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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
¿Qué son las mujeres? ¿Quiénes son? No lo sé, nadie lo sabe. Le envío un correo a la mujer X diciéndole cuánto la quise. Cuánto la amé. Recordándole nuestras caminatas por callejones solitarios, peligrosos, donde le levantaba la falda y nos amábamos como dos adolescentes; las promesas formuladas en momentos de pasión —“quiero recorrer contigo mis rincones de San Miguel Allende”, “voy a encaminar mi vida para que tengas una casita en el campo en donde puedas escribir, beber y oír música”, “siempre estaré para ti, siempre”—, las palabras dichas y, sobre todo, las no dichas. Le pregunto por qué no me contestó más el teléfono, por qué nunca más se puso en contacto conmigo. Le doy las gracias. Por supuesto que sí. Permeó mi vida de un sol que creía extinto. Despertó en mí un deseo que no había vuelto a sentir. ¿Por qué todo se acaba? Es la ley de la vida. Todo se lo acaba llevando el caño. Aun el amor más fuerte acaba siendo pasto de gusanos. Aun las palabras más hermosas, las caricias más entrañables, acaban en el ducto del inodoro. Cuando menos los protagonistas terminan consagrados, limpios de tanta mierda, para, entre más pronto mejor, hundirse una vez más en la oquedad. Y mejor entre más profunda.
Revivo con Julio Derbez del Pino. Bebo un vino que me sabe a gloria. Siempre aprendo a su lado. Me dice algo que jamás olvidaré: “La más grande verdad, la más profunda e insondable verdad puede destruir a una persona, o hacerla feliz. Si tú le avientas una gema a una persona en la cara la puedes herir de muerte, pero si la preparas para recibirla la puedes hacer inmensamente dichosa. Todo depende”. Es cierto. Pero lo que más me asombra es su conocimiento de la condición humana. Se adelanta a cada gesto, a cada actitud. Mide sus palabras, calibra su mirada. Sabe qué mirar y qué despreciar. Es una especie de anciano zen y niño de la calle: alguien que sabe atisbar, cuchichear, urdir, arremeter.
Me llama Leonor. Quiere verme, pero yo me niego. Para qué la voy a hacer sufrir. Que siga su vida. Es joven —27 años—, imbuida de aplomo y optimismo. Qué le puede llamar la atención de un hombre de 54 años. Nada. Absolutamente nada. Me dice que me quiere —¿qué puede saber una jovencita del amor?—, que vaya a su casa, que quiere leerme los poemas que ha escrito para mí. ¿De verdad el amor es tan vacuo que habrá de concluir en literatura?, me pregunto mientras la escucho. Le cuelgo el teléfono. Al instante me arrepiento. El timbre vuelve a sonar pero no contesto más.
Digo que viví entre pianos y es cierto. Ahora que este piano negro, vertical, de segunda mano —los mejores instrumentos siempre son de segunda mano, cuando no hasta de tercera—, recién llegado, sobrevive en la sala de mi casa, me pregunto a quién habrá pertenecido. Cuántos artistas no habrán posado sus manos en él. Por lo pronto, el compositor Leonardo Coral vino a comer, e intempestivamente tocó su sonata No. 4. Mientras mis hijos lo escuchaban intrigados y mi esposa Coral acariciaba mi mano, yo agradecía a Dios. Cuántas cosas tuvieron que haber pasado para que un artista como él estrenara una obra suya en un pobre recinto como lo es mi casa.
Despierto con una zozobra imbatible. Todos los días toco la belleza, que es decir el pensamiento más indestructible —aún más que el religioso. ¿Hasta cuándo durará? ¿Qué significa el mañana? ¿Y si me quedo sordo?
eusebius1951@cablevision.net.mx
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