gente de su auto con el fin de controlar el equipaje. Es cuando los he visto en acción, aparte de contadas ocasiones en que transitan en sus camionetas por la ciudad de Mérida empuñando sus armas.
Ah, y ahora me acuerdo cuando, a raíz de la visita de Bush, un grupo de jóvenes soldados me detuvo en las proximidades de la puerta principal del aeropuerto de la capital yucateca haciéndome bajar del auto para inspeccionarlo detalladamente.
Fuera de eso, no he tenido contacto con el cuerpo militar, y por fortuna jamás he presenciado ninguno de los actos de prepotencia salvaje que documenta El Violín, fascinante película mexicana en exhibición en la cartelera nacional. La cinta testifica la virulencia de que son capaces. Reprimen, violan y asesinan a los indígenas de una comunidad levantada en contra de su gobierno.
El guionista, productor y director, Francisco Vargas Quevedo lleva la historia de la siguiente forma: Primero muestra cómo los soldados toman con lujo de violencia una apartada comunidad campesina. Después nos pone frente a las personas que viven aquí y los personajes clave de la historia: Don Plutarco, un viejo violinista heredero de una tradición musical, su hijo Genaro (magnífica actuación de Gerardo Taracena) y su nieto. A ellos los vemos caminar un largo trayecto para abordar la típica camioneta de redilas con el pasaje agarrándose de donde puede para sostenerse en pie, y luego viene la escena en la que se manifiesta, en concreto, el enfrentamiento de los civiles contra los militares.
Don Plutarco se lleva la película porque, en gran parte, es él quien la suscitó, tal como escuché que Francisco Vargas le comentó a Carmen Aristegui en entrevista en CNN. Su peculiar manera de tocar, a pesar de no tener la mano derecha, conmovió al realizador cuando éste se encontraba haciendo un documental sobre la música popular mexicana. Entre Vargas y don Ángel Tavira, su verdadero nombre, se da tal empatía, que pronto lo convierte en un adorado personaje de la cinematografía nacional.
Don Plutarco se las ingenia para participar activamente en la lucha de la que su hijo es parte sustancial como dirigente, a la par de otras mujeres líderes. Gracias a que interpreta el violín de manera admirable consigue ganarse al jefe de los militares aplazados en su territorio y se hace de las balas y cartuchos que, ocultas en la milpa, sólo él es capaz de rescatar.
Gracias a la música, El Capitán (excelentemente representado por Dagoberto Gama) se sensibiliza un poco, pero las escenas en las que le pide a don Plutarco que toque para él aun pudiendo ser apacibles, se vuelven sumamente dramáticas, y es cuando el público entra en estado de máxima tensión al no saber cuál puede ser el desenlace...
Los hechos nos llevan a un final de mísera realidad y trepidante desconsuelo: justo lo que no vemos en el día a día pero está ahí, donde retiembla la tierra.
|