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| Andanzas eusebianas |
| Columna semanal |
| Eusebio Ruvalcaba (Fotos: Ficticia) |
 Leo Guantes blancos. Las redes del futbol (edit. Ficticia en su colección Ediciones del Futbolista) de Félix Fernández Christlieb. Una cosa me viene a la mente, aquella sentencia de que hablara Stevenson en el sentido de que un libro, para que se jacte de serlo, habría de poseer encanto. Y sin duda alguna este volumen es un libro encantador. Aparte de mantener al lector atento de principio a fin, en la relación de las cientos de anécdotas que le ha tocado vivir a Fernández Christlieb en lo que se refiere al ejercicio y la práctica del futbol, con sus cumbres y sus precipicios, sus santos varones y sus demonios, sus pobrezas y sus riquezas, la prosa, la prosa de Fernández Christlieb, desprende cierto jugo de buen gusto y carroñería muy difícil de obtener aun por escritores con harta malicia narrativa. Tal vez se deba a que este señor futbolista —portero, pues— no se asume como un escritor hecho y derecho (lo cual le permite burlarse de sí mismo), o tal vez a que para él la palabra escrita no significa más que un puente entre un hombre y otro, y no el trampolín a la fama, el dinero o el deleznable reconocimiento. Toda vez que Félix Fernández es una persona más que conocida, no tiene que lambisconear a nadie ni sujetarse a caprichos veleidosos dictados por editores de poca monta, para que su nombre aparezca en los medios; lo cual le da libertad y solvencia. Muchos son los escritores que han escrito sobre futbol, que el futbol ha significado para ellos un modo de aproximarse a la literatura, o de estar en ella, pero muy pocos los futbolistas que han podido expresarse a través de la palabra escrita. Y Félix lo hace muy bien, por una sola y simple razón: porque, además de cierta dosis de talento literario y lecturas, tiene una necesidad inaplazable de contar, de compartir, de poner sus vivencias en los ojos de sus amigos, de sus allegados, de la gente que lo conoce, que ha seguido su trayectoria, y aun del lector profano, que en la vida había oído su nombre.
Escucho las Variaciones Goldberg en la versión de Uri Caine. Vaya que si el maestro Bach se habría sorprendido de este modo de interpretarlo —no sé si hubiera celebrado a Caine o colgado de la lámpara—, tan lejano de cualquier convención. El escritor Arturo Rangel —autor de una novela erótica al rojo vivo, Ssshh (ed. de autor) que nadie tomó en cuenta (Arturo no pertenece a capillita alguna) y que cuando menos tiene una cosa envidiable: cachondería sin vulgaridad, resuelta en la vertiente de un río que crece y crece hasta ahogarnos en su flujo; volumen que más adelante habremos de comentar—, Rangel, pues, puso en mis manos el álbum (son dos cedés) con la candidez propia de un quinceañero. Óyelo —me dijo—, igual y te late. Pues la palabra no es latido sino estupefacción. La verdad de las cosas Uri Caine se asoma al precipicio de Bach y se deja ir de bruces con todo su peso. Cada nota bachiana la extrae, la mira a trasluz, la pondera, la revuelca, la azota contra las paredes, se orina en ella, le da una nueva forma, la crece, le da una nueva voz. Recurre a las formas más inimaginables para lograr su idea, y a todos los ritmos. Lo mismo hay jazz que rock, rumba que tango, y a un ejército de músicos, que van de vocalistas a atrilistas de cámara y de concierto. Un experimento, pues, que en ningún momento deja de serlo, pero que invita a escucharse una y otra vez.
Paso a visitar a mi amiga la rata. Espero con desesperación contemplar su cuerpo tumefacto —antes de dormir la víspera, le ruego a Dios que me permita soñar con las vísceras del roedor, pero no me cumple mi capricho—, pasto de sus propios gusanos. Arrojada a las puertas de un restaurante abandonado sobre la avenida San Fernando, la he venido observando desde hace casi tres semanas, y cada vez me siento más identificado con ella. No hay ninguna diferencia entre su inmundicia y la persona que me caracteriza. Quiero decir, que exactamente como luce ahora yo me veré cuando sea banquete de gusanos. Pero, y antes de morir, ¿de verdad había tanta diferencia entre ella y yo? Lo dudo. A su modo, cada quien vio por los suyos, sufrió asedios y temores; y tal vez, a su modo también, cada uno conoció el deseo. Y lo satisfizo.
Escucho la más convencional e imprevisible de las sinfonías de Beethoven: la Quinta. Hacía tanto tiempo que no la oía. Todo Beethoven está ahí. Es una sinfonía prodigiosa, que sin complacencias conserva su enjundia. Pese a lo que opinan los vulgares, las obras genuinas no languidecen.
eusebius1951@cablevision.net.mx
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