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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba (Foto: E. R. en Mérida)

M
i hijo León Ricardo está muy preocupado porque alguien en la escuela le aseguró que la gente se muere después de los 50. Entonces le leo un poema de Borges donde habla de lo que se pierde y lo que se gana (se pierde todo, se gana el hecho de poder haber escrito ese poema) cuando se llega a esa edad. Pero al momento de abrir el libro, una hormiga cruza rápidamente la página, y, sin dudarlo un segundo, la mato con mi índice de fuego. No lo hubiera hecho. Al instante, León Ricardo me embarra mi falta de piedad. “Tú no sabes lo que hiciste matando esa hormiguita”, me dice. Y entonces me suelta una homilía que haría palidecer de envidia al nuevo papa enemigo del condón: “¿Sabes cuántos tigres blancos quedan en el mundo? ¿No sabes que se hacen zapatos de los cocodrilos, pobrecitos? ¿Sabes que para hacer un libro como los que tú haces se matan árboles, y que el petróleo mata los animales marinos, y que encima nos vamos a quedar sin agua?” Me quedo callado, de verdad no sé qué contestar. Miro el cuerpo de la hormiga, embarrado en la yema de mi dedo como una mancha de tinta negra, y le respondo: “Lo lamento muchísimo, nunca debí haber matado esa pinche hormiga”. Por cierto, en el libro me encuentro una frase que habré escrito hace 20 o más años, y que intitulé como Regla de oro. Dice: “Eusebio adulto: nunca hagas nada que traicione al Eusebio niño”. Bueno, a las hormigas siempre me encantó matarlas. Descubría yo una fila de hormigas, y en seguida  le prendía fuego al extremo de un repuesto de tinta de aquellas plumas Wereaver; lo siguiente era atinarle a las hormigas cada vez que una bolita de fuego caía al suelo. Sentía que eran bombas que arrojaba desde un avión. Ahora ya no hay ni moscas —cuando menos por donde yo vivo—, pero en mi niñez no hubo vacaciones en que no dedicara varios días a exterminarlas. Tenía establecido mi récord. Salía al mediodía con el matamoscas en la mano, y de inmediato comenzaba la carnicería. Cómo me divertía. Recuerdo que una ocasión que saqué diez de calificación en todo, a modo de premio mi padre me regaló dos matamoscas. Así pues, salía al patio como un asesino despiadado.

Escucho la versión de Ignacio Mariscal y Teresa Frenk de las sonatas para chelo y piano de Beethoven (Quindecim/UNAM). Es soberbia. Ignacio Mariscal es dueño de un arrojo y de una intensidad para tocar, que deja muy atrás las versiones acartonadas de otros chelistas, mexicanos o no. Su cabal comprensión de la música le permite divertirse cuando toca (digo “divertirse” en el mejor sentido de la palabra, aquel derivado de la libertad de hacer las cosas como el corazón lo dicta). Esto es inusitado. Por regla general, los ejecutantes se ponen la camisa de fuerza de la solemnidad cuando interpretan una obra, lo que termina por matar la frescura de la música. En efecto, estas sonatas beethovenianas rezuman espontaneidad, pero en la misma medida introspección y cierto sentimiento desgarrador —sobre todo, a mi modo de ver (de oír) en las opus 102—, coctel que Mariscal y Frenk mezclan con sabiduría y buen gusto. Pese a que estas sonatas se consiguen con intérpretes de fama mundial, sin duda vale la pena sentarse a escuchar el punto de vista (de oído) de Mariscal y Frenk. ¿Por qué no?

Como y bebo con el poeta Alfredo Giles-Díaz. Es un deleite hacerlo con él. A su buen gusto culinario, añade una muy certera dosis de charla amena y erudita. Digo yo que la conversación es un arte en decadencia. Por eso da alegría acercarse a un buen contertulio. Platicar con el poeta Giles-Díaz —también ensayista; su inédito sobre reflexiones filosóficas pugna por ver la luz— significa  un poco, un mucho, asomarse a esos vericuetos de la condición humana que sólo se dan al calor de un buen vino: las observaciones sobre la belleza femenina, sobre el discurso literario, sobre el bagaje poético. No sólo pasma con sus alcances Giles-Díaz, sino que le permite a su interlocutor —aun bisoño, como lo es mi caso— hacer derroche de sus limitaciones.
                                                                                                       eusebius1951@cablevision.net.mx