You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
Prosigo la lectura de Invitación a la filosofía (Paidós) de André Comte-Sponville. Algo tiene este libro de fascinación que radica en su sencillez y elocuencia. No es pedante, enredado ni insoportablemente erudito, como suelen serlo los libros de acercamiento a la filosofía, que lo único que logran es alejar al lector; ni menos simple e irrelevante, al punto de carecer de reflexiones propias. Leo uno de los apartados más luminosos y amenos, que es el dedicado a la sabiduría. Extraigo algunas líneas: “¿Qué es la sabiduría? El máximo de felicidad en el máximo de lucidez. Es la vida buena, como decían los griegos, pero una vida humana, o, dicho de otro modo, responsable y digna. ¿Gozar? Sin duda. ¿Alegrarse? Tanto como se pueda. Pero no de cualquier forma. Pero no a cualquier precio”.

Paso por donde se encontraba la rata agusanada. Miro el rincón y me pregunto si no convendría hacer lo mismo con los seres humanos. Que todos asistiéramos a su putrefacción pública. Tal vez así apreciaríamos más vivir.

Sigo a una mujer un par de calles. Qué extraordinario ejercicio es éste. Una corriente de sensaciones baja y sube por mi columna vertebral. Acercarse a una mujer, hablarle, irrumpir en su vida... Toda esta expectativa me hacen sentir vivo y aceleran mi pulso. Ella se ha percatado de mi presencia y se vuelve a verme con el rabillo del ojo. ¿Buen síntoma? Necesito hablarle.

“[Al cruzar la calle] la señora Armstid parecía un viejo tronco que se desplazara muy erguido sobre las aguas crecidas de un río”, dice Faulkner en su cuento “Caballos manchados”. “Vestida con un kimono de color paja, [mi madre] se destacaba con una extraña nitidez y parecía flotar levemente sobre el suelo al dar sus pasitos cortos y vivarachos”, dice Kenzaburo Oé en su autobiografía Cartas a los años de nostalgia. Quién podría negarlo: el cuerpo sobre el agua es feliz elemento narrativo.

Tengo hambre. Llevo escribiendo tres horas como loco, y de pronto sobreviene un aguijón en el estómago. Son las doce del día. La botella de vino apenas va por la mitad. Voy al refrigerador y extraigo lo primero que veo: un suculento bistec, ensangrentado por donde se le vea. Enciendo el comal y espero que se caliente; pero también decido echarle un manojo de chiles de árbol. Así que bajo el recipiente donde los guarda mi mujer, agarro un puñado y los arrojo a un lado y encima de la carne. No lo hubiera hecho. El chile en la lumbre opera como gas lacrimógeno, que invade todo alrededor con un picor que me produce tos y un lagrimeo de los mil diablos. Por más que hago, no puedo evitar el acceso y las lágrimas. Ni cuando se murió mi padre lloré tan desconsoladamente. Termino por comerme el bistec casi crudo y devorar el chile a mordidas, como si en eso me fuera la vida.

Escucho los conciertos 21 (K 467) y 25 (K 503) para piano de El Divino en la versión de Rudolf Serkin dirigido por Claudio Abbado con la Sinfónica de Londres. Sin duda uno de los intérpretes más encomiables de Mozart,  Rudolf Serkin hace de estos dos conciertos una especie de alto en el camino. Es tal su capacidad de compenetración con el instrumento —que es decir con la música—, que Serkin, sin dejar de acariciar jamás el teclado, se da el lujo de ponderar la delicadeza, de no exagerarla. Feliz él.

eusebius1951@cablevision.net.mx