You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

El chelo en México tiene una historia trepidante; no en el sentido de que haya chelistas a granel, sino en el de que ha habido maestros magníficos de este instrumento. El primero que ahora quiero destacar es Arturo Xavier González, oriundo de Tequila, Jalisco. Figura emérita en su estado, su musicalidad era proverbial; al punto de que no había solista importante que se presentara en Guadalajara que no insistiera en escucharlo. Conocido  como “El Güero”, tuvo que ganarse la vida lo mismo dando conciertos que dirigiendo la banda del estado; impartiendo clases que tocando en bautizos, primeras comuniones, XV años y bodas (tenía su propia orquesta para estos menesteres; me parece que se llamaba “Las cinco estrellas”). Pero hay más chelistas. Cómo no mencionar a Domingo González (que en los años treinta fue chelista del cuarteto Ruvalcaba), padre de Lorenzo González, hasta hace poco violín concertino de la Ofunam; Guillermo Helguera, que en los cincuenta tocó con el cuarteto Lener el quinteto para dos chelos de Schubert, maestro respetadísimo y apenas ayer primer chelo de la Sinfónica Nacional; Jesús Ruvalcaba, a quien todos nombran “El Pelón”, oriundo de Tlaquepaque, y que hasta dormido toca el concierto de Schumann; Carlos Prieto, de todos conocido, y, desde luego, Ignacio Mariscal. Me atrevería a decir que, hoy por hoy, la personalidad musical de este hombre es una de las más sólidas en lo que a la ejecución del chelo se refiere. El maestro Mariscal se ha vuelto uno con el chelo; quiero decir, que cuando se escuchan sus interpretaciones es posible identificar la propia voz de Mariscal tras el instrumento. En su caso, la técnica ha sido sometida para darle relieve a la emoción. Hacer de la técnica una herramienta y no un fin, esto es, un camino hacia la musicalidad, habla del espíritu incomplaciente de un artista, de quien piensa en música y siente en música, y esto es justo lo que escuchamos cuando oímos el cedé Tres compositores. Tres generaciones (Conaculta/ Quindecim). En efecto, se trata de tres obras representativas de tres modos de hacer música en México: la Sonata para violoncello y piano de Leonardo Coral, Música para teatro III de Federico Ibarra, y Sonata para violoncello y piano de Manuel M. Ponce. Con la notable Teresa Frenk al piano, las versiones de Ignacio Mariscal son de vigor puro. La interpretación es tan perfecta, enjundiosa y sobrecogedora, que, de inmediato, desde las primeras notas —el cedé arranca con la obra de Leonardo Coral—, el escucha ya está inmerso en el tramado del instrumento. El productor de este disco, precisamente Ignacio Mariscal —quien, por cierto, y para sorpresa de todos, también es el autor de la fotografía que consta en la portada—, hizo muy bien en colocar la sonata de Coral en primer término, y no por otra cosa cuanto porque, a mi modo de ver, es la obra más punzante de las tres, y, hasta cierto punto, la que más posibilidades ofrece al violoncello en lo que compete a un lenguaje de nuestro tiempo. Esto, sin menoscabo de la bellísima sonata de Ponce, y, desde luego, de la de Ibarra, ciertamente sin etiqueta alguna. Sin duda Tres compositores. Tres generaciones representa un espléndido trabajo, una de esas excepcionales muestras de lo que es posible lograr cuando dos ejecutantes de primera ponen su talento al servicio de la música. Ya lo dije: al servicio de la música. Quiero hacer énfasis ahora en Teresa Frenk. No voy a hablar de su trayectoria ni de su carrera, que esos datos se pueden localizar hasta por Internet. Más bien voy a insistir en su arte pianístico. No es nada fácil la labor de conjunto que ella hace al lado de Ignacio Mariscal. El piano, instrumento protagónico por antonomasia, se presta de las mil maravillas a dar más de sí y apabullar todo en torno, o bien, si se trata de ser modestos, a pasar casi inadvertido. Y justo es aquí donde se redondea la sabiduría musical de Teresa Frenk. Porque por encima de un estrellato que bien arruinaría la labor de conjunto, que ésta y no otra constituye la quintaesencia de la música de cámara, y muy lejos de quedarse a la sombra, su modo de tocar el piano concilia la voz propia con la del chelo. Cuánto de las frases trascendentales, acaso de los momentos más sublimes que registran las tres obras que comprenden este disco, no descansan en el trabajo pianístico de Teresa Frenk, entendido éste como la empresa de dos almas afines. Decía mi padre, el maestro Higinio Ruvalcaba, ducho en este sortear los temporales adversos de la música de cámara, que cuando dos intérpretes coinciden en igualdad de espíritu representa un momento feliz en la historia de la música.

eusebius1951@cablevision.net.mx