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¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?
Andanzas eusebianas*
Eusebio Ruvalcaba

—Qué buen título.

—Gracias.

—Tú has escrito varios libros de cuentos, ¿cuál es la historia de éste?

—Pues es como la historia de cualquier libro, que atrás de él no hay más que atropellos, malentendidos, además de ciertas coincidencias, ciertos atisbos. Y siempre la suerte, o el azar que es lo mismo. Te cuento que antes de emprender la elaboración de ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito? yo no tenía la menor idea de en qué consistía un cuento, quiero decir un cuento formal (los únicos que conocía eran los que me contaba mi abuelita), cosa que no es para sentirse orgulloso sino todo lo contrario; en fin, si ahora soy ignorante antes lo era mucho más. Hasta que se me ocurrió preguntarle a Vicente Quirarte en qué consistía esa cosa que llamaban cuento. Él simplemente se me quedó mirando como diciendo qué barbaridad, y respondió: “Que pase algo. El único chiste de un cuento es que pase algo”. Cuando escuché eso se me abrió un mundo. Jamás en la vida se me hubiera ocurrido una respuesta tan simple para una entidad tan compleja. Recuerdo que Maris, mi esposa de aquel entonces, me sugirió que leyera la revista El cuento, que ella leía y que seguramente me despejaría numerosas dudas. La verdad me dio flojera hacerlo. Adentro de mí sentía bullir docenas de historias, y en vez de acometer la lectura de la revista decidí ponerme a escribir cuentos. El primero que escribí, y que no está incluido en ninguno de los libros que he escrito del género, se intitula Antisonata; es muy malo (un pianista que pierde el juicio durante un concierto, por los demonios que lo invaden desde sus oquedades más profundas), pero aun así recibió un premio que a nivel nacional promovía un periódico ya desaparecido: El Nacional. Te estoy hablando de 1977, 78 o algo así.

—¿Tomaste algún taller de cuento antes de publicar ¿Nunca te amarraron...?

—Sí, aunque propiamente no era un taller de cuento sino de creación literaria. Había una beca por aquel entonces, en 1979 o 1980, si mal no recuerdo, que otorgaba el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Fonapas (no te sé descomponer esta palabra; quién sabe qué diablos signifique). Pues bien, un año la obtuve en poesía y al siguiente en narrativa. El taller lo impartía un escritor argentino ya fallecido: Humberto Costantini. Me latía mucho su modo de impartir el taller. Por las calles de Perugino. Una vez que llegué borracho, me dijo: “Venís inmortal”, clausuró la sesión y nos dedicamos a beber. Aún recuerdo a algunos de los que estuvimos en ese taller: Salvador Castañeda y Fidencio González Montes; de los otros no me acuerdo. Bueno, pues ahí varios cuentos cuyo destino fue el bote de la basura. Siempre he disfrutado enormemente arrojar mis manuscritos a la basura. Es una sensación extraña. Pero me preguntaste acerca de la historia de este libro. Hay más cosas que decirte. Antes de que viera la luz en la editorial Planeta, estuvo en poder de Sonia Miró, la directora de Editores Mexicanos Unidos. En ese tiempo, Sonia estaba muy entusiasmada publicando dramaturgos mexicanos. A ella le gustaban mis cuentos, y más aún a su señor padre, de nombre Fidel, un español culto y de visión y arrojo. Imponente. Recuerdo que a este hombre le leía mis cuentos directamente del manuscrito. Se conmovía mucho. Pues bien, Sonia me propuso publicar el libro. Firmamos un contrato, e incluso llegué a revisar las primeras pruebas, pero algo se atravesó y el libro jamás salió... en esa editorial.

—Háblame de un cuento que me llama particularmente la atención, por su brevedad, su fuerza...

—¿Cuál?...

                                                                                                                                                                                                                                                                                                        Continuará...