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¿Quién le teme a la oración compuesta?
Columna La letra con sangre
Sandro Cohen

Mi columna de la semana pasada sí levantó ámpula. Hasta me escribió un señor, muy amable, para comunicarme lo decepcionado que estaba conmigo, pues es defensor a ultranza de las oraciones simples. Le respondí que a mí también me gustan, pero no se puede tapar el sol con un dedo: se usan sólo de vez en cuando en la escritura formal, y en el habla, mucho menos. Por eso, si los maestros se limitan a enseñar oraciones simples, si no explican cómo pensamos, hablamos y escribimos en la dura realidad, seguiremos siendo un país de pésimos redactores.

No hay por qué temerle a la oración compuesta. Me gustaría hacer un letrero para colgar en el salón de clase: “La oración compuesta es nuestra amiga”. El problema tiene mucho que ver con la nomenclatura. Asusta. Cada cosa tiene su nombre, y muchas veces tiene demasiados nombres, por las diversas gramáticas que andan rondando, como la tradicional, la estructuralista, la transformacional, etcétera. Pero una vez que sabemos de qué estamos hablando, las cosas se simplifican sensiblemente. Veamos:

Cada vez que hay un verbo conjugado, hay una oración. Si hay dos verbos conjugados, hay dos oraciones. La proposición “Quiero que vengas” puede parecer muy sencilla, pero en términos gramaticales es una oración compuesta porque tiene dos verbos: quiero y vengas. Se trata de una combinación de dos oraciones, y sólo hay dos maneras de combinar oraciones, coordinando y subordinando, y en ambos casos tenemos como resultado una oración compuesta. No hay por qué asustarse: es normal.

El dolor de cabeza principal de los redactores líricos estriba en que pretenden escribir como hablan, pero por bien que sepan conversar, la escritura es otro lenguaje por completo: tiene su propia lógica, sus propias necesidades, y le falta un montón de cosas que en el lenguaje oral son obvias: la presencia física de un interlocutor con sus ademanes, gestos, tono de voz, contacto visual… Vaya: hasta conocemos el contexto en que sus palabras están insertadas sin que él tenga que explicitarlo. En el lenguaje escrito, sin embargo, sólo tenemos palabras y signos de puntuación (los cuales brillan por su ausencia en el lenguaje oral). Nuestras armas son reducidas, y por eso es preciso emplearlas con inteligencia y astucia de modo que el lector reciba el mensaje que nosotros deseamos enviarle, y no otro. Con puras oraciones simples sería imposible porque, en el mundo donde vivimos, todo está interrelacionado. Hasta nuestros pensamientos están interrelacionados, y así los expresamos. ¿Cómo podría escribir “Quiero que vengas” en una oración simple? No se puede porque necesito relacionar mi deseo (quiero) con una acción (que vengas): Yo quiero que tú vengas.

La primera oración, independiente, subordina a la segunda. Como vimos, también existen relaciones de coordinación, como en “Tengo ganas de ir al cine, pero me falta dinero”. Sólo hay dos tipos de coordinación (mediante conjunciones como pero, o ciertos signos de puntuación), y tres clases de subordinación. Y si reconocemos cómo funcionan, estaremos en condiciones de mejorar muchísimo lo que escribimos.

sandrocohen@prodigy.net.mx