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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba |
Cada vez soy más adicto de Tlalpan, lo que en buen español se traduce como pretexto para no trasladarme a ningún lado esquina síndrome de aislamiento. Con tal de no estar, soy capaz de decir que me morí. Es más, hasta al conocimiento de nuevas mujeres le doy la vuelta. Prefiero consumirme en el pequeño espacio donde vivo. No tengo jardín, no tengo patio, pero en cambio tengo soledad, que ya es ganancia en estos tiempos en que nadie tiene tiempo para sí mismo. Y tengo la música, que vigila mi destino. Gozo tanto mi misantropía en este pueblo solitario, que planeo las cosas de tal modo que sólo una vez tenga que ir a la ciudad de México. Entonces sí, salgo de casa por la mañana y no regreso hasta muy entrada la noche.Le llego al centro. Una vez a la semana me gusta recorrer los rincones y vericuetos de la gran urbe. Donde caiga. Reconozco que la calle de Moneda no es precisamente lo más recomendable a las once de la noche de un día cualquiera. Pero hace tanto que no ando por estas calles a esta hora, que miro atentamente cada cosa a mi alrededor. La huella de los vendedores ambulantes es manifiesta. Camino entre basura, ratas que se escabullen, cucarachas del tamaño de una credencial de elector, delincuentes apostados en la banqueta, o en los escalones de la entrada de una vecindad; drogos que se golpean la cabeza contra el filo de una arista, beodos que claman su desventura a la bóveda celeste. Y me toca ver algo inusitado: dos chavos punk asaltan a un peatón que camina delante de mí, el típico burócrata de traje gris; lo van empujando de golpe en golpe hasta recargarlo en un fino automóvil negro, estacionado en la banqueta del Palacio Nacional, a unos pasos de la cantina El Nivel; pero lo inusitado consiste en que dentro del auto hay dos guaruras, que de inmediato se bajan y le ordenan a los asaltantes que perpetren su delito más adelante, donde no rayen el carro. Por supuesto, los jóvenes obedecen de inmediato. Vuelven los bolsillos del saco y el pantalón de la víctima y vacían en el suelo el portafolios que porta. Le quitan el reloj. Digamos que el hombre resultó sano y salvo. ¿Cuánto le habrán robado? Tal vez veinte pesos, quizás cincuenta. Visito a Juan Manuel Sámano, joven clarinetista. Vive en Coyoacán. Toco la puerta y me abre él mismo luego de cerciorarse de que soy yo. Está pálido. Me dice que no hacía ni una hora había salido de su casa en compañía de un amigo también músico, y que un policía paramilitar a bordo de una moto se detuvo delante de ellos, se bajó de su vehículo y los amagó acusándolos de drogadicción. Que atrás de la moto venía una patrulla, que también se detuvo pero cuyos tripulantes no se bajaron. Que el tipo de la moto, todo de negro y con una metralleta al cinto, los cateó como si fueran delincuentes, les dijo que se anduvieran con cuidado, y por fin se subió a su moto y se fue como alma que lleva el diablo. Con la patrulla detrás. Vamos a tranquilizarnos, le digo, por qué no oímos música. Abre una botella de vodka Oso Negro y pone el quinteto de Mozart para clarinete y cuerdas. Escuchamos la obra maestra, y la música y el alcohol, más la situación que acaba de vivir, ponen a Juan Manuel en un estado febril. Suda a chorros. Se quita la camisa y la camiseta y se recuesta en el sofá. De pronto, por sus mejillas empiezan a escurrir lágrimas devastadoras, que me revelan un Juan Manuel desconocido. No puedo evitarlo y yo también lloro. Sé que de nada sirve, pero le leo un fragmento de Vicente Gallego, el poeta español que esta vez llevo conmigo: “Porque canté tu gloria,/ porque supe servirte humildemente,/ porque el dócil gobierno de mi timón fue tuyo,/ no te olvides de mí,/ misterioso vigor que de mi proa faltas,/ empecinado afán, padre del hombre,/ soplo fresco en la llaga de nuestro apego al mundo”.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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