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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Jesús Rito, joven oaxaqueño, pone en mis manos el manuscrito de su libro de poemas Recuerdos que no emigran. Comparto “Telescopio de almas”, uno de los textos más logrados: “Observo la luna/ con un telescopio que nadie más tiene./ Se observan astros y almas./ He visto con él/ más almas desdichadas/ que granos de arena en una playa./ ¿Cuál es la razón de la desdicha?/ Todas las almas perdidas por cosas banales./ Un alma prefiere morir/ a habitar este mundo/ donde todos viven para matar/ en cuerpo y alma.// Inventamos la filosofía/ para conocer el alma,/ quieren abrirla con el bisturí/ y estudiar sus órganos./ No sé mucho de filosofía/ y menos de medicina,/ pero sé que al hablar/ liberamos partículas del alma.// Los que desean estudiarla, que tomen cada una de las partículas/ y la observen,/ la olfateen/ y den su diagnóstico./ Los resultados/ los he visto por mi telescopio/ y no hay nada nuevo,/ todo es tan viejo/ como la creación del universo./ Este cáncer no es curable/ y está acabando con todos,/ uno por uno/ hasta el final”. Hombre disciplinado, de sangre liviana, Jesús Rito ha logrado escribir un libro de atisbos poéticos que bien evocan la mirada incisiva del poeta maduro. Dice: “Los niños juegan,/ el mar sonríe/ y observa./ Ola a ola el tiempo transcurre,/ el patio de mi vida es la mar,/ algarabía de sueños infantiles;/ recuerdos que no emigran”.Todos los escritores, o la inmensa mayoría de ellos, afirman que una de las obligaciones de quien se dedica a la letra escrita es leer en abundancia, prácticamente todo lo que cae a la mano. Yo estoy de acuerdo, pero desde luego sometido este axioma a cierto criterio selectivo, sin importar fama o antecedentes del sujeto de lectura. Por ejemplo, creo que cuando se es joven hay que leer con cierta caución a los autores del realismo mágico pues su exacerbada fantasía es capaz de sepultar talentos proclives al expresionismo —y peor aún con miras a la racha onírica—, que de ese modo corren el riesgo de ver apagada su llama interior. Pero hay lecturas que no sólo afectan a los jóvenes. Ahora mismo estoy en la recta final de la novela-monstruo La decisión de Sophie de William Styron, y de verdad que ha sido tan aplastante el impacto que ha ejercido en mi trabajo la prosa incendiaria de este hombre, que me ha provocado lo que bien podría definirse como impotencia escritural. Sin contar las ventajas que esto podría significar —me siento con las manos amarradas, lo cual, me temo, devendrá en un desfogue demencial—, por lo pronto no puedo quitarme de encima la inmensa losa de Styron. Uno lee a cantidad respetable de autores, pero pocos calan tan hondamente. Pocos laceran tan profunda y despiadadamente el alma humana. Por eso causan ceguera alrededor. Es como cuando se ve el sol, que deja inerme al espectador.Hoy, este día, extraño a mis amigos muertos. Y a su salud, sobre todo de Arturo Román Domínguez, cometo un sacrilegio, algo que le hubiese causado gracia. Mi esposa guarda bajo llave los primeros biberones de mis hijos. Saco uno de ellos, que tiene dibujados unos ositos —seguramente fue de León Ricardo— y lo lleno de vino tinto Undurraga. Lo cierro y comienzo a beberlo. Ah, qué delicia. El vino sabe aún más exquisito. Este país sería otro si los niños se educaran con vino. Escucho el gorgoteo cada vez que sorbo. Escribo y bebo. Bebo y escribo. Aunque con un ojo al gato y otro al garabato. Si mi mujer se asoma en este momento soy hombre muerto. Escucho con absoluto dolor —porque me estruja, me conduele y me devuelve a mi condición de hombre— el Responsorio in memoriam Rodolfo Halffter para fagot (Wendy Holdaway), dos bombos y cuatro campanas tubulares (Ricardo Gallardo y Alfonso Mendoza) de Mario Lavista, una de las obras que se incluyen en su CD Cuaderno de viaje. Música de cámara. En sólo 12 minutos y fracción, Lavista logró traspasar la montaña. Desde esa cima, es posible avistar la muerte entendida como una recompensa, como el último peldaño para quienes se atreven a contemplar la dicha. Sin perder la entereza, compás a compás, dueño integérrimo de su oficio, el compositor Mario Lavista, arquitrabe de la economía del sonido, pone al escucha contra la pared. ¿Esto es la música?, cualquiera se pregunta: ¿diseccionarme, abrevar de lo más profundo de mí, restregarme la belleza del silencio, de las últimas palabras? La música de Mario Lavista es eso: una mirada, la más despiadada de todas, hacia el centro de nosotros mismos. No cualquiera logra esto, y menos con esas bolitas negras que para muchos son un mero escalón hacia la fama, la frivolidad o la estulticia.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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