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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba

Extraigo un dislate del libro Mozart (Mondadori) de Peter Gay. Cuando habla de la madurez mozartiana en lo que a sus sinfonías se refiere, afirma: “Sólo en 1773, cuando Mozart tenía diecisiete años y ya había escrito más de una docena de sinfonías, emergió su auténtico genio como compositor sinfónico. La sinfonía No. 29 en la mayor, K. 201, rica en material temático original, destaca por ser un movimiento especialmente bello, muy por encima de las piezas anteriores”; tremendo error cuando pensamos en una sinfonía anterior, la No. 25 en sol menor, K. 183, que también compuso a sus diecisiete años, y que es, sin duda, muy superior a la 29. No en balde ha sido calificada como “milagro”, “obra maestra consumada bajo cualquier prisma”, “piedra angular en la historia de la música”, “meteorito ardiente”, “árbol que oxigena el campo de la música”.

Todas las mañanas camino sobre San Fernando. E invariablemente me detengo en cuatro sitios: la casa de Santa Anna, la casa donde Morelos estuvo prisionero, un restaurante abandonado y el puesto de periódicos —precisamente en la esquina de Sabino y San Fernando. Pero vamos por partes. Siempre me llamó la atención esa casa enorme que se encuentra en la esquina de Juárez y San Fernando. Es majestuosa. Si uno se acerca lo suficiente, es posible leer el siguiente letrero: “Casa de Santa Anna. Construida en el siglo XVII, servía de alojamiento al general Antonio López de Santa Anna durante su estancia en esta localidad de Tlalpan. Se criaban aquí finos gallos de pelea”. Y eso es todo. Más encendida es la leyenda que se encuentra empotrada, muy a lo alto, en otra vieja casona, histórica por razones muy diferentes, a una cuadra de la de Santa Anna. Dice: “A Morelos. In memoriam. Esta fue tu prisión ¡oh gran soldado! Por el crimen de habernos libertado. La Junta Patriótica Particular. 1890”. Cuando supe que ahí había estado el Generalísimo, caí en la cuenta de la nomenclatura de Tlalpan. Calles como Congreso, Hermenegildo Galeana, Catipoato, Mariano Matamoros, Jojutla, Calvario, Chilapa, Tesoquipa, Cuautla, el Niño Artillero, adquieren otra dimensión a través de ese prisma llamada Morelos... Y así me sigo hasta el restaurante abandonado (San Fernando y Cruz Verde). Conforme me voy acercando siento unas hormigas que recorren mi columna vertebral: yace ahí, justo en la entrada, una rata muerta, tan grande como un gracioso conejito. Ignoro cómo llegó ahí: ¿la empujó de una patada un piadoso transeúnte?, ¿la mató un gato?, ¿se peleó con otra rata?, ¿murió de vejez?, ¿o tal vez de diabetes? Quién sabe. Cada vez la miro más acuciosamente. Día a día —lleva ahí alrededor de dos semanas—la observo con más detenimiento, como si estuviera mirando el aparador de una tienda de plumas Mont Blanc. Ya está agusanada. Si primero las moscas delataron su cuerpo —las había por decenas, de todos colores, azules, verdes, rojas, doradas, volaban en torno de ella, y de pronto se posaban en su hocico, en sus ojos, en su vientre abultado—, ahora son los gusanos los que bullen enfebrecidamente mientras la devoran. De allí salieron y de allí se alimentan. Donde había ojos ya no los hay más, sólo dos cuencas vacías; el resto de su cuerpo es mero fiambre. No deja de ser paradójico que se encuentre a la entrada de un restaurante. ¿Se habrán imaginado los comensales que algún día la carta incluiría semejante platillo? Y por último, ya calientito por la rata, me detengo ante el puesto de periódicos que se ubica en la esquina de San Fernando y Sabino. Cruzo palabras con Nacho, el dueño, y, como siempre, como todas las mañanas, detengo mis ojos en las decenas de revistas pornográficas que habitualmente se exhiben ahí, como en cualquier kiosco de la ciudad de México. Miro y miro. Cómo me deleita contemplar aquellas tetas, aquellos culos, aquellos muslos. Pero no compro ninguna. Cuando yo era niño no existía este mercado de carne fotográfico. Los niños y adolescentes de aquella época teníamos que recurrir a la imaginación para descubrir el cuerpo femenino; o a espiar a nuestra hermana por el ojo de la cerradura.

eusebius1951@cablevision.net.mx